
Víctor Heredia: la madurez del cantor
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Recitales del cantautor Víctor Heredia junto a Babú Cerviño (teclados), Jorge del Azar (piano), Daniel Homer (guitarra y coros), Ricardo Zielinsky (bajo eléctrico), Víctor Carrión (flauta y saxos) y Gustavo López (batería y percusión). Técnico de sonido: Ricardo García. Sonido y luces: Teddy Goldman. Producción general: Fernando Iborra. En el Luna Park.
Nuestra opinión: muy bueno.
Todos, casi todos, lo esperamos. En algún momento Víctor Heredia podía regalarnos la más bella de sus canciones, aquella que perduró en los coros del país. Y así ocurre, en el segundo de los bises. Víctor canta como nunca -quizás en una de las mejores versiones de su carrera- la antológica "El viejo Matías". Con estremecimiento, a media voz, sentado en su alta banqueta y junto a la sutil guitarra de Daniel Homer, entona esa historia del hombre del tren y del andén, entre la lluvia y el viento.
La precede la hoy añeja "Aquellos soldaditos de plomo", una de sus más celebradas canciones testimoniales, que arranca otra de las tantas ovaciones de la noche.
Un Luna Park ocupado en un setenta por ciento por muchísimos jóvenes y gente de la generación intermedia se ha dado cita para escuchar a Víctor, luego de tres años de ausencia de los escenarios porteños (si es que se descarta su aparición junto a León Gieco, en 1999, en el teatro Opera).
El clima que precede a este nuevo encuentro con el trovador es de calma, de expectativa. Quizá porque es preciso esperar con el oído atento, para auscultar las doce nuevas canciones de su flamante disco "Entonces".
En empatía con tal clima, el sexteto instrumental está elaborando atmósferas intimistas para "La niña del sombrero", mientras Víctor aparece por entre la penumbra con paso tranquilo, extiende sus brazos en cruz y toma su banqueta y su guitarra para desgranar este cuento tierno y poético, alegoría de la libertad.
"Novicia" es otra canción de envolvente ternura que retoma el tono menor (modo predilecto, que domina la mayoría del repertorio). En ella el cantautor elude los casi inevitables lugares comunes de su estilo, cantando a media voz.
El ámbito estético habrá de cambiar con su homenaje a Zitarrosa. "Querido Alfredo" llega en ritmo crepitante y Víctor suelta su voz para situarse en el registro de tenor, al que suele apelar con frecuente fruición.
Sin embargo, el Heredia del nuevo cancionero es un creador crepuscular que prefirió dejar atrás la poesía urgente para sumergirse en la intimidad. Es el caso del valsecito "El hambre de la soledad", donde cunde la melancolía y halla su sitio el amor.
La tonalidad menor se extiende a "Destino de caminar", aunque la melodía se suelte, ingrávida. Y recala nuevamente en "El lazarillo", una canción que canta al Capayán de Catamarca y de su madre. Allí aparecen, mientras larga la voz (carente ya de aquel otrora grueso vibrato), las primeras alegorías sobre el sueño, un verdadero hallazgo de su inventiva.
El mismo sesgo otoñal, introspectivo, queda impreso en "Hay días", donde emerge de nuevo el romanticismo, como en "Ayer te vi", una balada folk-pop, verdadero latiguillo de alguna radio folklórica.
El Heredia testimonial surge en "El tren fantasma", que se refiere a la Babel de nuestros días y al deseo colectivo de que "explote la verdad". En esta canción, el trovador cosecha la primera gran ovación de la noche, como si todos hubieran estado esperando una crónica así, desnuda.
Otra canción sencilla y hermosa, de entre las nuevas, se llama "Es hora", donde campea la ternura. El ritmo retornará con la obra que da título al disco: "Entonces", una más de amor, sostenida en ritmo caribeño. La presentación del disco culminará, en la primera parte del recital, con "Esta guitarra", un tema épico que reivindica el valor de la libertad.
Lo más conocido
En la segunda parte llega el cancionero conocido de Víctor Heredia. Y con él, algunas que colocaron al trovador como referente insoslayable de una realidad nacional cuyos males pasados cobran irremediable vigencia. Allí están "Mara", "Razón de vivir", "Supongamos", "Informe de la situación", "Sobreviviendo".
Entre medio también aparecen joyas de poesía y lirismo en la letra, engarzadas en una bellísima, empática atmósfera musical, como es esa "Guitarra" que retrata la infancia junto a su padre y que nos recuerda aquella otra de delicioso y emotivo racconto: "Mandarinas".
Por cierto que el final será explosivo, con "Ojos de cielo", "Encuentro en Cajamarca" y "Taki Onguy II", que también corean sus seguidores.
Con dos invitados ha de contar la noche: uno es el infaltable y carismático León Gieco, que canta "Supongamos" en dúo con Víctor. El dúo se invierte en el clásico del pop-rock argentino "La colina de la vida". La otra invitada es Roxana Carabajal, que aparece vestida como para un desfile tropical, con top y pantalones de tiro cortísimo ( toda la cintura a la vista), para vociferar la hermosa canción folklórica "Dulce madera cantora".
Alternando los climas intimistas con los explosivos, el grupo instrumental ha dado muestras de musicalidad, sobre todo en los arreglos, concebidos en diferentes combinaciones tímbricas y entregando el obsequio de los matices. El ensamble, sobre todo en los temas introspectivos, alcanzó momentos deliciosos. En tal sentido cabe resaltar la labor de la guitarra de Daniel Homer, verdadero artífice de sutilezas. Víctor Heredia ha retornado a su mejor registro: el de barítono. Y con él a la media voz. Tal propuesta estética nos devuelve a un cantautor emblemático en la plena madurez de sus recursos creativos y vocales.





