
Onieguin, lejos de las experiencias
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Escena lírica "Eugenio Onieguin", de Piotr Ilich Tchaikovsky, libreto del autor y de K. S. Shilovski, basado en la novela homónima de Alexandre Pushkin. Elenco: Adrianne Pieczonka (Tatiana); Marcela Pichot (Olga); Alejandra Malvino (Filipevna); Lucia Ramos Mañé (Larina); Dmitri Hvorostovsky (Eugenio Onieguin); Vladimir Galouzine (Lenski); Ricardo Cassinelli (Triquet); Luis María Bragato (Gramin); Mario Solomonoff (Zierietski); Omar Brandan (Un capitán) y Fernando Chalabe (Voz). Escenografía: René Diviú. Regie: Arne Mikk. Iluminación: Jorge Merzzari. Coreografía: Jorge Lastra. Coro Estable preparado por Jorge Mariano Carciófolo. Orquesta Estable, con la dirección de Mark Ermler. Teatro Colón.
Después del desagradable momento y de más de media hora de demora antes de comenzar la representación de la hermosa ópera "Eugenio Onieguin", de Tchaikovsky, en la función del gran abono, fue posible escuchar una versión musicalmente acertada, con algunos cantantes interesantes, otros muy por debajo de sus antecedentes, y una puesta escénica irrelevante.
La soprano Adrianne Pieczonka, nueva para el público local, fue una Tatiana atractiva por su noble línea de canto, voz de color bien timbrado y buenos recursos actorales que se advirtieron con mayor nitidez durante la última escena de la obra, en su desesperante dúo con el protagonista.
En este sentido, la gran escena de la carta, ideal para crear una acción teatral rica en sutilezas y matices expresivos, no alcanzó la dimensión esperada, seguramente por cierta ausencia de expansión lírica y tempi retenidos en el fraseo musical, o quizá por falta de una mayor experiencia. De todos modos, se ha conocido a una cantante de calidad, idónea en el canto y segura desde el punto de vista técnico-vocal que hace presuponer una carrera en paulatino ascenso y reconocimiento.
Lo mejor
En esta versión fue el factor de mayor jerarquía del elenco, en especial por su soberbia actuación en el último cuadro, con su expresiva actitud de angustia y frustración frente a un amor al que debe renunciar definitivamente. Aquí, la cantante logró excelencia y brillo vocal.
Asimismo, en un plano de indudable seriedad, se destacó el tenor Vladimir Galouzine, de voz homogénea a lo largo del registro, de buen volumen, timbre aterciopelado y algo baritonal y de emisión típicamente eslava, que lamentablemente acusó en esta noche de presentación cierta fatiga vocal causante de algunas notas roncas, susceptibles de desaparecer en un futuro inmediato en el caso de que el artista aplique rigor y disciplina en la elección de su repertorio y en la frecuencia de sus actuaciones.
Cuesta creer que sea saludable para un cantante alternar, como lo ha hecho en los últimos tiempos, según se dice en el programa, personajes tan disímiles como Pinkerton, Otello, Radamés y Don José, más un buen numero de personajes del repertorio ruso de tono heroico, y ahora afrontar un papel que reclama un canto delicado y apasionado.
En la célebre aria de Lenski, previa al trágico duelo con Onieguin, momento cumbre del arte lírico ruso, el tenor logró las inflexiones adecuadas para quien presiente la muerte provocada por su amigo Onieguin.
No se lució Hvorostovsky
A propósito del personaje central, cabe señalar que Dmitri Hvorostovsky no llegó a plasmar, pese a su jerarquía internacional en meteórica carrera, un personaje interesante. Por el contrario, su visión del personaje fue un tanto artificial desde el punto de vista actoral.
En cuanto a su canto, poco comunicativo por cierto, destacó una voz de volumen limitado en relación a su presentación en "La favorita", de Bellini, en el mismo escenario, así como un timbre de sonido apretado que contribuyó a que su actuación no pasara de un nivel de corrección poco interesante. Los personajes de flanco tuvieron dispar fortuna. Por un lado, Monsieur Triquet fue creado con excelentes recursos actorales y vocales por Ricardo Cassinelli, quien cantó su célebre couplet de estilo francés con sobriedad y buen desplante actoral, poniendo en evidencia su larga y brillante carrera, y las mezzosopranos Lucila Ramos Mañé como Larina y Alejandra Malvino como nodriza cumplieron una labor atinada desde todo punto de vista.
En cambio, encontramos debilidad vocal en Marcela Pichot, como Olga, y un esfuerzo poco menos que incomprensible en Luis María Bragato como Gremin, ya que su parte no se compadece con sus recursos vocales.
En este sentido, causa sorpresa que el Colón haya considerado como única alternativa posible recurrir a un elemento que se destaca por su profesionalismo, pero no por poseer una voz de bajo cantante profunda y voluminosa como reclama el personaje, que dicho sea de paso tiene a su cargo uno de los más bellos cantabiles de la lírica de Tchaikovsky, en esta versión totalmente ausente.
En cuanto a la puesta escénica, se vio un espectáculo vetusto, convencional y alejado de la categoría tradicional del Colón, con una escenografía y vestuarios armados con requechos de depósitos, así como una inaceptable acción coreográfica que en esta ópera debe ser sumamente destacada.
Los esfuerzos del régisseur Arne Mikk, de indudable experiencia en este repertorio, no alcanzaron a equilibrar con la marcación actoral la pobre actuación de un conjunto de ballet conformado presumiblemente por alumnos (el programa ha dejado de anunciar la existencia del cuerpo de baile) sin idoneidad para dar con el estilo y ritmo de cada danza.
Tchaikovsky, a salvo
Por fortuna, la versión musical tuvo en el director Mark Ermler, de indudable idoneidad, la cuota de seriedad requerida para lograr el estilo del compositor, pese a que durante el primer acto se escuchó una orquesta con fallas de ejecución en el sector cuerdas que a lo largo de la representación mejoró hasta llegar a un nivel decoroso, concepto que alcanza también al coro, disminuido en su calidad sonora.
En resumen, no fue una versión de "Eugenio Onieguin" digna de un cierre de temporada. Por el contrario, sirvió para evidenciar un deterioro interno en el Teatro Colón, que las actuales autoridades del Gobierno de la Ciudad seguramente pretenden evitar.
El Himno mejor afinado
Es indudable que en estos posmodernos tiempos del fin de milenio, las impaciencias, las urgencias y enormes cuotas de individualismo, entre otras muchas virtudes y defectos, se han instalado como parte inseparable de la vida cotidiana. Y está equivocado quien crea que estas particularidades pueden ser dejadas de lado cuando se ingresa en el Colón para ver una ópera.
La función de "Onieguin" estaba demorando en comenzar y distintos rumores comenzaron a circular por todos los rincones del teatro. La orquesta permanecía íntegra en el foso y la impaciencia y los temores fueron ganando espacio. Cuando se abrió el telón, entre el decorado del primer cuadro, apareció un centenar de trabajadores del teatro, algunos de ellos, cantantes y bailarines ya caracterizados para participar en la ópera. Un vocero se adelantó y comenzó a leer un escrito. Pidió disculpas por la demora y aclaró que una asamblea se había estado llevando a cabo sobre el escenario. Una de las repulsas más fragorosas y uno de los abucheos más estruendosos de que se tenga memoria se descerrajó sobre los habitantes del escenario.
Cuando una huelga o un conflicto afecta a terceros, las incomodidades son muchas y las reacciones que genera pueden ir desde la comprensión más solidaria hasta la animadversión más ríspida. Si antes de un clásico de fútbol o del comienzo de una bailanta, por ubicarnos, quizás, en las antípodas, ocurriera algo similar a lo que pasó este martes en el Colón, no creemos que flores o cánticos de agradecimiento llovieran sobre los responsables. Pero la ira desatada y la respuesta tremenda por parte del público del Gran Abono parecieron desmesuradas. Ante trabajadores con algún tipo de necesidades por resolver, y quizá con una metodología reprochable, parte del público, vestido de gala, se comportó como el más acérrimo y exaltado hincha del tablón.
No se pudo escuchar una sola palabra más, ni siquiera para saber cuál fue la razón para la bendita asamblea. En medio del batifondo, los asambleístas, entre quienes se encontraba parte sustancial del Coro Estable y de los cuerpos artísticos del teatro, decidieron entonar el Himno Nacional. Parte del público se puso de pie y cantó a media voz, otros continuaron gritando y el resto se mantuvo sentado. Algunos, incluso, se marcharon. En un terreno estrictamente musical, hay que hacer notar que, desde el escenario, llegaba una versión a capella del Himno impecable, afinada, esplendorosa y como hace mucho tiempo no habíamos tenido oportunidad de escuchar. Si no hubiera sido por la situación previa, podría haberse convertido en un momento de regocijo absoluto.
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