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Yanina Solnicki abre la puerta de su casa descalza, con una musculosa de morley y un pantalón pijama de flores. A los 37 años, está separada y tiene dos hijos: Lara, de 7, y Mateo, de 10. Estudió medicina, de hecho terminó la carrera con 8 de promedio en la Universidad de Buenos Aires (UBA), pero igual que su madre, diseñadora de la firma de accesorios Kallalith y médica psiquiatra, no ejerce su profesión.
En el verano de 2007, casi como un juego, Yanina se decidió a vender tazas antiguas, discos, libros y prendas que ella había seleccionado en un local de Kallalith que sus padres tenían en Punta del Este. La propuesta fue un éxito y entonces se atrevió a más: encontró una pequeña tienda en la Galería Promenade, sobre la avenida Alvear, y puso una marca de ropa: El Camarín. Su propuesta era el resultado de un proceso arqueológico: Yanina recorre ferias para encontrar encaje chantilly, guipure, puntillas y géneros antiguos. Luego, las prendas se desarman, se restauran y se vuelven a armar, actualizadas. ''No podría explicar cómo consigo los materiales con los que trabajo. Siempre digo que la ropa viene hacia mí, como si fuera mía, de otras vidas'', arriesga.
A pocos meses del lanzamiento de su marca, las vestuaristas de Carla Peterson y Mariana Fabbiani visitaron su local algunos días antes de la ceremonia de los Premios Clarín. ''Cuando prendí la tele y las vi con mis vestidos, no lo podía creer. Fue como el fenómeno de Juliana, ¡pero el local existía hace apenas dos meses!'', cuenta. Se hizo muy amiga de algunas actrices y logró lo que quería: estar en bambalinas, recorriendo la calle Corrientes con sus vestidos en la mano. ''La marca se llama así porque siempre soñé con estar en los camarines, me vuelve loca el show.''
Foto: Nacho Arnedo
Durante la entrevista, sentada a la mesa Saarinen de mármol que tiene en el comedor, Yanina atiende en su BlackBerry a Juliana Awada con la familiaridad de una confidente. ''Juli, sos muy famosa, y me estás haciendo famosa a mí'', le dice. Es que después de vestirla con un modelo de su colección Free Love, su marca estaba en boca de todos. ''Creo que lo de Juli pegó porque se atrevió a ser diferente'', dice.
El conjunto de falda y chaqueta que vistió la esposa del jefe de Gobierno en la ceremonia civil surgió de un vestido antiguo. La falda es de guipure bordado a mano con guardas tejidas a crochet; la chaqueta es de encaje de bolillo antiguo importado de Irlanda. ''Parecía una dama antigua. Lo que tenía puesto es una pieza de museo, los originales son de principios de 1900. No hicimos pruebas antes: se probó la pollera ya armada en mi casa, le gustó y se la llevó. Es una buena persona y creo que transmite algo que a la gente le gusta'', observa. Después de la entrevista, le envía un último mensaje: ''Los mataste con tu look, seguro pensaron que ibas a ir con un trajecito clásico de lino y los sorprendiste. Me llamó todo el mundo para felicitarme''.
Texto: Mariana Riveiro
Fotos: Nacho Arnedo
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