
Recuerdo de una gloria perdida
Hace poco se cumplieron los setenta años del debut del Teatro Nacional de Comedia en el Cervantes, donde tendría su sede. Fue el 24 de abril de 1936, cuando el telón se alzó sobre "Locos de verano", de Gregorio de Laferrère, dirigida por Antonio Cunill Cabanellas. La Comedia Nacional se creó por iniciativa del doctor Matías Sánchez Sorondo, miembro de la Comisión de Cultura, antecedente de la actual Secretaría de Estado, y del propio Cunill, que venía ejerciendo la dirección del Conservatorio Nacional de Música y Declamación.
El modelo de la Comedia Nacional fue, con algunos retoques, la Comédie Française: reunión de los intérpretes más prestigiosos en torno de textos de calidad, tanto los clásicos de la lengua española como los de la escena criolla, y encargo de obras a los más importantes escritores contemporáneos. Así, autores que nunca habían abordado el teatro estrenaron en el Cervantes: el erudito historiador Ricardo Rojas ("Ollantay"), el poeta Horacio Rega Molina ("La posada del león"), y muchos otros. Con resultados diversos, pero sentando un precedente importante: el Estado cumplía una de sus tareas fundamentales, el fomento y la difusión de la cultura.
No faltaron los títulos de fama universal, como "Cirano de Bergerac", de Edmond Rostand, ni los de nuestra tradición: "Calandria", de Martiniano Leguizamón, o "La divisa punzó", de Paul Groussac.
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Sobre la base de los intérpretes que lo habían acompañado, poco antes, en las famosas temporadas del doctor Enrique Susini en el Odeón, Cunill armó un elenco estable deslumbrante, para la nueva institución. El reparto de "Locos de verano" convocó, entre otros, a Eva Franco, Iris Marga, Miguel Faust Rocha, Guillermo Battaglia, Luisa Vehil, Santiago Gómez Cou, Florindo Ferrario, Niní Gambier, Tina Helba, Angel Magaña, Nuri Montsé, Maruja Gil Quesada, Benita Puértolas, Héctor Coire El decorado y los figurines, como se decía entonces, fueron creados por Gregorio López Naguil.
Por entonces, Eva Franco se había retirado del teatro para dedicarse a su nueva vida de casada y madre primeriza. Cunill la llevó de vuelta al escenario, no sin resistencia de parte de ella, que muchos años después le contaba al firmante de esta columna, en una entrevista: "Me costó volver; lo hice porque me entusiasmó el proyecto. Imagínese mi decepción al enterarme de que el compromiso sería tan sólo por un mes. Tal era el plan de don Antonio, y lo cumplió: la cartelera se renovaba cada treinta días, y él se agotaba pidiendo a nuestros escritores que lo proveyeran de libretos dignos de la jerarquía del Cervantes y de la Comedia".
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Menuda, siempre impecable, Tina Helba -infaltable en todos los estrenos, no se pierde uno- recuerda aquellos tiempos iniciales de la Comedia. "Yo venía de trabajar en los espectáculos de Susini en el Odeón, donde me pagaban ciento cincuenta pesos por mes, nada mal para lo que se llamaba una damita joven. Entré al Cervantes, a la Comedia, con trescientos pesos de sueldo, ¡en 1936! Calculo que las primeras figuras no bajarían de mil pesos mensuales. Es verdad que, salvo el caso de un vestuario de época, o de un vestido de fiesta, lujoso, teníamos que pagarnos la ropa de escena: un tapadito, un sombrero, los zapatos. Pero nos arreglábamos muy bien, entonces: hoy, parece cuento."
El golpe militar del 4 de junio de 1943 cambió para siempre la vida de los argentinos y también la de la Comedia. Cunill debió alejarse por disidencias con el novelista Hugo Wast, ministro de Justicia e Instrucción Pública del gobierno de facto. Tras diversos avatares, la Revolución Libertadora de 1955 confió la conducción del organismo a Orestes Caviglia, quien también se vio obligado a renunciar, en 1958.
Lo demás es historia reciente; lo concreto es que nuestro Teatro Nacional de Comedia ya no existe, y es una lástima.







