La nueva película de James Cameron presenta una nueva forma de utilización de la tercera dimensión en el cine. Una experiencia sensorial única.
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Al salir del cine, después de ver Avatar, uno entiende que James Cameron tuvo la idea de filmar esta historia desde hace años, y no la pudo concretar antes por no haber tenido la tecnología adecuada. También está la sensación de alivio ante tamaño despliegue visual (es casi una bendición la salida a la desierta Buenos Aires de enero, por más que el calor haga extrañar el aire acondicionado del cine de inmediato), y la confirmación de que el dinero invertido (no olvidar que muchas veces el periodismo no paga, y el periodista sí) tuvo una retribución artística perfecta:
No suelo ser muy fan del cine 3D: por mi miopía, el hecho de tener que ponerme un par de anteojos por sobre los habituales que uso suele ser algo muy incómodo. Por eso, dudé acerca de que versión de Avatar ver: la tradicional o la 3D. Pero imaginaba que en este caso, y por tratarse de Cameron (¿cómo olvidar ese efecto "gelatinoso" en Terminator II, o el momento en el que el Titanic colisiona con el iceberg, por citar sólo dos enormes momentos de su trayectoria?), el esfuerzo del cristal sobre el cristal valía la pena.
Más allá del argumento en particular, la historia que narra Avatar se contó mil y una veces en la historia del cine. El tema es como se cuenta esa trama (con un guión que no tiene fisuras, una de las especialidades de Cameron, que se formó junto al genial Roger Corman) y el uso que se le da al 3D. En varias de las situaciones, ocurre lo previsible: objetos que vienen hacia nosotros, en este caso dotados de una belleza ecológica digna de un universo puro, orgánico e inteligente, como es el del mundo de Pandora. Pero en otros, el 3D opera de manera tal que el espectador es protagonista de la acción por más que, claro está, no pueda interactuar con los Na’Vi (los azules habitantes de Pandora) o con los marines que pretenden conquistar ese espacio. Una experiencia hasta le momento inédita, que hace que haya que "vivir esta experiencia" de esta forma, más allá de cualquier eslogan publicitario o de marketing.
Hay más de una lectura para Avatar. La ecológica (con el inevitable antecedente de la saga de El Señor de los Anillos), la política (las invasiones yanquis a Irak y Afganistán), la romántica (la autocita a Titanic) y hasta la estética (los Na’Vi tienen un cierto parecido a Los Pitufos). También todos esos repasos tienen su contracara, y está bien que eso ocurra. E incluso hay un par de escenas destinadas a ser parte de la historia grande del séptimo arte según el criterio de este cronista, que no serán contadas para mantener la intriga. Pero el gran triunfo de Avatar es simple y llano, a contrapartida de la desmedida ambición de su director: es el hecho que podamos pasar dos horas cuarenta minutos a oscuras en una sala de cine, que nos olvidemos de todo para meternos de lleno en una fábula, y que eso sea lo más importante durante este tiempo. Satisfacción garantizada, y en tres dimensiones.
Mirá el trailer de Avatar
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