
Vincenzo y Galieo Galilei; palo y astilla
Es cierto que el formidable Galileo, colocado este año 2009 en el centro del universo por cumplirse 400 años de sus primeras observaciones con un rudimentario telescopio, debió haber sido tocado por los dioses. Pero había sin duda algo más: aparte de su temerario impulso para afirmar que la Luna estaba llena de cráteres o que la Vía Láctea estaba compuesta por infinidad de estrellas, traía desde la cuna la llama de una pasión heredada de su padre. Porque tanto Vincenzo Galilei como su hijo Galileo fueron no sólo fruto de un momento único en la historia del intelecto humano, sino que, movidos por una inteligencia excepcional, se convirtieron en protagonistas de sendas aventuras del espíritu. Si Galileo publicó en 1632 su Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo , tolemaico y copernicano, su padre había dado a luz, en 1581, su Diálogo de la música antigua y de la moderna , un tratado que leíamos en la facultad con devoción. Un diálogo de fuerte contenido matemático y difíciles cuestiones de acústica y técnica musical.
Vincenzo había anticipado, en su Florencia natal, el curso descendente de la práctica polifónica, con su prodigiosa complejidad entre varias voces reales, ante el ascenso de la monodia, del canto a una sola voz, que debía reinar, a la manera del sol copernicano, sobre cualquier forma de acompañamiento.
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Vincenzo Galilei, humanista y compositor, provenía de una noble familia. Miembro de la Accademia della Crusca, de inclinación hacia lo literario, advirtió que la música formaba parte del arte dramático de los griegos, cuyo estudio había llevado al florecimiento del teatro renacentista, y con ello al nacimiento de un género tan deslumbrante como el de la ópera. Vincenzo, descubridor de tres himnos atribuidos por entonces a Mesomedes de Creta, era asimismo integrante de la Camerata Fiorentina. Pero tanto intelecto no le impidió ser un eximio ejecutante de laúd y de viola, y apreciado autor de música instrumental y vocal, además de cantor y doctísimo teórico. Es claro, su defensa del nuevo estilo de canto, la monodia acompañada, sendero imprescindible para el arribo de la ópera, no fue obstáculo para componer madrigales polifónicos; sin embargo, como demostración de "lo nuevo", habría de dar a luz dos madrigales monódicos acompañados por instrumentos: Lamentación del conde Ugolino y Lamentación de Jeremías . Luego vendrían Caccini con sus Nuove musiche , Peri y enseguida Monteverdi (1607) con la obra maestra de todos los tiempos, Orfeo .
En aquella Florencia descomunal, Vincenzo Galilei brilló con luz propia. Frente a la pasajera incomprensión de otros teóricos, él también podría haber asegurado, como su hijo Galileo después de su abjuración, y refiriéndose al desplazamiento terrestre: Eppur, si muove. Cuatro siglos de ópera le han dado la razón.






