El protagonista de la película argentina Todos tenemos un plan, que estrena hoy, habló a solas con ¡Hola!
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Habla bajo, camina despacio, mira a los ojos. Escribe poesía, es fotógrafo aficionado y toca jazz. "No me parece extraño, todo es parte de lo mismo y todos lo hacemos: se trata de vivir artísticamente", explica. Es una estrella de Hollywood, pero por alguna razón difícil de explicar, la infancia que pasó en Argentina (desde los 3 a los 11 años) junto a sus padres dejó huellas tan profundas que Viggo Peter Mortensen (53) pareciera haber nacido aquí.
–Los años que viviste en Argentina quedaron muy grabados en tu memoria.
–Estuve aquí en una etapa muy importante en la vida de cualquiera, es un momento de formación. Pasaron veinticinco años antes de volver, pero cuando me encontraba con algún argentino en Estados Unidos o en Europa, siempre quería conversar con ellos porque extrañaba su forma de expresarse.
No es sencillo definir su acento. Hijo de un granjero dinamarqués, Viggo nació en Nueva York, en Manhattan, pero vivió hasta los 3 años en Venezuela, luego pasó por Chaco, Córdoba, y Capital Federal, se radicó en Dinamarca, regresó a Nueva York, comenzó su carrera en Los Angeles, y actualmente reside en Barcelona. Y aunque su papel en El señor de los anillos es un clásico que hizo historia en el cine y generó mucho revuelo mediático, Viggo trata de proteger su vida privada.
Estuvo casado con Exene Cervenka, cantante de la banda Punk X, con quien tuvo a Henry Blake, su hijo de 24 años, antropólogo, músico y aficionado al polo. Actualmente vive con Ariadna Gil (43), a quien conoció durante el rodaje de Alatriste, y con los dos hijos que la actriz tiene de su pareja anterior, el director David Trueba: Violeta, de 14 años, y Leo, de 8.
–Siempre te preocupaste por mantener un perfil bajo…
–Cuando interpreto un personaje, trabajo para el beneficio de la cámara, no me molesta que me saquen fotos. Pero en las notas, a veces siento que estoy contando demasiado de mí, y creo que hay que hacer un esfuerzo por proteger la vida privada. Me da temor ese vacío, tengo la sensación de que si no, no hay nada sagrado, nada que sea mío. Y no quiero comprometer a otras personas, llevarlas a la vida pública, porque no es bueno ponerle eso sobre la espalda.
–¿Te impacta el paso del tiempo?
–Sin ponerme loco, pero me doy cuenta de que cada vez hay menos y quiero aprovecharlo, ver mas cosas, aprender más, conocer más. No me gusta que se acabe. Soy bastante autosuficiente, pero sé que es bueno pedir ayuda o aceptarla. Que no está mal, para no lastimar a los que te rodean.

–¿Cómo es el vínculo con tu hijo?
–Es muy amigo mío, realmente. Incluso desde los 10 u 11 años –claro que de vez en cuando había discusiones, cuestiones de disciplina–, pero siempre tuvimos una relación muy buena. Aunque suene aburrido, pasar el tiempo con él me parece importante, aunque no haga nada sensacional. Estar ahí es importante: esa memoria de estar juntos, compartir y escuchar…
Es extraño ver a Aragorn –heredero de Isildur, el guerrero inmortalizado en la saga cinematográfica de Peter Jackson–, al actor fetiche del director canadiense David Cronenberg, al nominado al Oscar por Promesas del Este, en pleno microcentro porteño. Más extraño resulta verlo en el Delta, manejando un bote con un Mercury 25, entre chicharras y mosquitos, tomando ginebra del pico.
Es que la semana pasada Viggo visitó Argentina para presentar Todos tenemos un plan, la primera película que filma con un equipo argentino, algo que desde hace años deseaba hacer. Y pasó un mes y medio de rodaje en las islas del Tigre, acompañado por un elenco que incluye a Daniel Fanego, Soledad Villamil, y Sofía Gala Castiglione. El guión le llegó cuando se cruzó con Ana Piterbarg, la directora de la película, en su club favorito, San Lorenzo. Ella llevaba a su hijo a la pileta. Lo vio y le dijo: "Quisiera enviarte el guión". "Por supuesto", respondió, sin demasiada expectativa. Pero ella lo hizo, y a él le gustó. En la ópera prima de la directora argentina interpreta a dos hermanos mellizos: Agustín, un pediatra que vive en Recoleta, y Pedro, un isleño que trabaja como apicultor.
–¿Cómo te preparaste para interpretar dos roles tan iguales y tan diferentes entre sí?
–Siempre trato de ponerme en el lugar de los personajes, me pregunto y a veces invento cómo fue su vida antes de la primera línea del guión. Las diferencias entre ellos se marcan en lo que no se dice: las miradas, la forma de moverse...
–¿Cómo evitás que los personajes invadan tu vida?
–No me molesta llevar un poco de trabajo a casa. Me parece interesante, incluso, porque en el período en que estás rodando, podés pensar y hacer cosas, escuchar cierta música, y mirar el mundo desde un punto de vista distinto. Esa es la idea de mi oficio: hacer lo que uno hace con naturalidad. Si vos no lo creés, el público tampoco. Algunos roles te agotan más que otros, depende de la carga emocional que lleven. Yo nunca sentí que esos rastros fueran algo que debía borrar o dejar atrás. Si llevaba algo a casa, me resultaba natural. Sería extraño si no fuera así. Creo que la memoria es frágil. Tardo o temprano todos perdemos los recuerdos de la infancia y al llegar a viejo, olvidás todo. Solo te quedás con pedacitos de cosas… en la vida y en el trabajo.
"Entiendo que es tu deber preguntármelo, pero no voy a responderte", dice y sonríe con amabilidad a la hora de hablar del corazón. Y después de una pausa, aclara: "Soy un hincha fanático del amor, solo eso voy a decir".
Texto: Mariana Riveiro
Fotos: Hernán Pepe
Producción: Georgina Colzani
Agradecemos al Hotel Esplendor
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