
Oscar Arais, un intérprete ideal
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Dos obras conforman el espectáculo "Poulenc y sus amigos": en ambas se aprecia la flexibilidad y la positiva complicidad que el compositor estableció con las distintas artes. Tal el caso del ballet, al que le dedicó partituras para coreografías de Bronislava Nijinska ("Les Biches" y "Aubade") y de Serge Lifar ("Les Animaux modéles").
La que usó Oscar Araiz, "Rapsodia Negra Op. 1", para la creación que presenta en el teatro Pigalle, no fue concebida específicamente para danza, pero la inspira y, conociendo la amplia mentalidad del músico, seguramente esta conjunción hubiese alegrado su alma.
Así como Poulenc dedicó su composición a otro músico, Erik Satie, Araiz hizo lo propio con la recientemente fallecida Renate Schottelius. Breve, la obra muestra a tres intérpretes, Rosaura García, Rodolfo Prantte y Maia Guillen, irreconocibles bajo el curioso vestuario imaginado por Renata Schussheim. Poulenc plasmó aquí las fantasías que le surgieron después de leer el libro "Las poesías de Makoko Kangourou", por lo que a la melodía añade partes cantadas en un idioma asimismo no identificable, supuestamente, africano. Hay mucho de ingenuidad y primitivismo en lo que el trío realiza. Puede que sean habitantes de una tribu, criaturas de remotos parajes donde no existen la violencia ni los códigos feroces de la sociedad de las urbes. Salvajes, sin embargo estos seres emanan calidez y humanidad. Juguetones, reman sobre invisibles canoas, reptan reconociendo el terreno y adoptan actitudes de perplejidad al chocar entre sí. Cada tanto lanzan frases ininteligibles, y por los arrumacos, la intención de acople de dos, la seudopelea y posterior reconciliación, espontáneamente se vuelcan a los rudimentos del amor.
Araiz entrelaza las figuras con graciosos movimientos. Sus personajes son naïves, asustadizos cuando se encuentran con lo que desconocen, dulces, simples, no contaminados por la civilización, dan un mensaje de fraternidad, del Shangri-la con el que todos sueñan.
Tanto Poulenc, jamás celoso de ser dadivoso con su genio, como el coreógrafo buscaron relaciones desinteresadas para desarrollar sus capacidades creativas: aquí bien cabe aquello de que la unión hace la fuerza. En este caso, la amistad artística generó fortaleza universal.
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