Oscar: en el juego de las lágrimas
Con el vendaval de premios para "El paciente inglés", la Academia de Hollywood demostró que sigue teniendo debilidad por el melodrama
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Estaba previsto, como viene sucediendo en los últimos años. Son tantos los sondeos previos, tantas las especulaciones que la prensa hace públicas que cuando llega la hora de la entrega del Oscar el suspenso se diluye a medida que se van confirmando los vaticinios, los sobresaltos prácticamente no existen y las sorpresas se reservan a categorías relativamente menores.
Este año, "El paciente inglés" llegaba al Auditorio Shrine con todas las de ganar. Lo hizo, y con creces, al punto de ponerse con sus nueve estatuillas muy cerca de las once que se llevó el espectáculo romano de "Ben Hur" (1959) y de las diez que cosechó la tragedia de "Romeo y Julieta" transportada a Manhattan y traducida en música y bailes por Robert Wise y Jerome Robbins ("Amor sin barreras", 1961).
Entre una ingeniosa comedia negra que habrá juzgado demasiado negra ("Fargo"), la encendida biografía de un artista trastornado al explorar los límites de la expresión ("Claroscuro"), el sutil retrato de una familia inglesa de clase media de escaso glamour ("Secretos y mentiras") y la banal comedia yuppie hecha a medida del galán de moda y con la vista puesta en el mercado ("Jerry Maguire"), Hollywood prefirió, otra vez, el melodrama.
Y se enamoró de "El paciente inglés". A tal punto que bien avanzada la ceremonia de entrega no eran pocos los que se atrevían a apostar por un nuevo récord.
Recuperar la magia
Hollywood tiene debilidad por el melodrama, y éste traía el agregado irresistible de su acento épico.
"El paciente inglés" llegó envuelto en una nube de arena, amores prohibidos, espionaje y altruísmo sobre el fondo de los días finales de la Segunda Guerra Mundial; con la memoria de una aventura romántica en sitios exóticos, entre distinguidos caballeros europeos fascinados por el desierto y empeñados en la búsqueda del oasis perdido. Podía no tener el sello de uno de los grandes estudios -perdedores a mano de los independientes que se jugaron con films de mayor ambición artística y menores presupuestos-, pero no estaba tan lejos de las tradiciones más probadas.
Y hasta se puede arriesgar otro motivo para su triunfo. En un cine superpoblado de efectos que buscan hacerlo todo más real que la propia vida, "El paciente inglés" apostó al misterio, ubicó a sus personajes en un espacio de ficción y dejó que sus historias adoptaran, al ser evocadas, la atmósfera de las leyendas. De algún modo, recuperó la magia.
Sorpresas
Las sorpresas fueron pocas; la más llamativa, seguramente, fue justicia: la consagración de Juliette Binoche como mejor actriz no protagonista por su papel de enfermera en "El paciente inglés". Nadie imaginaba, ni ella misma, que le arrebataría de las manos a Laureen Bacall un Oscar que el cariño de toda la comunidad cinematográfica -y a lo mejor también la culpa- parecía haberle adjudicado de antemano.
Quizá menos espectacular, pero igualmente sorpresivo, fue que el guión que Anthony Minghella supo desarrollar a partir del libro de Michael Ondaatje se quedara sin el Oscar al mejor guión adaptado. No porque se dude de la calidad del libreto de Billy Bob Thornton para "Sling Blade" (que no conocemos), sino porque cabía dar por descontado que el entusiasmo por "El paciente inglés" alcanzaría para elevar a Minghella al podio. Como efectivamente sucedió en el caso de la dirección, aunque cueste coincidir con esta elección, a la vista de los admirables trabajos de Mike Leigh ("Secretos y mentiras") o Joel Coen ("Fargo").
De estos dos films, el primero -sin duda uno de los títulos memorables del cine reciente y probablemente el mejor entre los cinco candidatos- se quedó sin recompensas. Y en esto se equivocaron quienes se jugaban por el triunfo de la admirable Brenda Blethyn como mejor actriz.
Hubiera sido justo. Pero el encantador personaje de la investigadora embarazada, que fue una feliz ocurrencia de Ethan y Joel Cohen para "Fargo", se ganó comprensiblemente la simpatía de todos. Lo atestiguan el premio a la mejor actriz para Frances McDormand, y el del mejor guión original que se llevó el dúo.
Está fuera de discusión que comprometida y exuberante composición del australiano Geoffrey Rush para "Claroscuro" merecía todas las distinciones. Y en cuanto al Oscar de Cuba Gooding Jr. como actor secundario por "Jerry Maguire", se cumplieron los pronósticos. Lo mismo sucedió con "Kolya, el nombre de la esperanza", el film checo cuya inteligente combinación de testimonio y sensibilidad había estimulado los vaticinios de éxito.
Que la Academia haya llevado su devoción por "El paciente inglés" hasta hacerlo adueñarse de buena parte de los rubros técnicos (dirección de arte, fotografía, vestuario, montaje, música) no hizo sino confirmar que el film de Minghella dio en la tecla de lo que Hollywood querría ver salir de sus estudios y juzga digno de sus tradiciones.
Hace más de cincuenta años, otra historia de amores prohibidos, espías y altruismo, ambientada en el norte de Africa -"Casablanca"- se llevó el Oscar y comenzó a convertirse, ella misma, en leyenda. Ojalá el espíritu imitador de los productores sin iniciativa y sin imaginación no convierta este triunfo en el punto de partida de una moda de historias románticas en el desierto.
Una ceremonia que parecía ya vista
La ceremonia del Oscar terminó y dejó la impresión de que ya había sido vista, y no porque se parezca a la del año último y a la de los anteriores, sino porque no trajo novedades, no produjo expectativas, nadie se puso ansioso y se volvió interminable.
El premio a "El paciente inglés" era previsible, pero no las nueve estatuillas que llevó, entre ellas la correspondiente a la mejor película. Pareceun exceso, entre otras, la correspondiente a su director, Anthony Minghella, monaguillo obediente del productor Saul Zaentz. No hay que sospechar de los votos, pero sí de la despreocupación, la falta de imaginación y la desidia puesta por los votantes en la poco interesante decisión última.
Dijimos el domingo -volvimos a pegarla con muchos de los galardones- que la ubicación de Juliette Binoche en el renglón de la mejor actriz de reparto (lo ganó) era sopechosa. Binoche figura en los títulos de "El paciente inglés" en segundo lugar, después de Ralph Fiennes y antes de Willem Dafoe y Kristine Scott Thomas, es decir en sitio de protagonista. Elegida la mejor de reparto, un reconocimiento merecido, dejó a un lado a la veterana Lauren Bacall ("El espejo tiene dos caras"), cuyo personaje responde más al "de reparto" y hubiera producido mejor gusto en la platea internacional.
Respecto de Scott Thomas en el puesto de la mejor actriz, se sabía que no podía ser. Le dejó sitio a la norteamericana Frances McDormand (espléndida en "Fargo"), que ganó en gesto de fuerte sentido localista de los votantes, frente a, por ejemplo, las inglesas Brenda Blethyn ("Secretos y mentiras") y Emily Watson ("Contra viento y marea"), cuyos trabajos deslumbran y demuestran una entrega dramática superior. Otro tanto y frente a Minghella, el trabajo de los realizadores Mike Leigh ("Secretos y mentiras") y Joen Coen ("Fargo"), que lo superan con sentido de autores.
Nuestra opinión responde a la mirada que, sobre el Oscar, tenemos por estas latitudes aquellos a quienes alguna fijación infantil y las necesidades de dar opinión nos acercan a ese galardón. Como no votamos, podemos quejarnos, inclusive sin vocación de objetividad, de puro corazón La ceremonia fue humilde de origen. Pocos fastos y cierto recato en la espectacularidad. Apenas hubo movimiento cuando unos bailarines trajeron unas mesas para escenificar una de las cinco canciones nominadas, ""That Thing You Do!", de una película de Tom Hanks, y cuando hubo una gigantesca coreografía irlandesa, cuya música no se pudo escuchar a causa del ruido verbal que producían los conductores de la emisión televisiva, por Canal 9.
Respecto de ésta, con dos animadores, uno en Buenos Aires y el otro en Los Angeles, fue uno de los bochornos mayores, acaso el más grande del que se tenga memoria en la televisión argentina. Ambos se disputaban la última palabra en una conversación de sordos, hablaron siempre fuera de contexto y demostraban, aún el memorioso, un desconocimiento absoluto de las necesidades del medio. Cuando disertó Tim Robbins, a quien nadie presentó porque la tanda comercial de Canal 9 terminó -como en todos los casos- con el bloque norteamericano ya comenzado, se escuchaban simultáneamente tres voces: la de Los Angeles, la del estudio y la del correcto traductor, el único bienvenido e indispensable.
Los organizadores de la ceremonia del Oscar, por su lado, tienen poco en cuenta que los millones de espectadores del programa en el mundo no se hacen cargo de las bromas internas de los conductores norteamericanos así como de despedidas a empleados (la del escribano contador de los votos, anteanoche). En cambio, son maravillosos los agrupados de imágenes: tanto los que ponen al conductor Billy Crystal dentro de escenas de las cinco películas nominadas -un hallazgo-, como las evocaciones de los muertos del año (llegaron tarde a Canal 9, tras la tanda rezagada e interminable), entre los que estaba John Alton, director de fotografía húngaro de muchos films argentinos de los años de oro; o las correspondientes a la obra del coreógrafo Michael Kidd ("Siete novias para siete hermanos", entre ellas y sobre la que insistió, cargoso, uno de los locutores locales), el homenaje al cine presentado por Winona Ryder y el reconociminto al trabajo del compaginador y de los creadores de efectos especiales.
El premio a los tontos románticos del año -la Academia se premia a sí misma ni bien puede- correspondió al guión de "Sling Blade", de Billy Bob Thornton, y a Geoffrey Rush, el protagonista de "Claroscuro", que salió mejor actor.
Con humor y maldad, alguien imaginó que si juntamos a los mejores, Frances McDormand y Geoffrey Rush, en una película, no irá nadie a verla. Seguro coincidimos con el lector ."Claroscuro" retrata al pianista David Hellfgot, un loco lindo, que encerró en los treinta segundos obligatorios un tema musical clásico. Hellfgot fue el único que hizo callar el discurso psicótico de los comedidos del canal.Las cámaras del Oscar son excelentes y tienen el sentido de la oportunidad para retratar a quien sea y donde debe ser. Ellas denunciaron el cuchicheo molesto de Barbra Streisand y la desazón perdedora de la flotante Lauren Bacall.
Euforia en Australia por el premio a Rush
SYDNEY, Australia (Reuter).- El gobierno australiano y la industria cinematográfica local estallaron en aplausos por el Oscar obtenido en Los Angeles por Geoffrey Rush, un virtual desconocido que se transformó en el favorito de la nación por su papel en la película "Claroscuro".
El ministro de Artes, Richard Alston, se prodigó en elogios, calificando el logro del esforzado actor un triunfo para la pequeña industria fílmica del país.
También felicitó a John Seale, un ex empleado de una hacienda que conquistó el galardón a la mejor cinematografía por su trabajo en la cinta independiente "El paciente inglés".
"El éxito de Geoffrey Rush y de John Seale en los premios de la Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas es prueba positiva de que Australia figura ahora al tope de la tabla de la industria fílmica internacional", dijo un feliz Alston a los periodistas en Camberra.
El brillo de Rush
"Esta es una actuación que merece medalla de oro para Geoffrey Rush. No sólo brilló, deslumbró". El título original de la película, "Shine", significa literalmente "brillo" en español. Rush obtuvo su Oscar por el excelente retrato del perturbado concertista australiano David Helfgott en "Shine".
Basada en la historia real de la recuperación de Helfgott tras un ataque cerebral, "Claroscuro" tuvo un costo de alrededor de 4 millones de dólares.
Helfgott, que se encuentra realizando una gira de conciertos por los Estados Unidos, a sala llena pero bajo duras críticas de los comentaristas, tocó parte de la música del film en la ceremonia realizada en Los Angeles.
El Instituto de Cine de Australia también alabó a Rush, cuyo estante de trofeos incluye una serie de otros galardones, incluso un Globo de Oro, por su trabajo en "Claroscuro".
Muestras de crecimiento
"Es increíblemente emocionante", dijo a Reuters la directora ejecutiva del instituto, Ruth Jones, en la ciudad de Melbourne, donde vive el actor.
"Creo que lo que hace realmente es mostrar que la industria del cine australiana se ha desarrollado... hemos mostrado nuestras propias historias, usado nuestros propios actores y no nos hemos adaptado a una fórmula de Hollywood", agregó.
La productora y presidenta de la Comisión Australiana de Cine, Sue Milliken, dijo por su parte que el premio de Rush reflejaba una fuerte industria fílmica local que ahora gana galardones y adeptos en todo el mundo.
"Para el cine australiano, creo que es otro reconocimiento de las alturas realmente notables a las cuales ha llegado en los últimos años", indicó.
Scott Hicks, el director australiano de "Claroscuro", fue derrotado para el Oscar al mejor director por Anthony Minghella.
"El paciente inglés", de Minghella, recibió nueve galardones, incluso el de la mejor película, para la cual "Claroscuro" también fue nominada.
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