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Comprender la importancia de la vida humana es algo fundamental en la tradición tibetana. Usualmente, el pueblo del Tíbet considera la vida, cualquier vida, como algo muy sagrado, algo santo, algo importante. Por lo tanto, hasta si se mata un pequeño insecto de inmediato reaccionamos con algún sentimiento de compasión.
En nuestra cultura tibetana, hoy amenazada con la extinción en el Tíbet ocupado por China, creemos que lograr la excelencia humana no sólo es un ideal positivo, sino también una posibilidad real en la vida de cualquier individuo.
En el pasado éramos una nación pacífica con una cultura única. Ahora, infortunadamente, durante las últimas décadas, esta nación y esta cultura están siendo deliberadamente destruidas. Nosotros amamos nuestra cultura, nuestra tierra y tenemos el derecho a preservarlas.
Me preguntan cómo se practica el altruismo con un vecino que intenta destruirnos por todos los medios. Desde tal perspectiva, nuestra generación –la de los refugiados– es la más problemática. Lo mejor sería olvidar, pero comprendo que es algo muy complejo, que no es fácil. Sin embargo, debemos hacer algo para que crezca la bondad. Debemos pensar y trabajar para crear un mundo nuevo.
Estoy luchando por nuestra causa con la convicción de servir a la humanidad, no por razones de poder ni por odio. No sólo como tibetano, sino como ser humano, siento que vale la pena conservar esta cultura, esta nación, para contribuir con ella a la sociedad mundial. Por eso persisto en nuestro movimiento, y aunque algunas personas lo vean como una cuestión exclusivamente política, yo sé que no lo es.
Diariamente, cuando practico el dar y recibir, presto especial atención a nuestros enemigos chinos, especialmente a los que están activamente involucrados en perpetrar crímenes contra mi pueblo. No podemos caracterizar como enemigos a todos los chinos, sino apenas a los individuos responsables. De modo que tomo lo negativo, las emociones, la furia, el odio que esos hombres tienen y les envío mis energías, pensamientos y sentimientos positivos. Es una buena forma de dar y recibir, útil y muy efectiva.
Tensin Gyatso, o su santidad el XIV Dalai Lama, es el líder espiritual del pueblo tibetano. Pero desde 1960, cuando debió escapar disfrazado de los invasores chinos, vive en Dharamsala, al norte de la India. En 1989 recibió el Nobel de la Paz. Aquí, un fragmento de El poder de la compasión, un libro de reflexiones.




