Un genial maestro del violín
Se cumplen 20 años de la muerte del músico Jascha Heifetz
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"Si usted quiere desafiar a un dios envidioso tocando con una perfección tan sobrehumana, morirá joven. Ningún mortal debería pretender tocar con tal infalibilidad." Afortunadamente para la música, la profecía de George Bernard Shaw no fue escuchada por los dioses. Jascha Heifetz acababa de ofrecer un recital: tenía entonces diecinueve años de edad. Sin embargo, el sello distintivo que ostentó en el mundo musical durante el siglo XX lo acompañaría hasta su muerte, el 10 de diciembre de 1987, y sobreviviría con la perenne juventud de los elegidos.
Sus discos están fuera de catálogo y su nombre es ajeno a la industria cultural de la posteridad. Heifetz fue único; llegó a ser en vida no sólo uno de los máximos violinistas, sino uno de los más conspicuos de la historia.
En ese parnaso lo esperarían sus coetáneos Oistrach, Kreisler, Zimbalist, Pablo de Sarasate y quienes brillaron en el siglo XIX, como Joseph Joachim o Paganini. Jascha Heifetz -imaginamos- habrá permanecido con la mirada fija esa noche de diciembre en el hospital Cedars-Sinai de Los Angeles ante la visión de su vida entera, con su infancia en la lituana ciudad de Vilna, donde había nacido en 1901 en un hogar judío, y su aprendizaje de las primeras posiciones del violín, a los tres años, de la mano de su padre. Jascha tuvo tempranamente un carácter concentrado. Con una seriedad de propósitos impresionó a su primer maestro, Elías Malkin, cuando a los seis años fue capaz de ejecutar el Concierto para violín en Re menor de Mendelssohn. En el Conservatorio de San Petersburgo encontraría, a los diez, a su formador: el insigne Leopold Auer.
El trabajo diario, asiduo y perseverante caracterizó la vida entera de Heifetz. A los 11 años deslumbró con su presentación junto a la Filarmónica de Berlín, con el Concierto para violín de Tchaikovsky. Pero la fama temprana no alteró su carácter austero y laborioso; Heifetz pasó de genio infantil a virtuoso maduro, sin rupturas. Con los años, se fue tornando una persona inaccesible, no sólo por el grado de perfección que alcanzó con su arte. "Hay muchos violinistas, pero Heifetz es de una categoría aparte", diría Oistrach.
Con la revolución bolchevique de 1917 emigró a los Estados Unidos, donde debutó el 27 de octubre en el Carnegie Hall de Nueva York, verdadero punto de partida de una carrera que duró más de cinco décadas. Buenos Aires lo escuchó por vez primera en 1934, en el Teatro Cervantes, y en 1940, cuando ofreció una serie de recitales en el Colón. El cine inmortalizó en Carnegie Hall una de sus actuaciones posteriores en el famoso auditorio neoyorquino, donde ejecutó su transcripción de Hora Staccato, de Dinicu, y en Rapsodia de juventud ofreció una admirable versión de Introducción y Rondó Caprichoso, de Saint-Saëns, aunque no pocos melómanos preferirán recordarlo por el sinnúmero de obras del repertorio violinístico que llevó al vinilo.
Su figura delgada, de fuerte contextura y afilado perfil, ojos tristes y expresión inmutable (los estadounidenses lo llamaron "Gran Cara de Piedra") emanaba un singular magnetismo en cada presentación, aun cuando parecía inmóvil, con su violín alto y su rostro volcado hacia los dedos de su prodigiosa mano izquierda, su hombro derecho algo elevado y una manera de asir el arco al estilo ruso. Esto llevó a algunos a opinar que su interpretación era fría. Pero una escucha atenta revelaba el admirable sonido que él extraía de su Stradivarius Dolphin (1714), firme y brillante, con el ímpetu y la grandeza que coronan su gloria.
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