Orfeo de Monteverdi, a 410 años

Pola Suárez Urtubey
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16 de febrero de 2017  

Cuando Claudio Monteverdi (1567-1643) crea su primera obra para el nuevo género del dramma per musica se encuentra al servicio de Vincenzo Gonzaga, duque de Mantua. Vincenzo era uno de esos príncipes del Renacimiento que quedan hoy, para nuestra imaginación, como fascinante paradigma de una época. Parece difícil hacerse una idea del lujo en que vivía en su palacio, donde todos los viernes se reunían los invitados para las grandes galas musicales.

Monteverdi habla en sus cartas con gran insistencia de estos viernes, pues si para Vincenzo eran apenas pequeñas reuniones mundanas corrientes, a las que quizá no asistía sino de tanto en tanto, en cambio tuvieron gran importancia para el músico. Allí se ejecutaban sus madrigales, especie que llevó a inaudita perfección.

Pero fue el estreno de la Euridice de Jacopo Peri, en Florencia, 1600, lo que terminó por poner a Monteverdi en su verdadero camino. Se sabe que Vincenzo asistió a ese acontecimiento en el que se representaba el dramma de Peri para festejar el casamiento de María de Médicis, su cuñada, con Enrique IV. Y es posible que también su músico, Monteverdi, haya asistido. A primera vista, el duque se sintió conquistado por el espectáculo lírico, pero fueron particularmente los dos hijos de Vincenzo los que se empeñaron en emular el acontecimiento, fascinados por el nuevo género. De ahí la sospecha de que se deba a ellos el encargo que se hizo al músico de la corte de escribir un melodrama en el estilo del florentino, del que resultó su Orfeo, pero ya con la estructura de lo que hoy llamamos ópera. El 24 de febrero de 1607, fecha del estreno (hace 410 años), marcaba una era en la historia cultural de Mantua. También en la de la música europea de todos los tiempos.

El músico utiliza en su Orfeo un cierto número de elementos para traducir el libreto de Alessandro Striggio: arias, ritornelli, sinfonías, coros, diálogos, pero también, y ya definitivamente adoptado, el estilo recitativo de los florentinos, que en Monteverdi son esenciales, porque además ha sabido impregnarlos de una verdad humana y una conmovedora intensidad expresiva. Cada palabra aporta su emoción y hay mil detalles que han sido analizados por los investigadores de la música. Un intervalo, un acorde, un timbre instrumental, una cadencia, un ritmo, le permiten crear un clima, cambiarlo, hacer más expresiva una palabra o situación. Hay hallazgos geniales que aún hoy, a cuatro siglos, asombran.

Para la expresión de un lirismo desbordante, Monteverdi acudió a todos los procedimientos del arte musical de su tiempo, tanto a los antiguos como a los modernos. La barrera entre antiguo y moderno, tan cargada de sentido hacia el 1600, se vació de significación en su obra. Esto explica que se encuentren en sus páginas encadenamientos acórdicos arcaicos, recursos tradicionales de escritura o de orquestación, tanto como novedosas modulaciones, armonías disonantes y cromatismos engendrados por la tonalidad; la métrica griega tanto como la flamante rítmica de la declamación.

Pero lo que es propio de Monteverdi es haber sabido dosificar, elegir, ordenar, todos estos elementos para hacer una obra conmovedora, de altísimo vuelo lírico y de una absoluta originalidad de lenguaje. Sin duda es su propia personalidad de hombre dotado de cualidades humanas auténticas las que se reflejan en su Orfeo, con una vitalidad y convicción que le han asegurado esa seductora perennidad que Apolo formula en la propia ópera a su inmortal personaje.

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