
Regreso al túnel del tiempo
Shows de presidentes, vivos y no tan muertos, en el cine y en la televisión
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No duró más que una temporada, pero, igualmente, la serie norteamericana El túnel del tiempo (ABC, 1966) nos impregnó fuertemente a quienes, de chicos, nos deleitábamos y sufríamos al ver cómo los pobres doctores Tony Newman (James Darren) y Doug Phillips (Robert Colbert) rebotaban, como en un pinball, de una época a la otra. Tan pronto caían sobre la cubierta del Titanic como en medio de la guerra de Troya, asistían afligidos a la conspiración para matar a Abraham Lincoln, o se compadecían en vivo y en directo de María Antonieta, un rato antes de que su cabeza rodara. Perdidos en los laberintos del pasado, nunca podían retomar el presente que les correspondía.
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Algo así nos viene sucediendo a los argentinos, de un buen tiempo a esta parte. Sólo que, en vez de transitar ese corredor ovalado y rayado como una cebra, por el que aquellos científicos de la serie ingresaban en tiempos pretéritos, el discurso y las acciones del oficialismo y de su entorno -y las reacciones antagónicas que provoca, a las que se suma la tremenda caja de resonancia amplificadora de los medios de comunicación- nos llevan en clara marcha atrás por la historia argentina. El pequeño detalle es que éste no es El túnel del tiempo : nos está sucediendo realmente.
Obsérvese: primero, la reapertura de los juicios a los militares nos remitieron de un salto a veinte años atrás, comienzos del gobierno de Raúl Alfonsín, cuando la joven democracia recuperada juzgaba como podía los excesos de la dictadura. De 1984 nos fuimos de un salto a la exhumación de relatos horrendos, volvieron las recorridas mediáticas a los oprobiosos ex campos de concentración y las caras nefastas de algunos represores se asomaron otra vez a las primeras planas y a los noticieros de la TV. Si se suma a todo eso la angustiante desaparición de Julio López, ya casi estamos virtualmente sumergidos en la densa atmósfera de los años 76/77.
Acto seguido, los morbosos aprestos para el traslado del cuerpo de Perón (extracción de ADN para el juicio de filiación iniciado por Marta Holgado; el cambio de ataúd; los preparativos para la procesión mortuoria) nos instalaron directamente en la primera semana de julio de 1974, cuando los diarios fueron obligados a cubrir exclusivamente el deceso del entonces presidente y la TV transmitía las 24 horas música sacra con la mirada fija sobre el cadáver del mandatario velado varios días en el Salón Azul del Congreso.
Finalmente, el martes último, los bochornosos disturbios en el traslado de esos restos, nos eyectaron al turbulento 1973, con el peor tufo a Ezeiza y vuelta a las internas peronistas dirimidas a tiros, palos y cascotazos. ¿Qué nuevos capítulos de lo ya vivido nos esperan próximamente? De no variar el ritmo con el que estamos yendo para atrás, quizá la recreación de algún tumulto de los tiempos de Lanusse u Onganía, vaya a saber.
El tema es que con los ojos constantemente en la nuca nos estamos perdiendo lo más valioso e irrepetible que tiene cada ser humano: el presente. En vez de resolver los temas pendientes que tenemos entre manos, en esta semana que pasó, los argentinos vivimos con el corazón en la boca por los bruscos movimientos de los despojos de un presidente que murió hace 32 años, y que pueden depararnos aún peores malos ratos si no son debidamente custodiados.
Si nos ocupamos tan intensamente del pasado, ¿quién se ocupa del presente? Julio Bárbaro, titular del Comfer, por ejemplo, no tuvo tiempo de contestar, siquiera por medio de sus colaboradores, las repetidas requisitorias que desde LA NACION se le hicieron en estos días para saber cuándo, finalmente, el organismo frenará el descontrol nocturno de los horarios televisivos, enfrascado como estaba en escribir sucesivas odas al 17 de octubre desde el mail oficial de la repartición y distribuidas a troche y moche.
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En tanto un presidente muerto, el más votado de la historia argentina, vagaba por las calles porteñas y bonaerenses en total estado de indefensión -después de todo, ¿qué podría hacer un muerto ante tanto vivo?-, y el presidente en funciones, Néstor Kirchner, enhebraba cada día una declaración distinta para intentar explicar lo inexplicable, el periodista Luis Majul dio a conocer en los cines una suerte de tragicomedia documental intitulada precisamente Yo presidente . Se trata de una parodia juguetona, a la que se prestaron gustosos seis ex mandatarios, sin prever que las cámaras insolentes de Mariano Cohon y Gastón Duprat los retratarían patéticos, desolados, rudimentarios.
Ahora que el público los está viendo en pantalla grande, sus sentimientos van de la compasión a la mofa, y del enojo a la curiosidad. Por fin detona una pregunta terrible: ¿cómo puede ser que un país que se distingue por la excelencia de sus científicos, artistas, escritores y deportistas genere este tipo de dirigentes tan elementales que llevan al país de una catástrofe a la otra?
Majul, chocho, contesta preguntas del público tras algunas funciones nocturnas del Village Recoleta y se muestra optimista porque sólo en los dos primeros días de exhibición Yo presidente tuvo más de la tercera parte de espectadores que logró Deuda , el gran fracaso cinematográfico de Jorge Lanata, durante su corta exhibición en los cines en 2004.
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Un agente de prensa cultural, autodeclarado "peronista utópico", a propósito de los hechos de los últimos días, encontró una comparación acaso curiosa y justificatoria: "La Argentina es Nápoles, y el peronismo es el Vesubio. Y a los napolitanos no se les pasa por la cabeza irse", afirma Juan Pablo Correa.
Claro que no, especialmente a aquellos que siguen petrificados en Pompeya por la lava desde hace 1927 años.
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