
Silencio, hospital
El rock está en coma, pero como es un enfermo no tan apreciado, los familiares se quedan en su casa en espera, tal vez, de la noticia que los alivie; los viejos conocidos tienen otras cosas que hacer, y quienes no le dieron nunca valor alguno a su existencia están ocupados en sus cosas y, por qué no, aliviados por quitarse esa molestia de encima. Hay tantos fantasmas que cobraron vida en el último año y medio, que la simulación la creemos todos. Casi todos.
Varios conceptos cambiaron. Por ejemplo: si uno va a un recital de rock es para arriesgar su vida. Parece que no hay más opción que morir o sobrevivir. Una serie de exageraciones que no tienen límite. Y esas exageraciones vienen de todos lados. De cualquier lado. En fin, no se puede hacer foco. No es conveniente el intento de ver con claridad, porque en la confusión ganan unos cuantos.
Es contradictorio. El rock tiene una delgada línea de vida, que parpadea cada tanto, y buena parte de quienes consiguieron su lugar en el podio de los vencedores ni siquiera miran. No es cuestión de clavarse puñales, hacerse cargo del problema de otros ni decir: "Cromagnon pudo pasarle a cualquiera".
Y suceden cosas contradictorias. No se trata de ser cuidadoso: se prohíbe. No se trata de que las condiciones sean las adecuadas: se cierra y listo. Lo único que se desarrolló en el último año y medio es la voluntad de prohibir. ¿No es exagerado?
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Se cerraron unos cien espacios que estaban abiertos al rock en la Capital. Los que siguen abiertos son unos poquísimos, que además no sirven para las bandas pequeñas (y esto no quiere decir que por ello tengan una obra pequeña). Y lo llamativo es que la excusa, además de la muerte, es el ruido. ¿Qué haría Varese en la Argentina actual?
John Cage, en su magnífico estudio sobre "El futuro de la música", habla de la amplitud de criterio que se necesita para aceptar los cambios tecnológicos relacionados con la música. Habla del ruido, claro: "No se nos puede pedir, con razón, que fijemos nuestras mentes en siglos anteriores, aunque así lo hagan muchas de las escuelas, conservatorios y críticos de música, cuando disponemos de grabadoras, sintetizadores, sistemas de sonido y computadoras".
Eso no quiere decir que los todos rockeros de hoy recorran caminos revolucionarios. Hoy manda el negocio y los buscadores de nuevas expresiones quedan relegados a poder exponerse por casualidad. Están las puertas cerradas a que suceda algo. Lo permitido es lo que está establecido. Y eso, claro, ha de alegrar a muchos.
Como escribió un filósofo desconocido: "¿Cómo puede haber mala música...? Si algo malo hay en ella, soy yo quien lo ha puesto, mis implicaciones y limitaciones".





