Fabiana García Lago: de crecer en una familia de artistas al proyecto que la hizo “perderse un poco” y su historia de amor de 26 años
La actriz vuelve a subirse a un escenario con una exitosa obra basada en una película de Alfred Hitchcock, que ya la tuvo como protagonista 14 años atrás
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Después de 14 años, Fabiana García Lago vuelve a protagonizar Los 39 escalones, el thriller de suspenso basado en la película de Alfred Hitchcock que puede verse de jueves a domingos en el Multiescena.
En diálogo con LA NACION, la actriz recordó sus inicios en España y su primer trabajo de la mano de su tía Virginia Lago. Hija del también actor Juan Carlos Galván, intentó estudiar abogacía pero el amor por el arte fue más fuerte. Desde hace varios años, además, da capacitaciones y charlas en empresas, algo que descubrió por casualidad y, a veces, es el sostén familiar. Y habla de su historia de amor que ya lleva 26 años y dos hijos.
—¿Cómo es hacer la misma obra 14 años después?
—En ese momento yo acababa de ser mamá de mi hijo más chico y las circunstancias eran muy distintas. Siento que no lo disfruté lo suficiente porque estaba dando la teta e iba de gira con el bebé. Estaba muy sensible.
—Y venías de un embarazo complicado…
—Sí. Tuve trombofilia y en ese embarazo pasé los nueve meses en la cama, anticoagulada. Había perdido varios embarazos entre mis dos hijos, Tadeo (24) y Sándor (14). Creo que la decisión de hacer la obra en ese momento fue más empujada por mi marido, que me decía que me iba a hacer bien, que iba a recuperar mi espacio, que ya había puesto mucho el cuerpo. Pero mi cabeza no soltaba. Y cuando me llamaron para hacerla ahora sentí que era la oportunidad de disfrutarla, de jugar. Porque ahora estoy con la cabeza acá, y es otro momento de mi vida.
—¿Te acordabas algo del texto?
—No me acordaba del texto, pero cuando empezamos a mover la obra, automáticamente me vino todo a la memoria. Y la verdad es que disfruto un montón. Nos divertimos muchísimo los cuatro (Fabián Mazzei, Federico Barón y Fabián Gianola, que además la dirige). Diría que a veces nos divertimos demasiado y es un riesgo.
—¿Por qué es un riesgo?
—Porque podemos olvidarnos del público o pueden sentir que los dejamos afuera. Si lo manejamos está todo bien. En los primeros ensayos volvía a casa y le decía a Ale [su pareja]que hacía mucho que no me reía tanto; me había olvidado de lo lindo que era actuar.

—Hay poca ficción y bastante teatro, pero muchos actores se quedan afuera. ¿Tenés otra salida laboral?
—Sí, tengo otro proyecto desde el 2015; doy capacitaciones en empresas, me certifiqué como copywriter, entreno gente que da conferencias. Lo que hago es bastante integral, desde la elaboración del guion a la estructura de la presentación. Hace muchos años que estoy haciendo esto y fui dándole cada vez más forma. Y además me apasiona porque es sumamente creativo, tanto que en un momento me metí mucho en eso y un día mi hijo más chico tenía que llenar una documentación para el colegio y me preguntó: “Mami, ¿vos qué sos?... Porque papi es arquitecto, pero vos...”. Buena pregunta. En un momento me estaba perdiendo un poco.
—¿Y qué le respondiste?
—(risas).
—Cuando te abocaste a ese proyecto personal, ¿no tenías trabajo?
—Sí, estaba en teatro haciendo Le prenom. Pero se dio de casualidad. Mi hermano más chico es ingeniero en alimentos, trabajaba en una multinacional muy importante y fue el primero que me pidió ayuda para sus presentaciones. Y después, a la salida del teatro, un matrimonio me esperó para saludarme; el señor era gerente en una multinacional muy grande y me preguntó cómo me acordaba de la letra porque a él le costaba recordar lo que tenía que decir en las presentaciones de la empresa. Me preguntó si podía ayudarlo y le dije que sí.

—Casi te empujaron…
—Sí (risas). Anotaron mi teléfono, nos juntamos y lo ayudé. Después me dijo que tenía un amigo que necesitaba algo parecido. Y ahí empecé a estudiar, a hacer cursos. Me capacité y también estudié en España con Maider Tomasena. Paralelamente, trabajaba como actriz e hice la serie Arde Madrid y la obra de teatro Julio César, de [José María] Muscari y con Moria [Casán], y antes Ser ellas con Anabel Cherubito y Ana Celentano. Siempre había algo, pero este otro proyecto me dio la tranquilidad de preguntarme qué tengo ganas de hacer sin la urgencia o la premura del actor que, a veces, piensa que si no lo ven no existe, o que tiene que hacer tal trabajo porque sino no lo llaman para tal otro. Es algo muy conocido para mí, no solamente por mi propia experiencia, sino porque yo vengo de una familia de actores que a veces hacían lo que necesitaban y no lo que querían. Entonces, de chica pensé en tener algo que me permitiera poder elegir sin angustias.
—Claro, creciste con un papá actor y una tía actriz.
—Me acuerdo de que mi papá decía: “Estás siempre como la quimera del bolo, esperando que suene el teléfono y que alguien te llame”. Era otra época, pero recuerdo que si mi papá no trabajaba en cine, teatro o televisión, no hacía otra cosa. Y también crecí con la frase de que esto es muy sacrificado. Por eso pensaba en hacer algo más.
—¿De chiquita quisiste ser actriz o intentaste hacer otra cosa?
—Empecé abogacía y rendí algunas materias, pero me gustaba la actuación. Después me fui a vivir a España, en el ’88; estuve en Canarias y en Madrid y trabajé de cualquier cosa. Fui camarera, vendí flores por la calle, repartí volantes en un restaurante a cambio de comida, y con otro trabajo pagaba el alquiler. Cuando dejé de remarla me di cuenta de que no quería vivir en otro país. Trabajé en Televisión Española de script y empecé a ganar dinero, me compré una moto, compartía el departamento con amigas, viajaba, me iba de vacaciones, y en un momento dije: “¿Y esto cómo es ahora? ¿Y si yo me enamoro ya es acá?”. Por otro lado, veía que los argentinos que conocía tenían la mirada triste. Un día me levanté y decidí volver. Pero fue buena la experiencia porque, además, empecé a estudiar teatro en Madrid, con Cristina Rota.
—¿Y qué hiciste a tu regreso?
—Seguí estudiando con Agustín Alezzo. Mi tía Virginia estaba ensayando Violeta viene a nacer, con Javier Margulis y Gómez Correa, y necesitaban una especie de duende, y me preguntó si quería hacerlo. Eso fue lo primero, y después fui al Teatro San Martín con Alicia Berdaxagar y seguí trabajando.
—Hiciste personajes memorables en televisión también, como “la muda” de Padre Coraje o la paraguaya Kimberly de Sos mi vida, ¿qué recuerdos tenés?
—Un montón. Haciendo Violeta vino a nacer me llamaron para Alma de tango, una novela hermosa, de época, y así entré a la tele. Y los personajes de Padre Coraje y Sos mi vida me dieron la oportunidad, a través del humor, de decir cosas que por ahí tenía ganas de decir. “La mudita” era un personaje muy sórdido, y Kimberly también, porque vivía en un conventillo y atrás de su risa había mucha soledad, mucha miseria... Y me gusta mucho que mis personajes tengan esos tintes.
—¿Qué te dijeron tu papá y tu tía cuando empezaste a actuar?
—Yo estaba en España cuando le dije a mi papá que quería ser actriz y me escribió una carta y me dijo que era un apostolado. Ahí entendí que él lo vivía de esa manera. Entonces quizá me puso una mochila porque me daba a entender que con eso no se juega… Hasta que me di cuenta que lo que yo quería era jugar y pude sacarme esa mochila de encima, relajarme y disfrutar. Y mi tía siempre me entusiasmaba, creía en mí, creía que podía hacer las cosas y que las podía hacer bien. Eso me daba la tranquilidad de ocupar ese lugar sin la sensación de pensar “estoy acá porque es mi tía”.

—Hablemos de amor... ¿Cómo es tu historia con Alejandro?
—Hace 26 años que estamos juntos y lo conocí cuando yo estaba haciendo Los siete locos en el Teatro Cervantes, donde compartía camarín con Susana Ortiz, la mamá de Alejo Ortíz. Un día charlando le dije que vivía con unas amigas en San Juan y Boedo y me contó que su hijo también vivía con un amigo ahí. Quedamos en que venían a casa a comer un asado, pero Alejo no podía encender el fuego y me pidió que buscara a Alejandro para que lo ayudara. Y cuando abrió la puerta fue un flash. Recuerdo todo ese momento en cámara lenta. De ese momento pasó un año antes de que empezáramos a salir porque fuimos amigos, formamos un lindo grupo y nos daba miedo estropear esa relación. A veces me preguntan cómo hacemos para seguir juntos después de tantos años…
—¿Y cómo hacen?
—¡Qué sé yo! Nos peleamos y pasamos todas las situaciones que puede pasar en una pareja. Pero puedo estar recontra enojada y de pronto lo veo bajar la escalera y me doy cuenta de que sigue siendo el chico que me gusta. Pasamos muchas cosas en 26 años y tenemos dos hijos hermosos.
—¿Quieren seguir el mismo camino de la mamá y el abuelo?
—Tadeo estudia cine. Y Sándor está en la secundaria y le apasiona el deporte; practica hockey y está federado. Siempre pienso que hagan lo que les guste.
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