¿Será La paciencia de la araña el disco que lleve a Los Caballeros de la Quema a pelear la punta del campeonato rockero?
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Tratándose de ellos, no es un detalle menor. Así que corresponde dejar anotado que la misma noche en que el Piojo López amargó al público del Maracaná con su inatajable sablazo al primer palo de Taffarel –en ese partido pre-Mundial que nos ilusionó en vano–, Los Caballeros de la Quema concluían la grabación de su cuarto disco en Los Angeles. Estaban en un reducto de la histórica esquina de Hollywood y Vine, a punto de hacer su primer y único show en el gran país del Norte. Se trató de apenas un reducido set en un lugar semivacío, es cierto, pero funcionó como apropiado punto final para la gloria (y el suplicio) de terminar de dar forma al disco, esa obsesión de medio año de despertares porteños, en una noche tan ajena como la californiana.
"Puede sonar desagradecido, pero no fue fácil lo de Los Angeles", explica Iván Noble dos meses y un Mundial más tarde, con La paciencia de la araña ya en la calle. "Es una ciudad fascinante, pero muy poco hospitalaria. Y, para colmo, esa fascinación se te acaba muy rápido. Todo fue bárbaro durante los primeros días, los que nos pasamos encerrados, grabando. Pero cuando llegó el momento de la mezcla, todo quedó en manos de los tipos que mueven perillitas. Y fue muy duro darse cuenta de que, después de despertarnos todas las mañanas durante seis meses pensando cómo conseguir un buen disco, de pronto ya no teníamos nada más que hacer. Y, para colmo, estábamos muy pero muy lejos de casa", se empecina Noble. A su lado, en la misma mesa del porteñísimo bar La Academia y ante al mismo grabador, su compadre Martín Méndez -guitarrista- no empina un recuerdo tan amargo de L. A.
–Yo extrañaba mi casa y a mi familia, es verdad. Pero también pensaba que, a la semana de haber vuelto, seguro que no iría a molestarme hacer otro viajecito. Así que disfruté lo más que pude. No dejaba de impresionarme, por ejemplo, que en Los Angeles hubiera 30 millones de tipos viviendo entre montañas. Es un lugar hermoso.
–Lo que a mí me impresionaba era el color del queso de máquina. ¿Por qué ese amarillo se parecía tanto al de la camiseta de Rosario Central?– pregunta Iván.
–Creo que éste es el mejor ejemplo de nuestras diferentes visiones del mundo– se ríe Méndez.
Como lo sugiere su nombre, Los Caballeros de la Quema son muchos. Siete, un número que se duplica si se cuentan los músicos que pasaron por la banda a lo largo de una historia que recorre un casete independiente y cuatro discos. Pero, como suele suceder, hay ciertos nombres claves en el desfile. Pablo Guerra, por ejemplo, guitarrista stone e integrante de una infalible dupla compositiva junto a Noble; ex integrante de Los Piojos, de la época en que el grupo de Palomar aún tocaba blues como "Little Red Rooster", Guerra hizo su ingreso a los Caballeros durante un largo y ya demasiado lejano verano en Villa Gesell. Y Javier Cavo, representa para muchos –la mayoría– el alma de la banda. Batero sensible, el "Nene" entristece las canciones con sus golpes hasta hacerlas únicas.
Sin embargo, entre tanto personaje clave, Iván Noble y Martín Méndez son, indudablemente, la dupla ideal para funcionar como eficaces voceros, tanto del aspecto consciente como del inconsciente de un grupo tan estable y tan cambiante como el suyo. Son, por ejemplo, los únicos dos integrantes originales de Los Caballeros de la Quema. Más aún: vienen juntos y en banda desde antes de ser Caballeros. "Como todos los chicos del grupo, somos dos tipos curiosos que hicimos un poco de todo mientras compartíamos el sueño de ser músicos. Nos metimos en la universidad, fuimos mimos repartiendo volantes del IAC... pero donde el entusiasmo nos duró más fue con la música", recuerda Méndez, al tiempo que Noble lanza una carcajada ante el asalto del recuerdo perdido del Marcel Marceau que nunca supieron ser.
Noble y Méndez egresaron del secundario compartiendo una banda de ésas que llaman "ensayar" a molestar a toda la familia desde la habitación del nene y no tocar nunca en un escenario. Luego jugaron a los covers (por el pancho y la coca, en cumpleaños de 15 o casamientos de familiares) bajo el juguetón nombre de Hambresty. Los pibes que crecieron escuchando a Riff y a V8 se juntaban a sacar los temas de los Redondos, Sumo, Charly García o Virus. Martín, siempre calzándose la guitarra; Iván, todavía detrás de los parches de una batería, hasta que fue el momento de la banda definitiva. La historia es conocida: "Yo quería mucho las letras que escribía para la banda y me parecía que quienes cantaban no las querían tanto. Así que le pedí permiso al resto del grupo para probarme como cantante, y ahí quedé." Por entonces ya eran Los Caballeros de la Quema, un grupo que apenas ambicionaba llegar a tocar todos los fines de semana.
Un poco de reggae, mucha distorsión, un toque funk en los caños y una voz quebrada y sucia completando la imagen. En un comienzo, la música de Los Caballeros parecía un resumen de la discoteca del joven argentino promedio pos-Luca Prodan. Después estaban las letras. Y están. En el camino desde "Acabaré entre tus tetas" –título de una canción de aquel iniciático casete independiente– hasta el "Cerrá bien cuando te vayas" –uno de los temas de La paciencia de la araña–, el grupo perdió machismo y ganó sutileza. Pero el carácter masculino de su música ha atravesado intacto todas las metamorfosis.
Las mujeres como metáfora para hablar de fútbol y el fútbol como metáfora para hablar de mujeres. Y ambas cosas como el atajo para reconstruir el monólogo interior de –¿por qué no?–aquel hombre suburbano del que hablaba Pappo. Claro que los tiempos han cambiado, y a ese personaje de inclaudicable rutina le ha surgido una sensibilidad propia y bien rocker. Así como a esta altura nadie puede negar los méritos del rock que disfruta travistiéndose, Los Caballeros deberían ser reconocidos por su orgullosa masculinidad.
"Aún recuerdo aquel sentido de unidad que hubo en el camarín antes de nuestro primer show sin coristas mujeres", concede Méndez, mientras Noble frunce un poco el entrecejo. "Antes de eso, en el camarín había siete chabones pensando en fumar marihuana, escabiar, o correr detrás de algunas minas. Pero además había dos personas del sexo opuesto mirando si tenían las medias corridas. En aquel show de Arpegios, en cambio, ya al promediar el primer tema los dos guitarristas estábamos subidos a las cajas de sonido; algo totalmente tribal. Y no habíamos tenido nunca esa sensación con las chicas sobre el escenario. No es mejor ni peor, es así. Somos así."
Soleada tarde de invierno en Castelar. A unas diez cuadras de la estación, en su casa de soltero llena de plantas, nos espera Iván Noble para continuar como local la charla que comenzó entre luces de bar. El tema es ahora el flamante disco del grupo.
Once son los temas de La paciencia de la araña, un trabajo que carga con la responsabilidad de suceder a esa joya secreta llamada Perros, perros y perros, el disco de madurez de Los Caballeros de la Quema. "En realidad, el título esconde un doble discurso", revela Noble. "Porque remite a una frase de una canción, que en realidad dice que «la paciencia de la araña no es de chicle». Y la pregunta esencial es qué pasará cuando se acabe la paciencia, cuando se acabe la tela... Para mí ésa es la gran incógnita: cuando te hartes de tener durmiendo a tu lado a la mujer que querés; cuando te hartes de salir a la calle, comerte un pancho en Once y convencerte de que vamos para adelante; cuando te hartes de hacer notas en revistas; cuando te hartes de tener una banda de rock... ¿Qué hacés?" Soltero empedernido, romántico fatalista y filósofo futbolero, Iván es –por ejemplo– especialista en naufragios. Desde aquel estribillo de "Carlito", el hit del primer disco del grupo ("después del agua/ más agua/ porque este charco no tiene borde"), nunca el agua estuvo ausente en sus letras. Sonríe cuando se le pregunta por qué. "No sé muy bien de dónde viene eso. Me parecen mucho más interesantes las personas cuando empiezan a naufragar, que cuando tienen éxito. Porque los triunfadores no tienen la elegancia –decadente, pero elegancia al fin– de los vencidos."
El Mundial todavía tan cercano no hace más que guiar el dedo índice por el reverso del CD, hasta situarlo sobre el tema "Todos atrás y Dios de 9". "Es una frase que saqué de un libro de Valdano", precisa Iván. "Viene de una definición que Tim, un técnico brasileño, le dedicaba a un equipo amarrete. Tipos que jugaban todos abajo, esperando que la Divina Providencia hiciera algún gol.





