
Para que ruede la bola
Con status olímpico, el bowling no pierde su carácter social
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Con sus bulliciosos carriles, sus obligatorios zapatos y las nunca bien resueltas piruetas, el bowling era el mítico lugar de encuentro para bohemios y nostálgicos; un hecho reflejado en el film El gran Lebowski y su pandilla de amigos excéntricos.
Pero esa situación comenzó a cambiar desde que shoppings y locales del ramo armaron boleras de última tecnología y equipos competitivos. Además, la concurrencia se acrecentó. Hoy, la Argentina (tras haber sido sede del Campeonato Americano 2001) se apresta a competir en los Juegos Panamericanos de 2003, en Santo Domingo. Y sin embargo, el deporte aún no logra trascender la categoría de mito.
“Debido a su carácter eminentemente social, el bowling es uno de los cinco deportes más populares del mundo –afirma, enfático, Néstor Ibáñez, presidente de la Asociación Argentina de Bowling–. ¡Pero por la misma razón nos niegan status olímpico! Al bowling se lo relaciona con el Johnny, tomando cerveza y a las risotadas, jugando por jugar. Sin embargo, fue declarado deporte por el Comité Olímpico Internacional en 1978.”
Del carácter social del bowling da cuenta el propio Ibáñez, quien comenzó a jugar en 1955. “Empecé en el viejo Gasómetro, en San Lorenzo de Almagro. Jugaba billar y bowling, pero me quedé con el bowling porque iban muchas chicas –cuenta, risueño–. Se jugaba entre clubes. Ahora, los equipos se arman en shoppings como Showcenter, Unicenter o Alto Avellaneda.”
A dos puntas
No sólo cambiaron los ámbitos, sino que existen dos especialidades muy similares, aunque de distinta envergadura. “Uno es el bowling estándar que vemos desde 1995, de palos largos y bolas de 20 centímetros de diámetro. Sólo éste se desarrolló como deporte, por ser rentable. En promedio, un jugador gasta mil dólares anuales, y existen 50 millones de federados en el mundo. Haga la cuenta... –dice Ibañez–. El otro es el folklórico, que se practica acá, en el Uruguay, el sur de Canadá y el nordeste de los Estados Unidos. Se llama duckpin: bowling de palos chicos.”
Pese a hallarse en extinción, aún se juega mucho duckpin en la Argentina. La tradición es también fuerte en los Estados Unidos, donde se realizan torneos nacionales desde 1896. “En 1983, se jugó el único campeonato internacional, en Toronto, con la participación de Estados Unidos, Canadá, Filipinas y nuestro país –agrega–. Fue organizado por un canadiense, y le salió mal. Porque la Argentina, que no era nadie, resultó campeón individual y por equipo.”
Junto a los palos chicos van desapareciendo los maltratados pinboys o para palos. No obstante, el oficio abunda en provincias del interior. “Es un trabajo insalubre. ¡Se pegan cada golpe con los palos! –exclama dolorido Héctor Brondoni, reconocido instructor y coach del shopping Alto Avellaneda–. Había jugadores que lanzaban muy fuerte. A veces, un palo saltaba de la cancha 5 a la 4, y acababa en la cabeza de un pinboy. Por eso, algunos saben dónde pararse cuando ven venir la bola. Y muchos terminaron siendo jugadores.”
A los 58 años, Brondoni es considerado uno de los mejores jugadores argentinos de bowling. “Para este deporte no hay edad. Puede jugar un chico de 14 años contra una persona de 75 –afirma–. Lo que acerca a la gente es vernos jugar a nosotros, los federados. El aprendizaje dura unos tres años, y cuando alguien está listo para competir lo incorporo al club escuela del shopping. Se llama Pumas Bowling Club. Saqué varios campeones, pero por razones económicas y por la escasa difusión no aparecen tantos jugadores como deberían.”
Debacle y repunte
Las razones económicas son centrales. “Hasta 1995 había sólo 14 pistas automáticas en el país. Luego, debido a las ventajas de la convertibilidad, pudieron instalarse más de 200”, cuenta Pedro Merani, que además de ser entrenador del seleccionado nacional es instructor de Paloko (Cabildo 450), un clásico del bowling muy frecuentado por estrellas de TV. “Ciertos amateurs se incorporan a los campeonatos oficiales, aunque es algo inusual –agrega–. Porque el bowling es un deporte dolarizado; ni un tornillo se fabrica en el país. Por lo tanto, en 2002 hubo una debacle. Y ahora, con el dólar estable, afortunadamente el público aumentó un 40 por ciento.”
El Johnny de Néstor Ibáñez y el Lebowski de la pantalla grande proyectan una larga sombra sobre el juego. Aunque para Héctor Brondoni, el límite está tan trazado como la línea de foul. “El entrenamiento es divertido. Se toma café, los jugadores se cargan... Este es un deporte familiar y tras los partidos suele haber reuniones o bailes. Pero cuando llega la competencia todo cambia. Entonces, ya no es un deporte de diversión. Es un deporte de concentración.”
Jorge Luis Fernández




