
Tilo Escobar, un acordeón para escuchar
Recital del acordeonista Tilo Escobar , en Notorious. Invitado: Chango Spasiuk.
Nuestra opinión: muy bueno.
Tilo Escobar suele ser la estrella de los bailes correntinos en Florencio Varela, o de las fiestas chamameceras en el Club Comunicaciones. El acordeonista toca con su grupo hasta que los paisanos rompen sus calzados o se quedan dormidos sobre la mesa. El de Notorious es un ambiente muy distinto. El Chango Spasiuk oficia de entusiasta guía. "Yo le dije que si el público no va a esos bailes el tiene que venir para el centro, para que lo escuchen otros públicos." El chamamecero pregunta con humildad: "¿Se pondrá lindo para el baile?" Y el Chango lo tranquiliza: "Maestro, lo importante es que te escuchen".
Un presentador correntino, bien serio, lo presenta como en los grandes bailes. Tilo, morochazo, bastante joven para ser el maestro que es, se sienta solito con su acordeón que tiene su nombre inscripto en el lomo, pone su mejor sonrisa y dice simplemente: "Ahí va". Un chamamé arrancado de las entrañas del Litoral suena con la intransigencia rústica de un paisaje indomable en un ámbito improbable para su estética. Sin embargo, el pequeño auditorio lo escucha embelesado, brincando en sus asientos cuando ataca las notas con su soberbia mano izquierda.
Nadie baila y Tilo Escobar al principio parece medio decepcionado. Pregunta: "¿Les gusta o no?", desacostumbrado a ese silencio respetuoso -ese rito de escuchar a los que saben- en los bailes donde la gente se dedica exclusivamente a levantar polvareda.
Escobar es compositor y discípulo de otro mito viviente de la música litoraleña: Blas Martínez Riera. Durante años tocaron juntos. El chamamecero es heredero natural de toda esa escuela y un instrumentista genial, incomprensiblemente negado. No tiene el reconocimiento de un Raúl Barboza o un Isaco Abitbol, a los que no tiene nada que envidiarles, dentro de una línea tradicional. Podría ser el partenaire ideal de Luis Salinas, el único capaz de igualarlo en rapidez mental y digitación. En su estilo virtuoso y ponzoñoso, que resiste cualquier tipo de domesticación, se esconde la síntesis de toda una transmisión cultural anónima, salvaje y guaraní, que jerarquiza en su acordeón a botones. Con la sutileza de los acordes, brama la aspereza de ese acordeón selvático, que exalta al que lo escucha.
Inevitable nostalgia
El sonido de su paisaje y el pulso galopante se revelan en las composiciones "La polvareda", "El tero" y "No me aflojés compañero", donde establece un íntimo diálogo con su instrumento. El sonido de su acordeón se relaciona con su procedencia correntina y con cierta inevitable nostalgia. Actualmente, pasa sus días enseñando en el sur del conurbano. Pero lejos de cualquier tópico paisajístico, la música de Tilo Escobar no es sólo para chamameceros, sino para quien quiera disfrutar de una ceremonia tan pagana y simple como contracultural. Por momentos, sus obras suenan a pequeñas suites litoraleñas. La cadencia natural del río mueve su digitación.
Cuando, en la segunda parte, sube el Chango Spasiuk, el dúo establece un duelo de acordeones, donde Escobar muestra todas sus credenciales. Queda marcada la diferencia de estilos entre discípulo y maestro. En uno se nota la influencia renovadora de Tránsito Cocomarola y en otro la indomable sonoridad de Montiel. Juntos se largan a repasar temas como "La ratonera" o "Kilómetro 11", que encienden las palmas.
Al lado de Tilo, el joven acordeonista pasa como un aprendiz hasta que el maestro le da un espacio propio para que haga un tema de su repertorio y se luzca con su verdulera. Spasiuk habla de su admiración por el acordeonista (está pensando en producirle un disco) y Tilo Escobar le regalará al Changuito, como le dice, un par de chamamés bien ponzoñosos, antes de retirarse con la misma humildad con la que llegó y dejar flotando en el ambiente esa química de sangre, sudor y chamamé.
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