
“Si no quedaba totalmente destruido — con sangre en alguna parte, con la ropa rasgada — no sentia que tocaba con suficiente fuerza.”—Eddie Vedder
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Borracho de música... vomitando de la emoción, en la lona... trepado a un balcón o colgado, como fuera, por encima del público, para que la gente reflexionara: «¿Sabés una cosa? Este tipo no da un carajo por su vida», y que eso tuviera algo de celebración."
Así es como describe Eddie Vedder la experiencia de actuar durante el otoño [boreal] de 1991, a la cabeza de la fuerza avasalladora de Pearl Jam; armado con los once temas de Ten –el flamante y casi desconocido disco debut de su grupo–; con apenas media hora a su favor para conectarse con la gente antes de cederles el turno a los Smashing Pumpkins y a los Red Hot Chili Peppers.
"No importaba", explica Vedder, "en qué edificio tocáramos, cuánta gente hubiese, quién iba a actuar después. Lo único que importaba era ese momento, estar completamente inmerso, girando. Si no quedaba totalmente destruido –todo raspado, con sangre en alguna parte, con la ropa rasgada– no sentía que tocaba con suficiente fuerza.
"Es interesante recordar", continúa, asombrado y ligeramente incómodo, como quien mira un viejo álbum de fotos familiares. "Pero no teníamos nada que perder. Eran diez años de haber hecho música y no haber tenido jamás un público. Y de repente lo teníamos, y queríamos aprovechar esa época."
"Lo que me quedó más grabado", señala Jeff Ament, el bajista de Pearl Jam, "es cuando tocábamos la guitarra en los camarines, antes de salir a escena, hasta transpirar; así, una vez que subíamos al escenario, no pasaban veinte minutos hasta que entrábamos en calor. Queríamos volar todas las cabezas que pudiéramos en media hora."
Pearl Jam era el último orejón del tarro en esa gira; se trataba del tercer intento que hacían Ament y el guitarrista Stone Gossard por triunfar en el rock & roll después de haber probado con otras bandas: Green River y Mother Love Bone. En cambio, los Pumpkins, recién salidos de Chicago, eran el relleno cremoso y prometedor del show; enarbolaban su disco debut –Gish– y ahogaban al público con el sonido envolvente y mullido que tejían las guitarras de Billy Corgan y James Iha. A su vez, los Peppers, de Los Angeles, eran veteranos con ocho años de trayectoria. Su último trabajo, BloodSugarSexMagik, era el mejor que habían editado hasta entonces: funk con garra y letras agudas y sinceras, especialmente la del hit sorpresa del disco, "Under the Bridge", en el que el cantante Anthony Kiedis hacía el doloroso retrato de un adicto.
Hoy, estos tres grupos en un mismo recital parecen el Olimpo del rock alternativo, la revolución del rock de los 90 a punto de estallar. En combinación con la primera gira Lollapalooza –que se hizo en ese mismo año– y con los recitales que dio Nirvana por la misma época, el paquete Peppers-Pumpkins-Pearl Jam sacó a la luz el sonido y la vitalidad de la música underground norteamericana. Pero semejante cóctel fue también fruto de la casualidad: los Pumpkins y Pearl Jam participaron de las actuaciones porque los intérpretes propuestos originariamente como soportes de los Peppers –Ice Cube, Lenny Kravitz y Soundgarden– rechazaron la invitación.
La gira se armó, confiesa Kiedis, "a último momento, como es la costumbre de los Chili Peppers": Kiedis vio una presentación de los Pumpkins en el programa 120 Minutes, por mtv, y le pareció que tenían "una estética musical muy distinta y hermosa". "Y [el ex Pepper] Jack Irons llamó a [el bajista de los Peppers] Flea y le dijo: «Soy amigo de unos chicos que acaban de terminar su primer disco. ¿Ustedes los tendrían en cuenta?». Flea escuchó la cinta. Se trataba de Pearl Jam."
Los tres grupos se conocieron en la primera parada –el teatro Oscar Mayer, de Madison, Wisconsin–, antes de salir a escena. Los Peppers y Pearl Jam encontraron en seguida algo en común: su amor por el básquet. Esa noche, Kiedis presenció los recitales de los dos grupos soporte y, según dice, percibió de inmediato un clima mágico. "Me acuerdo de haber pensado: «Para ser grupos nuevos que van por el primer disco, la tienen muy clara»."
Los de Pearl Jam eran tan novatos en cuestión de giras que ésa fue la primera vez que viajaron en ómnibus, y no en camioneta. Por otra parte, estaban estrenando no sólo nuevo baterista, Dave Abbruzzese, sino también nuevo repertorio: antes de grabar Ten no habían tenido experiencia en grandes shows. "Después de tocar los temas en vivo", dice Ament, "nos arrepentimos de que el disco no fuera más duro. Cuando escucho grabaciones de los recitales que dimos en esa época, parece que tocáramos con una rapidez ridícula".
Dentro de la aceleración había una tensión dinámica que se acercaba más a Led Zeppelin que a los Dead Boys: un ida y vuelta intuitivo entre el bajo de Ament y las guitarras de Gossard y Mike McCready. Los temas que incluyó Pearl Jam en la gira de 1991 –y en los recitales que dio en boliches en sus noches libres, como el memorable show de noviembre en el CBGB de Nueva York– rebosaban es- fuerzo: "Jeremy", "Why Go", "Alive", "Even Flow". En general, el grupo abría con "Oceans" o con "Release", pero hacía una despedida violenta con "Porch"; durante este tema, Vedder, según sus propias palabras, "cruzaba los límites de la conducta demente": se arrojaba so- bre el público, se trepaba al telón. En St. Louis se paseó en cuatro patas, como un mono, sobre las cabezas de los espectadores, por todo el entrepiso del teatro.
"Eso quebraba las corazas de la gente y ese vacío helado", asegura Vedder. "Si no eran capaces de respetar las canciones, al menos podían respetar el hecho de que hubiera un tipo colgado de un tubo rociador, sucio y grasiento, a quince metros del piso, y que siguiera sosteniendo el micrófono y cantando. Y si me caía, me agarraban. Ese fue un tremendo ejercicio de confianza."
La introspección –con pinceladas de ácido– de los Smashing Pumpkins fue un respiro crucial para descansar de la testosterona desenfrenada de Pearl Jam y, después, de la de los Peppers. "La suya era una especie de dinámica femenina", comenta Kiedis con respecto a los Pumpkins, y señala que Corgan "mostraba una presencia muy fuerte, aunque era introvertido y suave y tenía una energía completamente distinta. Incluso cuando yo no lo veía, cuando lo escuchaba mientras nos preparábamos en camarines, me daba cuenta de que ésa era su intención".
Por esas ironías del destino, la gira fue un triunfo a medias para los Peppers, que estaban a punto de dar el gran golpe con "Under the Bridge". En ese primer show en Madison, recuerda Kiedis, "no había un solo espectador que no supiera la letra de «Under the Bridge»". Junto con un puñado de canciones de BloodSugar y Mother’s Milk –el disco de 1989–, los Peppers se la agarraban con "Higher Ground", de Stevie Wonder, y por lo común en el bis tocaban alguna de Hendrix: "Crosstown Traffic", o "Fire". Hacían su notable rutina del culo al aire y la media adelante, sólo "cuando daba", dice Kiedis. Por su parte, Flea llegó a hacer del recital un asunto de familia: hizo salir a escena brevemente a su hijita Clara. (En Roseland, Nueva York, la nena cantó "The Alphabet Song" [La canción del abecedario].)
Sin embargo, John Frusciante, el tímido y tremendo genio de la guitarra de los Peppers, iba alejándose de sus compañeros hasta que finalmente dejó la banda en mitad de la gira –en mayo del año siguiente– para ingresar en un oscuro período que terminó en 1998, cuando regresó al grupo. "John la estaba pasando muy mal, y había muchísima tensión", asegura Ament, que presenció el creciente distanciamiento de los Peppers desde afuera. "Recuerdo que fue un bajón, con lo que me encantaban los tipos en ese momento. Y hacían recitales espectaculares."
Más adelante, los Pumpkins y Pearl Jam también sufrirían los estragos del éxito: Jonathan Melvoin, el tecladista de gira de los Pumpkins, murió por sobredosis de heroína en 1996; a continuación, el grupo echó a Jimmy Chamberlin, el baterista, por consumir drogas (se reincorporó este año); Pearl Jam se disparó al megaestrellato, y Vedder tuvo dificultades para aceptar su fama. "Fue un momento", dice Vedder acerca del éxito súbito de su grupo, "para el que no sé si estábamos preparados (se ríe) o si nos agarró mal parados. Pero en nuestras vidas pasaba de todo. Yo estaba tratando de procesar la muerte de mi padre; estaba viviendo cosas en el plano emocional con respecto a esa tragedia.
"Pero me acuerdo de que poníamos todo lo mejor de nosotros", afirma, en referencia a la música y a los recitales. "Me alegro mucho de que hayamos tenido esa oportunidad. Y me alegro de que hayamos sobrevivido a la experiencia. Porque la música sigue."



