
No es país para los apasionados
Jonathan Strange y Mr. Norrell / Dirección: Toby Haynes / Guion: Peter Harness, sobre la novela de Susanna Clarke / Elenco: Bertie Carvel, Eddie Marsan, Charlotte Riley y Enzo Cilenti / Emite: los lunes, a las 21, por OnDirecTV (repite los domingos, a las 22) / Nuestra opinión: muy buena
En la Inglaterra alternativa de este relato, ubicado durante las guerras napoleónicas, los "magos" son historiadores, estudiosos de una magia que dejó de ser efectiva 300 años antes. Fuera de los claustros, proliferan los magos callejeros, que no son más que charlatanes y pequeños estafadores. Como práctica, la "magia inglesa" ya no existe. Al menos hasta la aparición del señor Norrell, un caballero hosco y pomposo que afirma ser un "mago práctico bastante pasable". En efecto, gracias a su obsesivo estudio de viejos tratados, el señor Norrell puede invocar, por primera vez en tres siglos, hechizos que funcionan. Al mismo tiempo, otro caballero, llamado Jonathan Strange, descubre que tiene una habilidad innata para crear sus propios conjuros: dos escuelas opuestas de magia han resurgido.
Sobre este punto de partida, la novela original de Susanna Clarke y su fiel adaptación televisiva narran el regreso de la magia a Inglaterra, su influencia en la política, su intervención decisiva en el triunfo bélico sobre Napoleón y en la construcción del poder imperial británico. La miniserie recorta las voluminosas descripciones y la proliferación de eventos y personajes menores que engordan la novela para concentrarse en su núcleo: la disputa entre dos ideas del ejercicio de la magia que también son dos formas de encarar la vida y dos formas de ser inglés. A la vez, el programa pierde el ventrilocuismo literario de Clarke, que canaliza la voz de Jane Austen para imitar la comedia de costumbres característica de la literatura del siglo XIX.
Novela y miniserie provocan una misma insatisfacción: a pesar de que tratan sobre la magia y de que sus personajes están obsesionados con la magia, jamás nos explican qué es la magia. Borges escribió que un buen narrador debe contar los acontecimientos como si no los entendiera del todo. No es el caso: la magia aquí no es algo inefable o incomprensible, sino que su naturaleza no es objeto de reflexión para nadie. Esto deja algunas grietas: ¿por qué sólo los dos protagonistas son capaces de realizar conjuros?; ¿por qué hay actos sorprendentes, como mover una montaña, que pueden realizar sin problemas y otros, en apariencia menos complejos, como curar una enfermedad, que son imposibles? Esta falta de definiciones, de reglas, hace que la magia se vuelva exactamente eso que no debe ser: un pozo infinito de soluciones arbitrarias para ser usadas a conveniencia del autor.
Aunque no se diga qué es la magia, queda claro qué representa: es una metáfora acerca de la creación (literaria, artística) con un poeta natural y un académico obsesivo como estandartes dialécticos. Curiosamente para una novela de más de 800 páginas, el texto (y la serie de siete horas que lo adapta) nos indica que la magia debe ser ejercida con restricción y prudencia, que entregarse desenfrenadamente a ella trae consecuencias indeseables. Es más una forma de sujeción (los personajes se fanatizan y quedan literalmente atrapados en ella) que de liberación. Las pasiones, aquí, deben ser frugales.
Esta admonición se verifica en el hecho notable de que en la serie jamás asoma la sexualidad. En las historias del siglo XIX que duplica no había carnalidad explícita, pero sí unas enloquecedoras corrientes subterráneas de deseo. En esta historia sólo la magia inflama a los protagonistas para después aleccionarnos con que semejante entrega es un error. En suma, este relato exorbitante contiene una defensa de la cautela, de la contención, acaso de la represión. La destreza narrativa de la serie, la novedad del mundo imaginado o el atractivo de sus personajes (en especial el del insufrible señor Norrell, una prodigiosa interpretación de Eddie Marsan, el violento Terry de Ray Donovan, que aquí se disuelve en un ente taciturno y avinagrado) no se anulan por aquellas objeciones. Aunque se moderan un poco.





