
Un hombre sencillo y humilde
El músico enriqueció la percusión con su versatilidad
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Se nos ha ido dando un postrero golpe. No de parche. Un golpe contundente, golpe final, de despedida.
Domingo Cura, ante todo un hombre bueno, en el buen sentido de la palabra, como dijo Antonio Machado. Hombre sencillo, humilde, respetuoso, cordial.
Domingo hizo del golpe, es decir, de la percusión, del ritmo, un modelo. Y eso es preciso rescatar en estos tiempos.
Domingo nunca hizo alardes con su arte maravilloso, heredado de sus ancestros santiagueños. Esa chacarera -tan maltratada, tan tergiversada, tan "caballito de batalla" de peñas y reuniones de jolgorio- jamás fue asumida por Domingo para empujarla con "efecto festivalero". La percusión, con él, cobró otra dimensión. La dimensión hacia el meollo mismo del ritmo, hacia sus recovecos menos pensados, hacia las sutilezas inesperadas, hacia la musicalidad. Como una rúbrica mágica de las melodías y armonías. Domingo hizo de ese desplazamiento rítmico llamado síncopa un arte superior. Su intuición profunda dejó de lado todo lo obvio, como son las marcaciones de los "tiempos fuertes" del compás. Pero todo enriquecido con breves toques, donde el silencio cobró nuevas significaciones musicales; con repiqueteos apenas perceptibles. Pero también supo de la contundencia, cuando arremetía a su "batería de parches", para convertirse en una fiesta de la polirritmia.
Con bombos, tumbadoras, bongós, guiros, redoblantes, platillos, maracas, claves, cencerros, cajones, pandeiros se convirtió en un creador, para enriquecer los temas rítmicos y los que no lo son. ¿Cómo acompañar ese clásico del altiplano como es "El cóndor pasa"? Sólo Domingo pudo hacerlo, con toques diminutos, como lo hizo con el llanto del yaraví. Y más allá, abarcar desde esa chacarera, tan metida en su sangre, el carnavalito, el malambo, la zamba, la baguala, las danzas árabes de sus lares atávicos, los más variados ritmos latinoamericanos -incluyendo el bolero- y el jazz.
Desentrañar el arte prodigioso de Domingo Cura debería ser la consigna de los nuevos percusionistas. De él aprenderán siempre que los parches no son para el estruendo, sino para alimentar las melodías y armonías del mundo.

