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Travis Scott quiere ver a su pareja, Kylie Jenner, antes de que despegue su jet privado, pero está llegando tarde, así que pisa el acelerador de su Lamborghini SUV y manda el velocímetro a una altura histérica: los 130 kilómetros por hora se transforman en 150 y luego en unos ruidosos 175, o exactamente el doble del límite de velocidad en esta parte de la autopista de Houston. Llueve a cántaros. Más adelante en el carril de Scott, donde el tráfico es mayor, frena un Land Rover, pero Scott –con la mano izquierda en el volante y la derecha en su celular, los ojos puestos en una app de mapas– no. El paragolpes trasero del Land Rover está a aproximadamente 60 metros, después 20 y después, aterradoramente, a cinco. Scott dejó de acelerar pero, por razones que no quedan claras, no pisó el freno.
Es el domingo antes del Día de Gracias. Scott, 26 años, está de excelente humor gracias al primer Astroworld Festival, una celebración que su corazoncito originario de Houston viene fantaseando con organizar desde que despegó su carrera. Finalmente logró armarla ayer, básicamente arriba del predio del Astroworld, el viejo parque de diversiones de la ciudad, que había sido clausurado. "Cuando cerraron Astroworld, se llevaron un pedazo de mi corazón", dice. En homenaje, alquiló una vuelta al mundo, una torre de caída y unas sillas voladoras, y pobló dos escenarios con sets de amigos exitosos (Young Thug, Post Malone), leyendas locales que se crio idolatrando (Bun B, Lil Flip), y estrellas más jóvenes a las que inspira (Sheck Wes, Smokepurpp). El festival fue un éxito; fueron 40.000 personas, firmes a pesar de entradas, cuyos precios arrancaban en 150 dólares y llegaban hasta los 650 (más una tasa de 104,26 dólares). "El merchandising también se agotó", dice Scott.
En el público, los jóvenes gritaron y bailaron, se rompieron las narices en el pogo y entraron a un "planetario" con proyecciones alucinatorias que Scott quería que representaran el contenido de su cráneo. En el backstage, Jenner se paseaba con un mameluco negro ajustado, cargando a la hija de ella y Scott, Stormi, en la cadera. Swae Lee, de Rae Sremmurd, alzaba su propia botella de champagne gigante en una carpa con luces negras. El manager de Scott dice que, durante el festival, James Harden lo llamó desde el Toyota Center, donde jugaban los Houston Rockets contra los Sacramento Kings, y le preguntó si Scott podía, quizás, retrasar su set para que Harden pudiera verlo. Ni loco, ay, pero los Rockets ganaron e igual Harden llegó justo para ver a Scott tocando "Sicko Mode".
"Sicko Mode", el mayor éxito de la carrera de Scott, estuvo en el puesto Número Dos de los rankings de pop durante semanas (y llegaría al Número Uno a principios de diciembre pasado), una hazaña notable considerando que no se parece en nada a un single. La canción no contiene ningún estribillo, nada que se parezca a un gancho, y tiene tres bases diferentes, cuyas transiciones son intencionalmente desgarbadas. A los 60 segundos, una estrofa de Drake corta abruptamente, en un gesto de alarde pop equivalente al momento en que Alfred Hitchcock borra a Janet Leigh al principio de Psicosis. Al poco tiempo, el tema vuelve a cambiar de forma. La canción está en Astroworld, el tercer disco de Scott, que llegó a platino y lo convirtió en la estrella de hip-hop más intensamente adorada desde el propio Drake. Es un LP melancólico –una mezcla nostálgica y narcótica de desesperanza y hedonismo– que habla de buscar placeres evanescentes en un páramo adornado de opulencia. No es un mal modo de describir a Estados Unidos en 2018, y lo que quizás explique por qué los oyentes más jóvenes se ven reflejados en este sonido retorcido (y por qué Ellen DeGeneres hace poco dijo que Scott era "la voz de una generación" cuando lo invitó a su programa). El rapero 21 Savage aparece en el disco para hablar de cómo viste a sus perros con ropa para hombres parisina. Stevie Wonder aporta un solo de armónica fantasmal. Kevin Parker, de Tame Impala, toca una guitarra borrosa. Y todo sostiene su coherencia con el flow drogón, zumbante y digitalmente distorsionado de Scott, un caleidoscopio en escala de grises centrado en un viaje largo y extraño.
Scott, nacido como Jacques Webster, hoy pasa la mayor parte de su tiempo en Los Ángeles. Pero Astroworld es un homenaje a su ciudad natal, y hoy su ciudad natal lo correspondió oficialmente: el alcalde de Houston, Sylvester Turner, invitó a Scott al Palacio Municipal para proclamar el 18 de noviembre como el "Astroworld Day". La ceremonia estaba programada para las 12:30 y, según un miembro del staff de Turner, el alcalde volvió de una misión en Nueva Delhi y Bombay para llegar al encuentro con Scott a tiempo. Así que cuando, a las 12:35, se corrió la voz de que Scott no había salido de la casa que tiene a 45 minutos de la ciudad, Turner no estaba muy contento. Pero cuando Scott llegó, todo fue perdonado: Turner le dio un gran abrazo, los jóvenes se le acercaron para sacarse fotos y Scott los animó a "activar todo lo que quieran hacer" cuando sean grandes. Luego de algunas fotos más, la policía lo acompañó a su Lamborghini, y al poco tiempo Scott recibió un llamado de Jenner, preguntándole dónde estaba.
Están juntos desde abril de 2017. Empezaron a salir en Coachella, donde Jenner, embelesada, se subió al bus de la gira de Scott y lo acompañó durante el resto del viaje. Scott también se enamoró, y en un momento, cree que a principios de mayo, luego de un par de semanas juntos, concibieron a Stormi, que nació en febrero del año pasado. "Al principio yo dije: ‘Man, necesito un hijo’", me dijo. "Cuando nos enteramos de que era una niña, yo dije: ‘Huhhh’. Pero después de un rato dije: ‘Esto probablemente sea lo más loco que me haya pasado’. Y cuando nació Stormi dije: ‘La vida es un fuego, bro’." Hoy, acá en Houston, Jenner estaba cerrando una aparición en una tienda de productos de belleza promocionando su línea de cosméticos. Tenía que llegar a su jet pronto, le dijo por teléfono. ¿Estaba cerca Scott? Google decía que estaba a 31 minutos. "Estoy en 10 minutos", le contestó, cortó, y empezó a esquivar autos en la autopista, lo cual nos lleva a ese Land Rover de antes.
Yo estoy en el asiento del acompañante, preguntándome cómo se sentirá el airbag de un Lamborghini cuando me aplaste la cara, pero entonces Scott gira el volante a la izquierda y evita un choque por quizás un metro y medio, máximo. Es una prueba de la ingeniería italiana y/o de los improbables beneficios para los reflejos de la marihuana híbrida, predominantemente sativa, que Scott fuma porro tras porro. De cualquier modo, al poco tiempo entra en el estacionamiento de un Best Buy, donde Jenner lo espera en el asiento del medio de un Escalade con chofer. Tiene un traje con pantalón de seda rosa. (Stormi está con una niñera.)
"Holaaaa", le dice Jenner. Él se sube con ella, y un guardaespaldas les pasa dos pizzas con pepperoni a través de una ventanilla polarizada. Y así, el mejor año de la vida de Travis Scott sigue siendo el mejor año de la vida de Travis Scott.

***
Los primeros años de la vida de Travis Scott fueron muy diferentes, y él quiere mostrarme dónde los pasó. Al volante de su Lamborghini, hace una llamada: "¿Estás en casa, abuela? Estoy cerca". Vamos a un barrio de clase trabajadora en el sudeste de la ciudad, donde Sealie, la abuela de Scott, tiene una casa. En el camino, él para en una estación de servicio desolada. El videógrafo personal de Scott –un ex lavaplatos con corte cubano, modelo part time que se hace llamar White Trash Tyler– filma este trámite, al igual que casi cualquier otro momento rutinario de la existencia de Scott, bajo la premisa de que no hay tal cosa como un momento rutinario cuando se trata de Travis Scott.
En la estación hay otros dos autos: un oxidado Buick Century cargando nafta, y un Nissan Sentra a un costado. Aun si las puertas del Lamborghini de Scott no estuvieran equipadas con lucecitas que proyectan la palabra "Lamborghini" en el piso detrás de ellas con una encendida letra cursiva, el SUV se destacaría de todos modos. El guardaespaldas de Scott, que nos viene siguiendo en un camión Mercedes negro mate, se queda cerca. "Hey, Travis, ¿me puedo sacar una foto? Yo también hago música, bro", dice un tipo parado sobre un charco en pantuflas, mientras busca su teléfono.
Scott entra a buscar puros (los usa para armar porros y se le acabaron, así que es hora de comprar más). "¿Me das unos Backwoods?", le dice al empleado. "Toda la caja." En el mostrador, junto a paquetes de pistacho y pestañas falsas, alguien dejó un frasco de patitas de cerdo al escabeche. El empleado toma el pedido de Scott detrás de una pared de vidrio a prueba de balas con un cartel escrito a mano: "No funcionan los tickets de comida". Otra vez afuera, con los Backwoods en la mano, Scott se saca una foto con el tipo de las pantuflas, ignora lo que sea que le están gritando los tipos del Buick, y se va manejando. White Trash Tyler está sentado atrás mío, y un viejo amigo de la secundaria de Scott, Nate –hoy podólogo, empezando su residencia en Fort Worth– está sentado al lado de él. "Hacía teatro; era muy teatral", recuerda Nate acerca de Scott en la secundaria. "Hacía freestyle, payaseaba, cargando a todo el mundo en las mesas de la cafetería. Era el tipo extrovertido y gracioso."
Más allá de esa actitud alegre, Scott me dice que en casa había dificultades. Su madre trabajaba (y todavía lo hace) vendiendo teléfonos en una tienda de AT&T, y se convirtió en el único sostén del hogar cuando su padre, con la intención de triunfar en la música, dejó de trabajar alrededor de 2005. "Renunció. O se retiró. Y la cosa se puso dura", recuerda Scott con un tono franco. "No podíamos pagar nada. Y mi mamá es discapacitada. Nunca la vi doblar la rodilla: usó muletas toda mi vida. Toma un medicamento que le caga la cabeza. Tuvo ataques y otras mierdas. Creo que se cayó en un pozo con la bicicleta o algo loco cuando era joven. Y aun así, me cuidaba, a mí, mis hermanos, mi hermana, mi papá, aguantándose mis mierdas. Una mujer fuerte. Es por eso que yo me muevo como me muevo. No me para nada, bro."
El desempleo de su padre fue una fuente de tensión durante un tiempo. "Mucha tensión", dice Scott, más exasperado. "Nos peleábamos. Yo estaba tratando de hacer música en mi cuarto, y él estaba en su oficina tratando de hacer música. Él tenía unos aparatos espectaculares que no me dejaba usar. ‘Apagá esa mierda, ¡estoy grabando!’." (Su relación hoy es buena; entre otras cosas, Scott me dice: "Todo mi estilo lo saqué de mi viejo".)
La carrera musical de Scott se volvió seria cuando estaba en la secundaria. Con su amigo Jason Eric, que hoy rapea bajo el nombre OG Chess, formó varios grupos, en los que Scott rapeaba y producía. Su música era más luminosa, en general, que la música de Scott de ahora. Scott se anotó brevemente en la Universidad de Texas en San Antonio, pero se gastaba la mayor parte del dinero que le daba su madre para útiles y libros en equipamiento musical y viajes a Nueva York y Los Ángeles, donde se quedaba con amigos, dormía en autos y trataba de convencer a los tipos de la industria de que le dieran una oportunidad. En las notas de un disco de Kanye West, vio el nombre de Anthony Kilhoffer, un ingeniero. Scott consiguió su email y le escribió de la nada. Kilhoffer escuchó algunas cosas, aceptó conocerlo en un Coffee Bean frente a Amoeba Records, en Hollywood, y quedaron en contacto. Scott seguía trabajando en sus bases, y luego de un par de años Kilhoffer le dijo que fuera a Nueva York con una propuesta irresistible: a Kanye West le gustaba su sonido, y quería que colaborara en el disco de presentación de G.O.O.D. Music, Cruel Summer. En esa época, Scott firmó un arreglo de producción con Kanye, y después T.I. escuchó los rumores sobre Scott y lo contrató. Al poco tiempo Scott estaba en los créditos de producción de Yeezus, de West, y Magna Carta… Holy Grail, de Jay-Z. En 2015, el debut de Scott, Rodeo, debutó en el puesto Número Tres de los rankings de pop; hoy es disco de platino.
Cuando llegamos a la modesta casa de un piso de Sealie, un muchacho joven con trenzas, pantalones caqui y ojotas de plástico cruza la calle hacia nosotros. Es Deshon, el primo de Scott. "Esta era mi pandilla", dice señalando una casa cercana, y se ríe. "Estos niggas estaban todo el tiempo en algo raro. Probablemente vendían crack, todo tipo de mierda, en esa casa. Los niggas venían acá y me robaban la cortadora de pasto. Salían de esa casa como zombis. Esta cuadra era una locura."

Deshon se suma al living de Sealie, donde hay fotos familiares colgadas, y una máquina de coser en una mesa. "Yo quería estar ahí", dice Sealie, en referencia al festival de ayer. "¡Pará de mentirme!", le contesta Scott en broma. "¡Cortala con la onda de gangster!" Sealie sonríe. "¿Qué onda de gangster?"
Lawlia Flood III, tío de Travis, nos invita a su habitación, donde hay aparatos de producción apilados junto a una pared; de la otra cuelga un disco de platino, que conmemora las más de un millón de ventas de Fever for da Flavor, el disco de 1993 de H-Town, el viejo trío de R&B, en cuyo éxito participó Flood. Scott vivió acá desde que nació hasta que tenía más o menos 8 años, dice, con sus padres y su hermano mayor, Marcus (también tiene dos hermanos adolescentes). La música recorre la familia: el esposo de Sealie era músico de jazz. El padre de Scott era baterista. Otro tío, también llamado Travis, tocaba el bajo y fue la inspiración del nombre artístico de Scott.
Hace no mucho tiempo, Scott les compró una casa a sus padres en un suburbio prominente de Houston. Haría lo mismo por Sealie, dice, pero "ella jamás va a irse de esta casa". Marcus, mientras, vive con asistencia full time, porque le diagnosticaron autismo. Scott no habló mucho de Marcus en público, aunque hizo una mención al pasar en una de sus primeras canciones, llamada "Analogue": "Las noches eran oscuras/ No tenía a quien mirar, mi hermano mayor estaba más enfermo/ Cuando veía su mirada, entraba directo en su alma/Lo que él sentía adentro, maldición, jamás lo sabré". Scott me dice: "Él puede caminar, bañarse, pero no puede articular palabras o comunicarse con vos". Nate agrega: "Te das cuenta de que su mente está en otra parte. Como que está enfocado en algo diferente". "Pero es un gran dibujante", sigue Scott. "Dibujaba a los Power Rangers, con mucho detalle. Todo en crayón. Sin calcos. Genial. Lo único que quería hacer era dibujar, ver películas y escuchar a Beyoncé. Tengo que comprarle un nuevo CD de Beyoncé todas las navidades; incluso si no sacó ninguno ese año, tengo que comprarle uno nuevo."
Hace una pausa. "Su temperamento a veces era fuerte. Quizás yo estaba dormido, y boom, Marcus de repente se volvía loco. Me saltaba encima. Estábamos caminando y me empujaba. Pero es mi hermano, man." Su voz suena lo más emotiva que va a sonar en todo el día, y en ese tono traza un paralelo entre esta experiencia y su política no oficial, cuando toca en vivo, de dejar que los fans se suban al escenario. "Yo invito a los chicos al escenario de corazón, porque sé que a mi hermano lo volvería loco si uno de sus artistas preferidos lo invitara a subir. Cada vez que pasa pienso en Marcus."
Salimos a la puerta para que Scott pueda fumar. Deshon, sentado bajo un techo para autos en una silla de hierro forjado negro, actualiza a Scott sobre la gente del barrio: "Uno de los mellizos de ahí se murió... La de ahí, ahora es gay; esa es su novia... Harold supuestamente sale en diciembre". La lluvia pasó a llovizna, pero la calle sigue vacía. Les pregunto si la cosa estaría más animada si el clima estuviera más lindo. Scott sacude la cabeza: "Hoy los chicos están con el iPad. Hay tanta tecnología que ya nadie juega afuera. De eso se trataba el Astroworld Festival. Los niggas no salen. Por eso, con Stormi, nada de tele. Nada de esa mierda".
Hay un canterito que Sealie, que está por cumplir 84, plantó y mantiene por su cuenta. Solía tener más flores atrás, pero "después de Harvey, muchas cosas se complicaron", dice, en referencia al huracán de 2017. Deshon, frente al Lamborghini de Scott, me pregunta cómo salió el Astroworld Festival. No pudo ir, explica, porque tenía que despertarse a las 4 A.M. para llegar a su trabajo en el correo. Es un bajón, le digo. Deshon se encoge de hombros. "No me quejo", dice. "Es plata. Así que tengo que hacerlo." Scott le da un abrazo de despedida a Sealie. "¿Vas a venir para el Día de Gracias?", le pregunta ella. "Vamos a tratar, abuelita", le dice él. Su idea es festejar con el clan Kardashian, en Los Ángeles, y después venir a Texas. "Oh, por cierto", dice. "Mi chef hace fideos exactamente como vos. ¿Cuál es tu secreto? ¿Le ponés azúcar a la salsa?"
Sealie sonríe y sacude la cabeza. "Ketchup", dice.
De vuelta en el SUV de Scott, vamos a la Iglesia Comunitaria de Southeast, donde iba Scott. Le pasa el porro a Nate: "Apagalo, bro, no puedo fumar frente a la iglesia". La fe es una de las cosas que tienen en común Scott y Kylie Jenner. "Los dos creemos en Dios", dice, así que cuando ella le dijo que estaba embarazada, "sentimos que era algo especial. Y los hijos era algo de lo que hablábamos". Describe su vínculo como muy sólido, más allá de la velocidad de su noviazgo. Al principio, dice Scott, "éramos dos jóvenes jugando. Quizás la primera semana no sabés si es real. Después la segunda semana yo pensé: ‘Wow, le sigo hablando, me sigue respondiendo. No nos quedamos sin cosas para hablar’. Y llegó a un punto en el que dije: ‘La necesito conmigo para funcionar. Ella es la elegida’". Agrega: "Nos vamos a casar pronto. Me tengo que animar; tengo que pedirle matrimonio de una manera que esté buena".
Me dice que, por el perfil alto de Jenner, "la gente no entiende lo real que es mi chica. Lo tremenda que es. Tienen prejuicios, ideas de mierda de lo que creen que pasa. Nah, bro". Afianzaron su vínculo desde el principio conversando de películas y directores de cine preferidos –"Ella es fan de Tim Burton, que es genial. Fan de Wes Anderson, que es genial"– pero lo que realmente lo impresionó acerca de Jenner fue lo "copada" que es. "Me gusta salir a caminar con ella. Cuando conocés a una chica famosa, vos pensás que es como: ‘Necesito que esta persona haga esto para mí’, o ‘Necesito a 15 hijos de puta alrededor’, pero nosotros hacemos de todo." También le preocupaba la privacidad. "Yo odio las cámaras. No me gusta que la gente se meta en lo mío. Al entrar en una situación así, yo pensaba que podía ser un festín público. Nunca se sabe. ‘Quizás a ella le gustan todas esas fotos, o le preocupa esto o aquello.’ Y después te das cuenta de que es lo más normal que puede. Pude conocer lo que más le importa, que no es nada de todo eso. Es la hija de puta más cool del mundo."
En cuanto a la paternidad, dice: "No dejamos que nada se interponga en nuestro tiempo con Stormi. Los sábados son de ella. No se jode con eso. Incluso si estoy de gira, viene. Tiene más sellos en su pasaporte que muchos hijos de puta". Los temas preferidos de ella, agrega él, incluyen su propio "Stargazing" y la canción "Baby Shark".
Le pregunto qué pensó cuando su mentor –y, si todo sigue como lo planifica, futuro cuñado– Kanye West salió a apoyar a Trump. "No sé, bro", dice Scott, riéndose con una incomodidad evidente. Es un tema delicado. "O sea, mierda, yo le decía: ‘Bro, calmate. Lo que tenés que entender es que muchos jóvenes negros te admiran, a vos y al mensaje que predicabas en tu música. Esto puede hacer que un joven negro –o cualquiera– se confunda’. Esa mierda fue... ¡dale! Pero cuando Ye se mete con algo, se mete con algo. No sé si a ese nigga le gustó la gorra o qué, man. Ye tiene que lidiar con muchas cosas en su vida. Es mi familia. No podés abandonar a tu hermano. Todos tenemos momentos de mierda. Sigue siendo un músico tremendo. Pero definitivamente me golpeó, y le dije: ‘Man, hay chicos que te admiran, ¿me escuchás?’."
Scott vuelve al tema de su niñez, y nos traslada a Missouri City, un suburbio más rico en el que vivió con sus padres tras dejar el techo de Sealie. Llegamos a una casa grande donde vivía uno de sus amigos de la infancia. "¿Está abierta la puerta del garaje?" Sí. "Uy, ¡mierda!" Estaciona, y una pareja blanca de cincuenta y pico –los llamaré el Sr. y la Sra. A– emergen del garaje y lo abrazan bajo la llovizna. Adentro hay dos sillones frente a un televisor con el partido de los Eagles contra los Saints. La Sra. A quiere ver una foto de Stormi, así que Scott entra al Instagram de Jenner en su teléfono. Esta mañana ella posteó un video en el que trata varias veces de que Stormi repita el nombre de su marca de maquillaje. Jenner no lo logró pero, para placer de Scott, Stormi dice "da da" en el video, que ahora le muestra a la Sra. A. "¿Escuchaste eso?", pregunta con orgullo.
Scott me dice que cuando él y el hijo de ellos estaban en la secundaria, ellos los dejaban fumar porro en la casa. La Sra. A se inclina hacia Scott, tapándose la boca teatralmente con una mano y bromea: "De hecho tenemos algo bastante bueno si querés ahora".
Scott se ríe. "Ja, no, gracias", repite. "Soy fuerte, soy fuerte."
***
La lluvia alcanza nivel de diluvio cuando Scott dirige su Lamborghini en dirección a su casa en un suburbio al nordeste de Houston, una mansión de 900 metros cuadrados que se dice que compró por casi dos millones de dólares hace un par de años. En el camino, atiende una llamada de Jenner por FaceTime y acepta ver a Stormi ante la cámara, en un jet privado. "Ahí está, ¡ey, mamá!", dice. "¿Volvés a Cali? Yo sé que no querés. ¡Yo sé que querés quedarte en Texas!" Stormi balbucea algo, y después Jenner dice "chau" desde fuera de cámara. "Mirá esa cara", dice Scott.
Nos sacamos las zapatillas en el vestíbulo de Scott: los pisos de mármol blanco implican no llevar zapatos en la casa. Scott me lleva arriba para dar un vistazo a la habitación principal. Hay pósters de películas viejas por todos lados, que revelan buen gusto en la ciencia ficción: Mad Max, They Live. Al entrar en su habitación, se agacha y enchufa una máquina expendedora de gaseosa ubicada junto a la puerta. Hay un par de skates con motivos de Warhol colgados en fila sobre su cama deshecha. Hay varios miles de dólares en billetes de 20 junto a la pileta del baño, y pilas de miles más en billetes de cien en una mesa. Hay relojes de lujo en estuches Louis Vuitton. Mi ojo se posa en uno llamado Patek Philippe World Time, que tiene un planeta ilustrado en el dial y te dice la hora en metrópolis como Caracas y Riad. A un par de metros hay dos videojuegos arcade: Terminator 2 y Los Simpson. Respecto de esos toques vintage, Scott dice: "Es todo lo que quería cuando era chico y no podía tener".
Es un palacio de los placeres para un niño grandulón, pero Scott dice que la paternidad le llenó la cabeza de preocupaciones que hace apenas dos años no se habría imaginado tener. Una de ellas es la política, y otra es el cambio climático, que dice que aparece en sus pensamientos "todo el tiempo". "¿Qué estamos haciendo? ¿Qué podemos hacer? ¿Cómo podemos arreglarlo? Cuando sos padre, empezás a chequear mierdas que antes no te imaginabas." Durante las elecciones de medio término de 2018, apoyó en Texas la campaña de Beto O’Rourke. "Era onda: ‘A la mierda con Ted Cruz’", dice. "Este tipo Beto tiene algo. Me conquistó."
La atención de Scott se desvía al futuro más inmediato: tiene la cabeza llena de planes. Me dice que está trabajando en música nueva. Fantasea con hacer una obra de teatro para promocionar el disco que salga después de Astroworld. Quiere que el Astroworld Festival sea anual. También dice que quiere "ir a la Escuela de Arquitectura de Harvard", y que él reconstruyó la casa en la que estamos bajo sus propias especificaciones. Para ilustrarlo, me llama la atención sobre una biblioteca que llega hasta el techo. "¿Viste esto?", dice, tirando de un costado, y revelando una puerta secreta hacia el pequeño cuarto en el que duerme. La habitación está alfombrada con pasto artificial verde, al igual que varios muebles, incluyendo un sofá con forma de lima, un otomano también con pasto artificial y unos portarretratos con pasto artificial. "Yo la llamo el invernadero", dice Scott riéndose. Al poco tiempo se disculpa: tiene que devolverle una llamada a Offset, de Migos, para hablar de una colaboración. Afuera, la lluvia finalmente paró. Son las 7 P.M. en Houston, las 4 A.M. en Riad, y Dios sabe qué hora es en Astroworld. Scott cierra la puerta del invernadero, y yo me voy.
Por Jonah Weiner
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