
Una estrella que sigue su vuelo
A diez años de la muerte del cantante que conquistó el mundo con "Nel blu, dipinto di blu"
1 minuto de lectura'
ROMA (Corriere della Sera).- En la computadora de su casa, archivó toda la vida de Domenico Modugno. "Los éxitos, las entrevistas, los recortes de los diarios. Necesitaría una casa entera para guardar todo", dice Franca Gandolfi, la viuda del "señor Volare", de cuya muerte se cumplen hoy diez años. "Todavía me falta hacer el catálogo de todas las cintas que grababa mientras componía. Siempre decía que una canción, si es bella, no necesita el acompañamiento de una orquesta. Yo era una especie de conejillo de Indias, porque probaba sus composiciones nuevas conmigo y hasta me hacía cantarlas. Más tarde ocupó ese lugar nuestro hijo Massimo", dice.
Franca conocía a Modugno mejor que nadie. Pasó 43 años al lado de su amado Mimmo, con quien se casó en 1955. "Serían 53 años si él estuviera hoy con nosotros, vivo", precisa con una sombra de visible nostalgia en su rostro.
Hoy, la señora Franca estará en Polignano a Mare, la ciudad de la región de la Puglia en la que nació Modugno, donde se lleva adelante hasta el 22 de este mes un programa especial de actividades para recordar al ciudadano más ilustre del lugar.
-¿Cómo recuerda hoy a Modugno?
-Optimista, alegre, seguro de sí mismo, capaz de esconder hasta la más pequeña de sus fragilidades. Un hombre resuelto.
-¿Cuándo lo conoció?
-Los dos éramos habitués del Centro Experimental de la Cinematografía, en Roma. Al principio, no me agradaba demasiado porque era un donjuán. Pero al final del año escolar terminé capitulando ante él.
-¿Qué cambió cuando llegó el tiempo de la fama?
-Eramos jóvenes con grandes esperanzas. Pero con "Volare", que es como sigo llamando a "Nel blu, dipinto de blu", cambió por completo nuestras vidas. Para mejor, ciertamente. Eso sí, perdimos definitivamente el anonimato. Fue duro al principio estar expuestos todo el tiempo frente al ojo de los reflectores, pero sólo para mí. Porque él se sentía estupendamente bien bajo ese brillo.
-¿Cómo nació "Nel blu, dipinto di blu"?
-Franco Migliacci cuenta que un día Domenico, con el que trabajaba, lo convenció para tomarse unos días y así poder ir al mar conmigo. Entonces, Franco se consoló con una botella de vino delante de un cuadro de Chagall. Al otro día lo llamó a Mimmo y le dijo: "Estuve pensando en una canción sobre un hombre que vuela". Y a mi marido le encantó la idea.
-¿Estuvo en San Remo para el momento en que Modugno ganó el festival con esa canción?
-Estaba en la platea, con Migliacci. Recuerdo toda la alegría, que compartimos en ese momento. Esa canción fue un gran éxito popular, pero también cultural. Domenico empezó a hacer giras fuera de Italia y yo dejé mi trabajo de actriz.
-¿Usted lo seguía en sus viajes por el mundo?
-Poco. Fui a los Estados Unidos, pero sólo después de su triunfo en los Grammy.
-¿Qué decía él de ese premio?
-Más que por eso estaba feliz por haber logrado el primer puesto entre los discos más vendidos en los Estados Unidos. Hay que pensar que Domenico ganó el Grammy en 1958, cuando el premio se entregaba por primera vez y no tenía la misma importancia de hoy. "Volare" tuvo un éxito impensado para la década de 1950: en Italia sólo había un canal de televisión en blanco y negro, no existían todas las radios que hay ahora y ni hablar de Internet. Pese a ello, el tema le dio a Domenico fama mundial. Fue como haber escalado el Himalaya.
-Entre todas las estrellas que Modugno conoció durante su carrera, ¿cuál la impactó más?
-Los Beatles. Domenico los estimaba mucho y ellos también comprendieron el valor de lo que mi marido hizo. El año pasado, Paul McCartney cantó "Volare" en el recital que ofreció aquí, en el Foro Imperial. También la cantaron Louis Armstrong y Ella Fitzgerald. Para él, encontrarse con todos esos divos era cosa de todos los días, porque era igual de famoso que ellos. Sólo los vivíamos como verdaderos acontecimientos cuando estábamos en la intimidad del hogar.
-¿Cambiaron las amistades junto con el éxito?
-Con el éxito o sin él, Mimmo siempre se mantuvo cerca de los amigos de siempre: Migliacci, Congia, Pazzaglia. Ellos siempre venían a casa y yo les preparaba la comida. Pero créame que no me fue fácil: cuando me casé ni siquiera sabía hacer un huevo frito.
-¿Frecuentaban a otros músicos?
-Mimmo conocía muy bien a Mina. Cada tanto se encontraban para jugar una partida de poker. Yo nunca pude compartir una reunión con ella, sólo hablaba por teléfono. La última vez que me comuniqué con ella fue para agradecerle el disco que grabó con las canciones de Domenico.
-¿Y otros artistas?
-Nos reuníamos con Gina Lollobrigida o con Federico Fellini y Giulietta Masina en su casa de Fregene. Visitábamos en Velletri a Ugo Tognazzi. En Villa Capena, pasamos tres fines de año con Dino de Laurentiis y Silvana Mangano. ¡Qué gran señora era la Mangano! Hacía lo imposible para que te sintieras cómodo, lo mismo que Vittorio de Sica.
-¿Todos eran amigos de su marido?
-A algunos se los presenté yo misma. Como a Totó, que de inmediato se llevó a Mimmo a su casa porque quería que le pusiera música a una de sus poesías. Un proyecto que jamás pudo concretarse.
-¿Por qué?
-Más allá de la ironía, Totó era un hombre taciturno, misterioso. En privado, hablaba constantemente de la muerte. Mimmo, en cambio, era profundamente vital. Pero amaba una de las poesías de Totó, "A livella".
-Modugno también actuó en el teatro.
-Recuerdo especialmente una puesta de "La ópera de tres centavos", dirigida por Giorgio Strehler. Mimmo hacía el papel de Mackie Messer y Milva era Jenny. Toda una diva, pero talentosísima. Strehler quería hacer una adaptación para la TV, pero mi marido no estuvo de acuerdo. Decía que jamás podría llevarla de nuevo al teatro.
-A propósito de TV, ¿habrá alguna vez allí una historia basada en la vida de Modugno?
-Una vez me hablaron de ese proyecto, pero querían mostrármelo sólo una vez que estuviera terminado. Por eso me opuse y lo rechacé.





