
Johnny Depp, Keira Knightley, Orlando Bloom, Bill Nighy Dirigida por Gore Verbinski.
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Galeones recargados
¿Por qué estirar una película a más de dos horas, cuando con noventa minutos hubiese estado perfecta?
Estrenada el 2003, piratas del Caribe: La Maldición del Perla Negra, fue una rotunda sorpresa en todo el mundo. Un género perdido en los estantes de clásicos y un nombre que remitía a un juego de entretenciones de Disneylandia, anticipaban una caída colosal en las taquillas mundiales. Pero los críticos se equivocaron y el filme dirigido por Gore Verbinski (El Aro) se convirtió en la sorpresa del año y en una de las cintas más taquilleras de la historia. Puede que los piratas hubiesen estado pasados de moda, pero una buena historia nunca lo estará y esa era una gran historia. Además tuvo la gran virtud de no querer ser más de lo que era, una perfecta aventura narrada con la inocencia de un papá contándole un cuento a un niño antes de quedarse dormido. En la primera parte de Piratas del Caribe había un héroe cínico (Johnny Depp) que sabía unir en un mismo personaje el encanto de Errol Flynn con el mejor Han Solo de Harrison Ford.
Tres años después, la secuela de esta historia se olvida de todo lo bueno del filme inicial. Mientras La Maldición del Perla Negra era un relato lineal, sin pretensiones más que las de entretener, en esta segunda parte todo va por el uso y el abuso de los efectos visuales y dramáticos. No basta con que Sparrow huya de una deuda fantasmal, también hay que meter una isla de caníbales en su montaña rusa. No basta con que la tripulación de El Holandés Errante esté formada por humanos mezclados con animales marinos sino que además tienen a su servicio al mismísimo Kraken, monstruo escapado de la mitología escandinava.
El Cofre de la Muerte tenía todos los ingredientes para ser una gran secuela. La aparición del padre maldito de Will e incluso el peso cómico en dos torpes corsarios que homenajean a R2D2 y a C3PO en clave bucanera, eran piezas de un rompecabezas perfecto, armado alrededor de una tripulación maldita, deseosa de cancelar deudas en alma, metáfora en lectura pop del arquetipo bíblico del demonio. Visto así, cada ingrediente de la receta era ideal para una buena cocción. Una que con noventa minutos a fuego lento habría resultado sabrosa pero que con más de dos horas en la sartén sabe no sólo recalentado, sino sobrecondimentado.
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