Alika
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Con Jah como estandarte, Alika desparrama su vital disco-dancehall
Abundante como el ital, como la comida de los reyes, así se siente lo nuevo de Alika. Razón, meditación, acción, los escalones que ella subió a conciencia para llegar hasta su tercer álbum (el primero con una banda desde Acorralar a la bestia –1996– el debut de Actitud María Marta, su agrupación seminal) la consolidan como cantante de género. Sin conservantes, ni fertilizantes. Obvio.
Caprichosos son los extractos de la voz de Bob en Talkin’ Blues (1973-75) que giran en el carreteo vinílico, nostálgico que empasta el disco. Recta e inquebrantable, la representante del "sonido antiopresión" entra y subsana la falta de matices en el flow de sus dos discos anteriores ( No dejes que te paren, 2000, y Sin intermediarios, 2003), adueñándose del nuevo style del reggae cultural: el disco-dancehall ("Y ahora qué", "Costumbre de matar").
Despierta, con "papá rasta" como el templario que limpia su camino y con Rita Marley como la modista que corta su molde ("El rugido del León", "Negus de Etiopía", "Guerreros"), Sister Ali suma algunos humildes talentos más a su crew ashanti (aunque comete el error de salpicar estos quince temas con un saxo que resta, ¡y es Sergio Colombo!). Ahí, más acá del riddim de su viejo partenaire Marcelo Baraj y El Mono Avellaneda en batería; de la base de los chilenos Isar Lee y Pensativo, y de los coros tipo I-Trees de Princesa Vale y Angela, se destaca El Rancho (17): uno de los mcs de Marginalidad Exxxplícita (ver la sección Caras Nuevas), que deja un beat box compulsivo y exclusivo, dos minutos que son, en sí, el primer registro de la quintaesencia callejera. Una actitud vital para documentar un momento histórico. Tanto como la razón, la meditación y la acción: pasos esenciales para doblegar y quemar el estado resignado del reggae de acá.





