
Sin idealismos, Las Pelotas hablan de la vida en las sierras y de la muerte, de Dios y de Luca.
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Córdoba, traslasierra. Germán Daffunchio tiene su casa en el pequeño poblado de San Huberto; Tomas Sussman, en Las Rabonas. Timmy McKern, el manager, tampoco está muy lejos; a pocas ¿cuadras? de la antigua casona de Timmy –varios minutos a pie, por senderos cruzados por arroyos y caballos sueltos– se levanta el estudio de grabación, construido sobre una vieja piscina. Alejandro Sokol vive en Las Calles, donde todas las calles son de tierra. Unos subidos en autos de carrocerías y colores inidentificables por el paso del tiempo, y en camionetas lustrosas otros, día tras día de febrero pasado recorrieron –en estrictos horarios que recuerdan a los de las oficinas urbanas– el maravilloso paisaje serrano que los separaba de la consola de grabación, para registrar su nuevo disco Para qué? "No vivimos en comunidad, como muchos piensan. Que quede claro", insiste Graciela, la esposa de Sussman, cargando en brazos a León (9 meses) mientras vigila a Jerónimo (4 años), y repite la frase tantas veces como sea necesario hasta cerciorarse de que la cronista ha entendido el punto.
Por cierto, cuando no graban ni actúan, Las Pelotas se desconectan casi por completo. No se ven a menos que sea estrictamente necesario. Ni siquiera comparten comidas. Sólo los niños (tres de Sokol, cuatro de Daffunchio, la nena del técnico Félix y los nueve hijos de Timmy, además de los dos de Sussman, cifra que ameritaría por sí sola la creación de una salita) suelen encontrarse a jugar entre las rocas del río.
Gabriela Martínez, Gustavo Jove y el nuevo tecladista, Sebastián Schachtel (también miembro de Bel.Mondo), viajan desde Buenos Aires cuando existe un porqué –en este caso, un Para qué– que los convoca a este paisaje casi perfecto. El visitante queda deslumbrado. El que vive aquí sabe más que él.
–Acá el serrano tiene la costumbre de violar a sus hijas. Es algo que está bien visto. Las madres, que fueron a su vez violadas por sus propios padres, lo consideran normal; deducen que el padre va a hacérselo con suavidad y que es preferible que sea él, y no otro. Y ves que la familia vive una miseria espantosa y que lo único que les calma el dolor es el alcohol; están hechos mierda y sus hijos están hechos mierda... Esto no es el Paraíso, para nada. Para nada. Qué bueno sería hacer La doctora Quinn, pero en la sierra... Para mostrar la otra cara de la Argentina, el otro país. Porque te hablan de las vinchucas o del Mal de Chagas o el sida, pero acá la gente no tiene idea de nada, viven ignorantes y hacen ignorantes a sus hijos... Es mucho sufrimiento. Claro que, en mi caso, en vez de tener un vecino pegado a la pared lo tengo a 400 metros...
Germán Daffunchio se sienta a lo Buda cuando habla. La banda disfruta de un alto de la grabación. El resto de los músicos juega... ¡golf! en el inmenso parque que rodea el estudio; el hoyo es un envase de gaseosa, cortado al medio y metido a la fuerza en un agujero en la tierra. Cuando se hace de noche, buscan la pelotita con linternas. El clima de grupo, hoy, es bueno.
–Está la ley de que los iguales se atraen– explica Germán.
–No, la ley es que se atraen los opuestos.
–Bueno, entonces impongo una nueva ley.
Daffunchio fue marinero en un barco petrolero. En la colimba hizo de chofer de Galtieri, de Bussi y de Menéndez. Trabajó en una fábrica de vidrios como empleado administrativo. Y como obrero, en una fábrica de diamantes.
–Creo en la energía creadora. Todo depende de la expectativa que uno tiene, de querer morirse y ya fue. Sí, ya fue, pero viviste. No sé si hay un Dios de barba blanca... que tiene un trono y que los malos van allá abajo y que los buenos están al lado de él comiendo salchichas con chucrut. Lo veo difícil. Para mí, la naturaleza es religión. Una montaña de 350 millones de años es el sacerdote más grosso que pueda encontrar. Y me gusta contar árboles. Mi hermano Ignacio es ingeniero forestal. En casa tengo cuatro hectáreas y media; ya puse como 120 árboles. Me gusta agarrar la semilla, hacerle todo el proceso, ver salir el árbol, decirle...
–"Hola, qué tal/ cómo estás."
Daffunchio se ríe.
–Sí. Y también me gusta pensar que ese árbol va a seguir ahí y que yo no voy a estar más.
Alejandro sokol habla suave y pausado. Los duros rasgos de su cara, como cortados a pico, parecen desmentir la placidez de su mirada. Lía y fuma sin cesar. Dice que está unido a Daffunchio por "una química especial".
–Germán usa un poco más la cabeza, cosa que no está mal, para nada. Es más claro. A veces yo escribo un renglón tras otro, me encanta lo que siento, me encanta lo que escribo, me encanta lo que queda hecho, pero si me vas a preguntar qué quise decir con todo, no sé. Como "Corderos en la noche": tá, tá, tá, "como si fueras pastor, llévanos a donde no haya dolor"... Pero hasta ahí no sabía de qué quería hablar. Nunca lo supe. A veces. Sin embargo, es como un cuadro, cada uno lo ve diferente, ve lo que quiere ver. Mucha gente me dice: "Che, el tema de «Bombachita rosa» habla de la merca, ¿no?" Y nada que ver, nada que ver. "Bueno, si para vos habla de la merca, ¡todo bien!"
Marcela es la única remisera de Nono, el pueblo vecino. Tiene un Peugeot blanco, no más de 25 años, y la pachorra de la siesta provinciana parece durarle todo el día. Hace poco se cumplió una década desde la muerte de Luca Prodan y una suerte de peregrinación de remeras invadió el pueblo pidiéndole que los llevara a conocer los lugares sagrados.
–La gente de acá no le da importancia al conjunto, porque acá no es conocido. Lo conocen en Buenos Aires. Mi sobrina, que vino de visita de allá, quería ir a verlos, saber dónde vivían. "Ay, tía, llevame; tía, llevame..." Pero no les dan mucha importancia acá. No, ¿Luca? No sé quién es.
–A los serranos no les gustan mucho los rockeros...
–Y, no, a los más grandes no; los más viejos. A los jóvenes sí. Pero en el pueblo no los miran mal, los miran como si fueran cualquier persona. Yo lo he visto siempre al pelado, el pelado que vive acá nomás. A los otros también los veo, cuando voy al taller mecánico siempre los encuentro.
El pelado vuelve a cruzar las piernas en posición de loto.
–Uno siempre necesita algo para sentirse bien. Es "El chupetón". Puede ser un buen whisky, o una botella de vino, o un pollo asado con papas fritas, pero siempre hace falta algo para sentirse bien. No es el placer de comerte el pollo, sino la necesidad de tener que comerte el pollo para ahí empezar a estar bien. Feo. Me jode. La canción habla de un tipo que el día anterior no había tenido chupetón; había estado con su novia y todo le había salido mal, pero ahora iba a verla y tenía chupetón encima. Se encuentra con la mina y ella también le pide chupetón...
–¿Patético?
–Patético, pero real. Cuando hicimos el tema con Tomas, salía alguna melodía y enseguida... "Dame una pitada. ¿Qué nos falta? ¡Un chupetón!"
Y prende otro faso.
–En "Saltando" preguntás: "La píldora de la vida, ¿cuál es?" ¿Cuál es?
–Creo que tendría que ser obligatorio que los padres vieran nacer a sus hijos. Por decreto. Porque parece que al padre lo mandan al pasillo mientras carnean a su mujer. No es lo mismo. Y que te digan "aquel de la cintita azul es su hijo"; no es lo mismo. Recibirlo al mundo tiene una filosofía y una poesía atrás. Es impresionante.
Daffunchio tiene un rollo.
–No es un rollo con la muerte. Es un rollo con el no vivir día a día. Los días pasan, pasan, y uno está esperando siempre algo para empezar a vivir.
–¿"Cada minuto es un minuto menos"?
–Yo creo en eso. Y te da dolor, también, ¿viste? La angustia. Sentir que estamos como... esperando. Por ahí estoy en una etapa personal de mi vida en la que quiero aferrarme al tiempo y a los días, vivirlos, vivir en todo... Es aquella sensación de que se te va la vida. Cuando tenés 17 años es una eternidad, pero cuando cumplís los 39 empezás a...
–¿Cumpliste 39?
–No, 38.
Menos mal.
Asokol le dijeron que con un platito con agua y azúcar conseguirá que los esquivos colibríes se acerquen a las flores de la enredadera. "Es que quiero verlos bien de cerca", dice, y espera. Aparece un colibrí y Alejandro deja caer la mandíbula. Cualquier aguerrido seguidor de la banda pegaría un respingo ante la escena; Sokol parece darse cuenta.
–Las canciones de Las Pelotas salen de la bronca. Es como una catarsis. Algún día se terminará la bronca, si uno vive mucho acá. Entonces, ¿qué saldría para componer? Si es que algún día eso pasa...
–Tus letras y las de Daffunchio nunca están asociadas con este paisaje. Parece una banda que está tratando de cambiar al mundo desde...
–Desde su departamento... Pero, pará: Las Pelotas no somos nosotros solos. Es también la gente. No lo digo para nada de careta, ni nada. Entonces, ¿dónde están Las Pelotas? Allá, en Buenos Aires. Hay tanto cariño con la gente, que es así. Me dicen de todo: "Loco, cuidate, boludo, portate bien." Me molesta el que viene rezarpado, el que no mide sus impulsos, el que te quiere mucho pero te da unas palmadas que te rompe tres costillas... ¡Bajá un cambio, ¿viste?! Bancate la locura y controlate. Para eso quedate en tu casa encerradito, no sea que te pase algo o le hagas algo a alguien...
La mirada de Sokol ya no es tan plácida. Dice que abajo del escenario es él, pero que arriba cambia.
–Cambio, totalmente. Por ahí no está bien y no es muy profesional, pero sí. Por ejemplo, estar bien, a full, y que vengan y me escupan. ¿Qué hacés, tarado? ¡Te mato! ¿Sabés cómo me pongo? Empiezo a las puteadas en el medio del tema, y la puta que te parió, y dónde estás, vení, escupime acá, mostrame quién sos, ¡quién sos! Lo quiero matar, me lo quiero comer, me lo quiero comer. Soy capaz de parar un show. No me importa ya más nada. ¿Creés que ya no lo hice? No me tiré arriba del tipo, pero parar el show por una agresión... lo hice. Qué escupir, ¿vos estás loco? ¿Ni me conocés y me vas a escupir? ¡Yo te mato! ¿Qué le pasa al tipo? No sé, está loco, yo lo único que sé es que lo quiero matar.
El colibrí ha desaparecido, empujado en reversa por quién sabe qué instinto de supervivencia. Los nenes corretean tras Andrea Prodan –el hermano de Luca, que está de visita– y su perro bicolor.
Cuando Luca recaló en los pagos de Timmy, huyendo de la heroína de Londres, lo recibieron Perra y Agosto, los dos canes de la chacra. Y los inmortalizó en la letra de "Divididos por la felicidad". Ambos perros llegaron a convertirse, así, en íconos venerados por los fans de Sumo. Ya murieron. Daffunchio se acuerda y descruza por fin sus piernas, algo entumecidas.
–Habías amenazado con embalsamar a Agosto y ponerlo junto a la chimenea, para que los seguidores de Sumo le rindieran homenaje.
–No lo hice. Que descanse en paz. Incluso creo que... Creo que terminé de enterrar a Luca.
–Diez años es un tiempo.
–Sí, diez años es un tiempo.
–¿Y el resto de los chicos de la banda?
–Cada uno vive sus propios procesos. Lo que te cuento es muy interno, muy mío. No sé... La vez pasada hicieron el aniversario de la muerte de Luca y vinieron unos periodistas que insistían en que nosotros vivíamos acá por Luca, y que todo lo hacíamos por Luca, y que Luca, y que Luca... Y todo el tiempo Luca. Y es tan absurdo... Y yo les digo: ¿qué entendiste, tarado? No entendiste nada. Ni a Luca lo entendiste. Es un amigo que viajó antes. Ya fue, está en su viaje. No murió adentro nuestro, pero nada más, ya está. A mí me hizo muy bien darme cuenta de eso. Es una liberación. La gilada que siga hablando y alimentándose de él. Toda la prensa y todos los que siempre, de alguna manera, nos explotaron con todo eso.
–Luca is dead.
–Sí, Luca is dead.





