
Todo al siete
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Corrian los años 80. En una Buenos Aires lúdica, embriagada de democracia nueva, Richard Coleman estrenaba Fricción. Una música densa y rica que llenó dos álbumes y se perdió en el éter, antes de que el gran público pudiera alcanzarla. "Fue un aprendizaje intenso. Toqué con Charly, grabé con Calamaro, hicimos Fricción… Hubo una gran ebullición; los músicos estábamos superconectados." Fue también una época de vivir al límite. Coleman intuyó la posterior decadencia; en 1990 cambió el rumbo y fundó Los 7 Delfines, grupo que sigue timoneando hasta la fecha. Recién llegado de Los Angeles, donde vive con su esposa Karen, Richard está listo para estrenar el nuevo álbum: Aventura.
"El nombre del disco refleja el proceso de su creación", admite el guitarrista, cantante y compositor. El final de milenio fue duro para la banda: su sello grabador dejó de operar, y las posteriores compañías a las que ofrecieron su música no consideraron a ésta radiable. Entonces, l7d probaron la opción independiente con Dark, su último álbum de estudio antes de Aventura. La experiencia fue valiosa y también desgastante: el bajista Ricky Sáenz Paz se bajó en el 98, en buenos términos. "Es muy difícil trabajar en una banda de culto…", se ríe Coleman. Movieron las piezas: Germán Lentino –que se ocupaba de los samplers– pasó al bajo, su verdadero instrumento; Braulio D’Aguirre siguió en la batería y Diego García, antes invitado, se integró en guitarra eléctrica para, según Coleman, "cubrir todas las partes que no puedo tocar; sólo tengo dos manos".
Transformarse en cuarteto les dio un soplo de vida nueva.
–Decidimos poner toda la carne en la parrilla –dice Coleman–. Cada uno aportó ideas, arreglos, temas. Al año, la banda ya estaba sonando a full. Entonces se me ocurrió grabar Regio, un álbum en vivo [registrado en el teatro homónimo] con canciones de la primera época de los Delfines.
El que Richard viva un poco aquí y un mucho en Los Angeles podría haber conspirado contra el grupo, pero sucedió lo contrario.
–Llego de afuera, y nos matamos ensayando. Surgen esas ganas, esa sangre, eso que después se refleja en el escenario. Y el público comenzó a aumentar. Viene mucha más gente joven: pendejos que se saben todas las letras y que se sumaron a los fans históricos.
El optimismo de Coleman se justifica: Aventura es un álbum expansivo, que revela nuevos detalles con cada audición. La banda suena enchufada, y con nuevas ambiciones: ya hay contactos para editar el cd en varios países de América latina. Veo la ruleta que domina el arte del álbum y me pregunto si Coleman cree en cábalas. –Mi única cábala es la paciencia. Quiero el reconocimiento que dan el tiempo y la permanencia; mi nirvana es estar tranquilo con lo hecho, que no se disuelve, ni se esfuma. La imagen de la ruleta es la esencia de Aventura. Simboliza el riesgo de jugarse. El 7 es el número cabalístico por excelencia y nosotros estamos apostando todo.





