
Nuevo fresco barrial, lejos de las mejores muestras del género en TV
"PH", comedia dramática escrita por Enrique Estevanez y Marcela Citterio. Dirección:Alejandro Moser. Con Gerardo Romano, María Valenzuela, Víctor Laplace, Katja Alemann, Juan Palomino, Carolina Papaleo, Jorge Martínez y elenco. Por Azul, de lunes a viernes a las 22. Nuestra opinión: regular.
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Como si el largo desfile de gasoleros, campeones de la vida, soderos, buenos vecinos, ilusionistas y buscas que conocimos durante los últimos años no fuera suficiente, "PH" acaba de instalar su abultado equipaje físico y humano en la pantalla de Azul para intentar una vuelta de tuerca más en el ya trajinado mundo de las comedias dramáticas con sello barrial.
A la hora de pensar en ficciones televisivas, no parece haber hoy un camino más seguro que apuntar a esta fórmula. Y como el dispar balance provisional de esta apuesta al costumbrismo de los últimos años registra algunos títulos más que logrados (el primer tramo de "Gasoleros", algunos momentos iniciales de "Los buscas" y "Buenos vecinos" y, sobre todo, lo que se vio hasta ahora de "El sodero de mi vida"), cada nuevo intento se ve casi en la obligación de exigirse al Máximo para entregar algo mejor, distinto, original o perfeccionado respecto de lo ya visto.
Hasta ahora "PH" no superó los umbrales de todo lo que conocemos sobre costumbrismo televisivo por más que sobran entre quienes hacen este programa delante de las cámaras o detrás de ellas muestras de empeño, ganas y mucho entusiasmo.
Pero ni estos voluntariosos atributos, ni la voluntad del director Alejandro Moser por dar dinamismo al derrotero de un relato que los guionistas Estevanez y Citterio aspiran claramente a despojar de tiempos muertos consiguen torcer una tendencia en la que este programa va decididamente detrás de la mayoría de las producciones más redondas de esta tendencia.
"PH" no tiene un eje, un punto de convergencia geográfico o humano alrededor del cual pueda funcionar armónicamente la multitud de subtramas que siempre se mueve dentro de este género en torno de un relato principal. La explicación del déficit que esta historia muestra hasta ahora pasa, ante todo, por un relato principal de trazo tan impreciso que termina contagiando al resto, movido a su imagen y semejanza.
No queda claro si el centro del relato pasa por las idas y venidas románticas entre los personajes que encarnan Gerardo Romano y Carolina Papaleo, o por la pareja que nunca terminan de conformar Víctor Laplace y María Valenzuela, o por el núcleo femenino integrado por Romano, Valenzuela, Verónica Vieyra, Katja Alemann y Chany Mallo, o por la sucursal bancaria en la que se mueve una cuerda de seducciones y engaños encarnada por Juan Palomino, Nacho Gadano, Federico Olivera y sus respectivas parejas. La trama navega de uno a otro escenario con rumbo errático y vacilante, más allá del nervio que trata de poner el director Moser para intentar un viaje sin pausas entre ellas.
Algunos de estos personajes son presentados como obreros de la construcción (Romano), diarieros (Papaleo), carniceros (Laplace) o directamente vagos sin remedio (Alejandro Fiore), seguramente porque las reglas del costumbrismo televisivo exigen colocarlos en esta clase de situaciones.
Aquí, esta fórmula adquiere un mero carácter exterior y superficial que, lejos de contribuir a la pintura completa de los retratos humanos del relato, les quita espesor y los torna superficiales. Basta con ver al muy atildado y elegante Laplace (que parece seguir los pasos de la última etapa de Juan Leyrado en "Gasoleros") para comprobar la distancia que hay entre el personaje representado y la imagen que entrega.
Desprolijidad y estereotipos
Así las cosas, la historia tiende a girar siempre sobre el mismo lugar (los encuentros entre Papaleo y Laplace parecen clonados), desnuda más de una desprolijidad (el profesor de educación física que encarna Luciano Castro pasa de ser casi un desocupado a contar con trabajo de sobra en apenas un día) y recurre al estereotipo (el exagerado personaje de Olivera responde en todos sus aspectos al Nicolás de "Betty la fea") o al erotismo light para sostener la atención.
Tal vez sin proponérselo, "PH" abreva en la mayoría de las historias costumbristas ya conocidas para conformar un intento abarcador que se termina transformando en un híbrido que no aportará demasiado a la memoria reciente del género. Queda para disfrutar, en medio de tantos desniveles, la estupenda actuación de Gerardo Romano, tal vez lo mejor que haya entregado en su larga trayectoria.






