
Películas que saben jugar con los estereotipos
Dicen las enciclopedias que estereotipo es algo repetido o reproducido sin variación; algo que responde a un patrón general y que carece de marcas o cualidades individuales que lo distingan. También dicen que es una suerte de retrato mental que comparten los miembros de un grupo y representa una opinión simplificada y reductora respecto de una persona, una raza, una cuestión o un hecho.
El cine está lleno de estereotipos. Cualquiera que haya sido espectador más o menos regularmente lo sabe: suele ser el resultado de la pereza de libretistas y directores o de su voluntad de pisar suelo firme y no arriesgarse a modificar los rígidos rasgos de un lugar común que todo el mundo entiende y acepta.
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Sin embargo, hay algo que agradecerle. Con su rigidez y su previsibilidad, el estereotipo suele convertirse en jugosa materia prima para el humor. Y cuando hay verdadero ingenio, basta con exagerarlo, explotar sus costados más característicos y tomarle un poco el pelo para que el tieso retrato cobre animación y para que, ya a la intemperie los rasgos que le dieron origen, la comedia lo devuelva renovado, humano, reconocible.
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El director Frank Oz y su libretista, Paul Rudnick, responsables de este curioso fenómeno llamado "¿Es o no es" (un film de gran éxito en el que nadie mata a nadie, no hay escenas de acción ni autos persiguiéndose ni chicas desnudas ni efectos especiales) tomaron unos cuantos estereotipos para bordarles algunas singularidades y ponerlos en situaciones imprevistas. En otras palabras, para reírse de su tiesura moviéndoles el piso. Y lograron un film que es un modelo de comedia con su sabio equilibrio entre la sonrisa y la carcajada franca y que, entre chiste y chiste, porque jamás se pone solemne, sugiere una invitación a la tolerancia.
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Oz y Rudnick pusieron en el centro de su historia un personaje sospechado de gay, pero esta vez -Hollywood sea loado- no se trata de un asesino en serie ni de un enfermo de SIDA ni de la típica caricatura gruesa escapada del peor teatro de revistas. Esta vez es un profesor de literatura elaborado, con la ayuda invalorable de Kevin Kline, sobre la base del estereotipo gay: un caballero de presencia impecable, pulcro en el habla y en la vestimenta, de modos gentiles, educado, trabajador, siempre atento a los detalles y con un rasgo que en algún momento puede resultar comprometedor: es fan de Barbra Streisand.
También vienen del estereotipo los otros personajes. La novia, mujer de nuestro tiempo y por lo tanto obsesionada por la balanza bastante más que por el altar, al que llegará sólo después de haberse sometido a mil privaciones.
Los docentes compañeros del protagonista, tan chismosos y esquemáticos como presos de las formas y del qué dirán. La gente del show business -el galancito y la modelo-, colgados del espejo y preocupadísimos con su imagen. Y la mamá, una mamá que sueña con la boda del hijo como si fuera propia y que, cuando se desata la epidemia de franquezas, participa con sus amigas en un comiquísimo cónclave de confesiones íntimas.
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Hay más estereotipos. A todos los desempolvaron Oz y Rudnick para volverlos vivos, creíbles, a veces un poco conmovedores. Pero sólo un poco. No cedieron a la tentación de la prédica, de modo que nada ha sido tomado a la tremenda. Cuando, por ejemplo, algo parece conducir a una reivindicación de los derechos de los gays -el soldado que ha merecido medallas por matar y es despojado del uniforme por amar a un compañero- sobreviene un remate de franco humor negro.
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Los realizadores confiaron en la madurez del público para aceptar una comedia ligera sobre el tema, tratado con naturalidad, sin alegatos, sin reclamos de comprensión, sin reprobación y sin proselitismo. Y les fue muy bien.
Hay que reconocer que también tuvieron suerte. Hasta ahora -que se sepa- a ninguna organización de heterosexuales intolerantes se le ocurrió decretar un boicot.
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