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Hoy, Agustín está a cargo de la casa. Bajo los álamos del barrio Santa Bárbara bullen 35 grados, nada comparado con lo que Ficha Pichot soporta en el jardín, inmóvil, bajo el sol de la siesta. El ex capitán de los Pumas, de 36 años, luce traje negro y zapatillas rosas -muy Pichot style- mientras cumple las órdenes del fotógrafo de ¡Hola! que, además, logra un auténtico milagro: Agustín está quieto. Por una vez, ni siquiera tiene su celular a mano. El hombre de los proyectos exitosos esta vez descansa.
Joaquina (6), la menor de sus nenas, sabe que el momento es excepcional y hace su movida: atraviesa trabajosamente el jardín con un sillón de caña a la rastra y se acomoda a la sombra; lleva una caja de copos de cereal en una mano y a su perrita pupi maltés en la otra. Tiene platea preferencial para disfrutar de lo que hace su papá.
De fondo suena firme y afinado el piano de la planta alta de la casa, de estilo racional: es Valentina (10), la otra princesa, que cura un molesto resfrío de verano con su propia música.
La bucólica escena se interrumpe a gritos: ''¡Ey, Agustín! ¡Acá, Pichot, en el agua! ¡Hola, somos los sobrinos del Ruso Ostiglia!''. Un grupo de adolescentes juega y nada en el lago del barrio y acaban de descubrir a su ídolo en la costa. Ostiglia fue uno de los Pumas que obtuvo el tercer puesto en el Mundial de Rugby 2007, bajo la batuta de Ficha.
''¡Uuyyy!, ¡el rusito, un maestro, mándenle saludos!'', contesta Agustín con una sonrisa, y se mete de nuevo en la producción de la nota.
Florencia, la mujer de Pichot, que completa la familia, todavía no volvió a casa desde San Isidro, donde gerencia Bombón, su negocio de ropa para niños. ''¡Qué tarde se hizo! -se inquieta Agustín-. Todavía tengo que llevar las bolsas de juguetes a la Fundación, en Pilar, y más tarde tenemos el casamiento de un amigo…'', enumera, resignado, mientras la nota avanza. Su presente está lejos de aquellas jornadas de doble turno de entrenamiento, de los viajes y las concentraciones, de las arengas épicas a sus compañeros de equipo frente a 50 mil personas, de los triunfos y derrotas que dejan huella.
-¿Cómo es ser ex jugador?
-Raro. Fueron quince años fuera del país. Inglaterra, Francia, siete mudanzas con la familia, el Bristol primero, Stade Français y el Racing Metro, en París, más tarde. Los mundiales con los Pumas y el tercer puesto en Francia 2007. También la lucha para que los jugadores argentinos compitan en igualdad de condiciones con las potencias mundiales del rugby. Claro que ahora, en cada proyecto, aplico los valores que me enseñó el rugby: pasión, disciplina, garra, camaradería, lealtad, respeto, coraje…
Llevo un año fuera de las canchas y ya concreté varios proyectos.
-¿Cuáles son?
-Armé un grupo mediático alrededor de la radio FM de ESPN. Ahí está mi hermano Joaquín, el menor.
Formamos un excelente equipo de trabajo y estamos en plena expansión. Con Enrique, mi hermano mayor, organizamos la producción de un campo que tenemos en Mendoza. Producimos vinos Pichot, aceto, aceites, dulce de leche…, eso también funciona. Bárbara, mi hermana, se encarga del marketing de los productos. También me divierte mucho seguir el desarrollo de mi línea de indumentaria de Nike. La AP9 anda muy bien.
-Estás a full, ¿y de rugby, nada?
-No, no. De rugby, todo. Trato de crear, organizar y delegar en mis otras actividades, eso me deja tiempo para el rugby. Con mis amigos de la generación 74 del CASI [Club Atlético de San Isidro, el lugar en que se crió y donde jugaron su padre, Enrique, sus hermanos y él mismo], agarramos la Comisión de Rugby. En la UAR [Unión Argentina de Rugby] tengo un puesto no rentado en la Comisión de Alto Rendimiento. También participo de algunos proyectos del Comité Olímpico Argentino [COA]. Todos son proyectos trascendentes. La inclusión de los Pumas en el torneo Tri Nations, junto a Sudáfrica, Australia y Nueva Zelanda, las tres máximas potencias del rugby; o lograr la inclusión del rugby de siete jugadores en los Juegos Olímpicos son buenos ejemplos.
-La Fundación Pichot, la UAR, el COA, el CASI, prácticamente no tenés ni un minuto libre.
-Para nada. No sé cómo hago, pero le dedico tiempo a la familia. Florencia también está ocupada con sus cosas y nos turnamos para atender a las chicas. Además, veo a mis amigos todo el tiempo. El otro día hicimos acá, en casa, la fiesta de fin de año con todos ellos. Fue impresionante, más de setenta personas. E intento darme gustos que antes postergaba una y otra vez.
-¿El Mustang 67 que está estacionado afueraes uno de esos gustos?
-Sí. Los autos clásicos son una pasión que comparto con Juani Hernández [compañero de Ficha en los Pumas]. El Mustang lo compré hace tres años, aunque recién ahora lo dejé impecable. También tengo un pasatiempo que me atrapa aún más: soy un lector empedernido. En ese estante [que va de pared a pared en su living] están los libros que leí este año.
-¿Cuáles te impactaron?
-El dictador, de María Seoane, sobre Videla, y dos de Ayn Rand, la autora ruso-norteamericana: El manantial y La rebelión de Atlas. Me atrapó su visión de la lucha del ser individual frente al hombre masa.
-¿Y el futuro, cómo lo imaginás?
-Estoy trabajando en la creación de una nueva fundación. Ya tengo los sponsors comprometidos. Creemos que se llamará Fundación Encontrarse, que se dedicará a sostener proyectos deportivos con contención social y de salud.
-¿No existe ya una Fundación Pichot?
-Sí, pero ese [la Fundación Enrique Alberto Pichot] era un proyecto de mi papá, que murió en 2006. Con mis hermanos decidimos sostenerlo. Se encarga de apoyar a la comunidad toba que está radicada en Derqui, cerca de Pilar. El nuevo proyecto es completamente distinto.
-¿Y qué más? Dicen que no te conformás con un solo objetivo por vez.
-Ahí va la bomba: ahora me veo, me imagino, metido en política. Ya hice algo como representante de la provincia de Chubut en Europa. Me mantengo expectante, quiero empaparme más de la realidad argentina y esperar a que pase el torbellino de las elecciones 2011. Después, definiré el camino.
VOLVER A CASA
La inmensa perra perla irish wolfhound de los Pichot insiste en protagonizar las fotos y el foco vuelve a la intimidad de la tarde de verano en los alrededores de Pacheco. Joaquina, tan inquieta como su padre, se desliza sobre un par de rollers más largos que ella rumbo a la calle. A su paso, deja el rastro del agua de la pileta, esquiva por milímetros el cuadro de 4x4 de Berni Ezcurra que espera ser colgado en la pared del living, y choca en la puerta con su mamá. Florencia regresa a casa tras el día de trabajo.
''¿Le tomaron la fiebre a Valen?'', pregunta, preocupada, mientras Agustín pide a la cocina un par de sándwiches de milanesa y tomate: ''Son mis preferidos''.
-Agustín, sos un ícono for export de San Isidro. ¿Qué hacés instalado tan lejos del CASI?
-Esta casa nos la hizo el arquitecto Pablo Iturrioz, un gran amigo, cuando todavía vivíamos en Europa. Priorizamos la seguridad de un country porque no estábamos casi nunca en casa. Ahora que ya decidimos instalarnos en Argentina, pensamos volver al barrio. Cerca del CASI, claro, del colegio de las chicas [el San Andrés de Punta Chica], del negocio de Florencia, en Martínez, y de los amigos de toda la vida. Es ahí donde tenemos que estar.
Texto: Ricardo Sanchez Sañudo
Fotos: Hernán Pepe
Producción: María Córdova
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