
Rob Zombie y su banda trepan al omnibus de la gira ignorando alegremente las falsas telarañas que cuelgan de sus frentes empapadas de sudor.
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Rob Zombie y su banda trepan al omnibus de la gira ignorando alegremente las falsas telarañas que cuelgan de sus frentes empapadas de sudor. Esta oscura fraternidad acaba de poner de rodillas al Teatro Tower de Philadelphia con un show demoledor destinado a presentar Hellbilly Deluxe, el álbum debut del ex líder de White Zombie; el disco ya superó el millón de copias vendidas, haciéndose acreedor al estatus de platinum-plus. El nuevo espectáculo de Zombie es un burlesque de electroboogie que despliega 10 mil voltios para iluminar la galería de pesadillas de una de las personalidades más obsesivas –y obsesivamente cautelosas– del rock.
El Zombiemóvil que se desliza hacia el Este lleva un entretenimiento de abordo de una naturaleza adecuadamente sanguinolenta: un video con partes selectas de oscuras películas italianas de zombies, mezcladas con variantes alemanas de soft-porno y clásicos norteamericanos del género macabro, como Dawn of the Dead (George Romero, 1978). Las bromas comienzan en el mismo momento en que aparece el primer mutante de ojos huecos: "¡Hey, miren..! ¡Billy Corgan!"
En el fondo del micro está Rob Zombie; observa a sus nuevos compinches y sonríe como un padre orgulloso. "Esta ha sido la vez en que más trabajé y la vez que más me divertí", dice el cantante, a quien su perfil imperioso y los dreadlocks encanecidos de su pelo le dan la apariencia de un sabio rastafari descendiente de indios apalaches. "Me llevó trece años y un millón de intentos, pero siento que he dado por fin con la perfecta combinación de gente."
"¡Blaskooo! ¡Dale vieeejo!" aúlla un nativo del Bronx, el baterista John Tempesta, el único otro sobreviviente de White Zombie aquí presente. El bajista Blasko Nicholson le arroja algo frío a Tempesta y sigue sirviendo Jaegermeister a los necesitados. Su trabajo de barman es muy exigente, ya que este juego (típico de micro de gira) determina que uno debe beber cada vez que se ve sangre en la pantalla.
Zombie dormirá bastante poco esta noche, pero mañana trae la promesa de un día libre. O casi: primero hay una sesión de fotos de siete horas en Yonkers, Nueva York, y luego, en Manhattan, una sesión de grabación de Powerman 5000, un grupo en ascenso liderado por el hermano de Zombie, Mike Cummings (Spider, para sus fans). Luego de eso quedará tiempo apenas para una visita de madrugada a un club de strip-tease del centro. Parece que no hay descanso para los malvados profesionales.
Rob Zombie ha pasado buena parte de su vida en una persecución sin descanso en pos de… algo mejor. "Siempre me enojaba cuando me decían que algo era bueno. Nada era suficientemente bueno para mí", dice este hombre que nació hace 33 años en Haverhill, Massachusetts, con el nombre de Robert Cummings. "Recuerdo que de chico participé en algunos concursos de dibujo de la biblioteca pública de mi barrio, y gané más de una vez. Pero después miraba mis trabajos y decía: «¡Esto es basura!» y los rompía. Mi mamá solía decirme: «Si no te mostrás un poco más alegre te voy a mandar a un psiquiatra». Los profesores me preguntaban: «¿Cómo puede ser que odies todo?». Ese fue el lema de mi vida. Cuando terminábamos algún álbum de White Zombie, yo decía inmediatamente: «¡Este disco apesta!», y no volvía a escucharlo. Entiendo que tratar de hacer el disco perfecto conduce a una búsqueda interminable, pero pienso que quienes siempre están satisfechos con lo que hacen tienden a grabar mucha basura."
La complacencia rara vez ensombreció la infancia de Rob Zombie en Haverhill, un condado empobrecido que alguna vez fue un baluarte de la industria del calzado. "No había cine ni disquería en el pueblo", recuerda Zombie. "Nuestro lugar favorito era el cementerio. De chicos íbamos allí a jugar al básquet o al fútbol [americano]. Los mayores grababan black sabbath en las lápidas y prendían fogatas. ¡Cuando por fin nos pusieron un McDonald’s casi organizamos un desfile!"
Tanto Rob como su único hermano, Mike, encontraban refugio en una constante comuión con el televisor familiar. En sus años de escuela primaria, era común que Zombie supiese de memoria la programación de tevé de una semana entera. Cuando le dijo a una maestra que miraba ocho horas de televisión por día, ella pensó que le estaba haciendo una broma. Pero no. "Miraba cualquier cosa", dice Rob, "empezando por los informes de agricultura, a las 5.30. El momento más triste del día, para mí, era cuando el canal terminaba la transmisión. ¡Oh, cómo me corrían las lágrimas!".
Zombie todavía llena cada hora que pasa despierto –o dormido– con la televisión, tanto si está descansando en una habitación de hotel como si está trabajando duro en la mezcla de algún tema. El ve la tevé como una herramienta creativa. Por ejemplo, afirma que las caricaturas Munsters fueron la inspiración de la cacofonía que se escucha en su hit "Dragula". "Demonoid Phenomenon" y "Spookshow Baby" pueden ser atribuidas, tal vez, a la confesa debilidad que Zombie siente por The Jenny Jones Show.
Todo esta cuestión del Rob Zombie-teleadicto suena muy encantadora viniendo de una estrella pop talentosa, excéntrica y convenientemente hedonista, pero cuando sos un niño común de pueblo chico, actuar de esa manera es exponerte a una paliza. "Rob y yo no nos llevábamos bien con mucha gente", dice Mike Cummings, quien era virtualmente el mejor amigo de su hermano, a pesar de ser dos años menor. "Algunas mañanas teníamos que abrirnos paso a las piñas en el ómnibus escolar." Las cosas no se pusieron mejor allá por 1981, cuando Mike le hizo escuchar a Rob algunas bandas hardcore tipo Minor Threat y ambos se hicieron cortes de pelo "escandalosos".
Rob y Mike pasaban mucho tiempo en el aula de Bellas Artes de la secundaria Haverhill High, donde los profesores estimularon la creciente imaginación de los hermanos. En casa, papá Cummings –un fabricante de muebles– tuvo una actitud sorprendentemente abierta ante los intereses extravagantes de sus hijos. "No es que nuestros padres nos impulsaran", dice Mike, algo perplejo. "Papá no nos animaba diciendo: «¡Vamos! ¡Esfuércense! ¡Tienen que ser los mejores!»". Así fue como Rob y Mike se sumergieron más y más en su propio mundo.
"Ibamos a ver una película y teníamos que saber todo acerca de los actores, del guionista y del director", cuenta Mike. "Recuerdo haber copiado la banda sonora de Tiburón con un pequeño grabador, cuando la dio HBO, y Rob a veces filmaba directamente de la pantalla de tevé con una cámara de Súper 8. Durante mucho tiempo me preguntaba: «¿Para qué acumular toda esta información inútil?». Ahora me doy cuenta de que tenía sentido."
Es seguro que los viejos profesores de arte de Rob Zombie estarían impresionados con el set escénico de la gira de Hellbilly Deluxe. Se trata de un edificio en torre, montado sobre una cuadra de ciudad salida de una comic negro. Cada calavera metálica, cada gárgola mutilada, cada accesorio gótico, fue concebido y dibujado por el propio Rob Zombie. "Todos los chicos dibujan", dice Zombie, encogiéndose de hombros. "Lo que pasa es que yo nunca dejé de hacerlo." Cuando se le pide que explique lo que acaba de decir, su tono seco y ceñudo adquiere un tinte de impaciencia adolescente.
Zombie gastó más de 100 mil dólares para que sus bocetos fuesen llevados a la práctica por un equipo de efectos especiales de Hollywood. Por eso, aunque la gira de Hellbilly siga agotando localidades a lo largo y ancho del país, el músico a lo sumo saldrá hecho.
En este momento, a Rob Zombie esas cuestiones parecen importarle poco. En su primera aventura como solista, el cantante está decidido a que su grandiosa visión artística sea ejecutada hasta el mínimo detalle. Se trata, como verán, de una cuestión de ideología: nada le hace hervir la sangre tanto a Rob Zombie como la tendencia de algunos colegas a sabotear sus propios shows delante del público. "No entiendo cómo se puso de moda eso de actuar indiferente, como si el concierto no te importase", dice Zombie. "Me recuerda la época en que era cool hacerte el bruto en la escuela. Es como una rara enfermedad."
"La cosa era más misteriosa cuando yo era chico", agrega. "Si me hubiesen dicho que Gene Simmons o Alice Cooper eran de Marte, hubiese respondido: «¡Qué bien!». Ahora todo el misterio ha desaparecido. Nadie quiere ir a un parque de diversiones para que le den un curso de dos horas acerca de cómo funciona la montaña rusa."
Tres mil mandibulas caen azoradas cuando se abre el telón del Roseland Ballroom de Nueva York, revelando la gloria cibergótica de Zombietown [Ciudad Zombie]. Tres mil bocas siguen abiertas cuando el trío de Rob Zombie lanza su frenético asalto sobre "Superbeast", uno de los temas más enérgicos de Hellbilly, y barren el escenario como hombres poseídos. Uno de ellos tiene el aspecto de un enterrador anfetaminizado; el otro podría ser un soldado confederado exhumado en una noche sin luna.
Enormes pantallas de video arrojan al público todas las escenas terrorífico-kitsch que hayan asolado a Zombie desde su infancia: bombas atómicas, coches corriendo picadas, vampiros, chicas de almanaque, cohetes, infernales fuegos bíblicos, la flameante bandera norteamericana y todo un surtido de íconos maléficos.
Entonces hace su entrada nuestro comandante Zombie, un cadáver con resortes en los talones, ojos blancos sin pupilas y un halo pirotécnico. Encandila a los fieles con una danza chamánica mientras frota sus almas con súplicas guturales: "Reza mucho sobre rodillas sangrantes…", gruñe Zombie, "abraza a los muertos triunfalmente".
Durante el apogeo herético de White Zombie, la banda recibió el bombardeo de la derecha cristiana por esta especie de blasfemia de ritmo sostenido. Rob Zombie, como solista, ha querido que el ritmo sea más poderoso, de modo que se buscó un par de músicos que pudiesen trabajar con "cierto nivel de excelencia"; o sea, con los mismos estándares que Rob se ha fijado para sí.
Como sea, el proceso de selección del elenco de Hellbilly tuvo su parte de azar. El coproductor Scott Humphrey, por ejemplo, era amigo y vecino de un asociado de Zombie. Humphrey, un californiano atildado que fue productor e ingeniero de Mötley Crüe y Metallica, no parece un socio ideal del No Muerto, pero Zombie sabía lo que hacía cuando lo contrató. El lustre sonoro de Hellbilly Deluxe está lejos de ocultar la zombietud esencial del álbum; para los devotos de Zombie, debe ser como si su serie de tevé favorita se transformara en una decente película de cine.
Los nuevos miembros del grupo no fueron reclutados en las filas de los mercenarios de la industria musical, sino entre las ramas oscuras del árbol genealógico de Zombie. Blasko Nicholson, un primo lejano, languidecía tocando en ignotos grupos de Los Angeles antes de ser convocado para la Misión Hellbilly. El guitarrista Riggs Robinson cazaba ardillas en una quinta familiar de veinte hectáreas, en Arkansas, y trabajaba en un astillero. Y aquí está ahora, trotando ante las multitudes que lo adoran y acuchillando una guitarra hueca llena de líquido rojo.
La otra noche, Riggs le sacó el corcho a su instrumento y esparció a voluntad la sangra falsa que había en su interior. Luego vomitó sobre la primera fila. Sus compañeros suelen comentar en voz baja las pequeñas excentricidades de Riggs, que incluyen una colección de cuchillos, siempre en aumento. La bailarina Sherry Kitty Moon (la actual amante de Zombie) le informa a vuestro corresponsal de Rolling Stone: "Anoche, en el ómnibus, Riggs dijo que te iba a matar".
Traer semejantes reclutas inexpertos a la Gran Gira Debut propia puede parecer perverso, pero el producto final prueba que el instinto de Rob Zombie sigue siendo su principal virtud. Mientras colegas de similar estatura, como Courtney Love y Marilyn Manson, usan sus habilidades para cortejar con éxito el punto G de los medios, Zombie decidió eliminar el intermediario y comunicar las emociones soft-core de su show con la convicción hard-core de un eterno fan. Esto puede ser parte del motivo por el que Astro Creep: 2000, el álbum que White Zombie editó en 1995, haya vendido dos veces más copias (casi 3 millones) que Live Through This, de Hole, o Antichrist Superstar, de Manson.
En vivo, la nueva máquina de Rob Zombie funciona con mayor eficiencia durante el triturador hit de MTV: "Dragula". La pirotecnia y un diluvio de imágenes envuelven a dos robots gigantes, que arrancan ritmos marciales de enormes tambores metálicos, mientras, trepadas a plataformas de quince metros de altura, las dos bailarinas a-go-go de Zombie giran y giran.
Fue la teve la que ilumino por primera vez los mórbidos pasajes mentales a los que Rob Zombie le saca ahora tan buen jugo. Su amor por las trasnoches de películas de monstruos lo llevó más tarde a acudir a oscuros estrenos de madrugada en cines de Boston, tras lo cual debía hacer tiempo caminando las calles hasta poder tomar el tren de vuelta a casa por la mañana. "Parecía algo tan cool…", dice Rob, "como si tu vida entera dependiese de eso".
Zombie adoraba los delirantes trabajos de bajo presupuesto de Ed Wood y James Whale, y el camp sedicioso de Roger Corman y Russ Meyer. Esas obsesiones se le despertaron a una edad temprana.
"Algunas cosas me dejaron una profunda impresión en ese entonces", cuenta. "Recuerdo haber visto Willy Wonka and the Chocolate Factory (Mel Stuart, 1971) y era tan joven que pensé que todo eso era real. Cuando tuve la edad suficiente como para darme cuenta de que no lo era, me dije: «Bueno, ¿por qué no puede serlo?». Creo que nunca perdí mi fascinación por las cosas que me impactaron en forma inmediata cuando era un niño. Nunca olvidaré la primera vez que fui a Disneylandia. Pensé: «¡Dios mío. Tengo que hacer que mi vida sea como esto!». Siempre le decía a mis padres que nunca iría a trabajar."
La filosofía de aversión al trabajo de Zombie no causó la impresión adecuada en la Escuela de Diseño Parsons, de Nueva York, lo cual obligó a Rob a sumarse a la fuerza laboral tras unas pocas temporadas de notas bajas y escasa asistencia. Zombie acumuló una serie de empleos típicos del currículum de un futuro rocker: mensajero en moto, asistente de producción en Pee Wee’s Playhouse y director de arte de revistas porno (los coleccionistas obsesivos de Rob Zombie deberán chequear números de fines de los 80 de las revistas Over 40 y Tail End).
Por las noches, el artista acechaba el legendario club CBGB, donde se volvió más y más insatisfecho con los anémicos conjuntos poshardcore que desfilaban por el escenario. "Después de un par de años de ver shows, no podía creer lo horribles que eran todas esas bandas", dice. "Pronto se me hizo obvio que cualquier idiota podía tocar." Así fue como Zombie formó un grupo a su imagen y semejanza; una imagen –dice– que ha permanecido igual desde que fue lo suficientemente grande como para dejarse crecer un par de patillas decentes.
Bautizado en honor al film clásico de horror de 1932, White Zombie unía la estética de film de horror clase B (que tanto amaba Rob) con un espeluznante estilo neometal. "Eramos demasiado metálicos para la esnob escena de arte neoyorquina, pero demasia do artísticos para la escena metalera."
Un temprano defensor de White Zombie fue el prestigioso editor de fanzines Gerard Cosloy, vecino de Rob en el East Village, y su por entonces novia, la bajista Sean Yseult. "Rob tuvo desde siempre una idea bien definida de lo que quería", recuerda Cosloy, hoy copropietario del sello indie Matador Records. "White Zombie era un grupo inteligente. Fue pensado desde el vamos como algo grandioso, no como una banda marginal de punks delirantes. De todas maneras, no conozco a nadie que hubiese predicho que Rob Zombie terminaría siendo un héroe de todos los adolescentes frustrados de los Estados Unidos."
White Zombie avanzó trabajosamente entre la adversidad y la indiferencia hasta conseguir una sólida masa de fans, gracias a ediciones independientes y giras constantes. En 1991, el grupo firmó un contrato con Geffen Records que –con el apoyo de influyentes íconos mediáticos, como Howard Stern y Beavis y Butt-head– los transformó en una banda confiable que ganaba discos de platino. Pero Rob Zombie no se había metido en la industria discográfica para ser confiable. Ser confiable no iba a conseguirle esa Disneylandia personal con la que siempre había soñado. De modo que Zombie le bajó la persiana abruptamente a White Zombie después del álbum Astro Creep: 2000. "Nos dimos contra una pared", admite ahora. "No me gusta aportar ideas para cosas que no pueden realizarse porque a otra gente no le copan. Y no quería hacer discos por dinero, que era en lo que la cosa estaba por transformarse."
La cofundadora de White Zombie, Yseult, fue informada de la decisión de Rob mediante un llamado telefónico. Aun así, no guarda rencor hacia su antiguo socio: "Rob sigue un curso firme", dice. "Tiene una visión y la lleva a la práctica, y eso es algo admirable."
Yseult habla desde un pequeño club de Oklahoma City donde toca con su nueva banda, Famous Monsters, compuesta enteramente por mujeres, un grupo al que describe como "Josie and the Pussycats mezclado con the Munsters". Y afirma: "No quiero volver a hacer algo tan serio y agotador como White Zombie. Pero fue genial mientras duró".
Rob Zombie declara su ignorancia acerca de la suerte actual de sus antiguos colegas. Y en caso de que sospechen que existe alguna nostalgia sentimentaloide oculta detrás de esa postura gruñona, Rob agrega: "Me importa un carajo lo que todos ellos estén haciendo".
Si por el fuera, hoy rob zombie no estaría metido en la música. Justo después de la disolución de White Zombie, le ofrecieron el guión y la dirección de la tercera secuela de la saga de horror gótico El cuervo (The Crow)… aún cuando su único crédito previo en el mundo del celuloide había sido el concebir la secuencia del viaje de ácido del film de Beavis y Butt-head.
"Mirá", dice Zombie, "no creo que dirigir una película sea diferente de cualquier otra cosa. Lo que me da confianza para hacer algo es conocer a otra gente que trabaja en lo mismo. Siempre pienso: «Dios, si ese retardado puede hacerlo…»".
Rob Zombie se reserva un capítulo especial para las películas de horror adolescente que últimamente dominan los multicines. "Finalmente fui a ver la primera Scream, después de mucho protestar", cuenta. "¡Y no podía creer lo que estaba viendo! ¿Qué es esto? ¿Una comedia de misterio para púberes, con bromas de doble sentido? Alza la voz, con una indignación digna de Beavis: "¡Esa película es tan mala que me sentía con derecho a pedir que me devolvieran mi dinero! Siempre voy dispuesto a que me gusten nuevas películas, pero terminan siendo basura. Parecería que todo lo que se hizo después de 1985 es desesperante".
Zombie acompañó The Crow 3 a lo largo de dos años de cambios constantes del guión, antes de abandonar, frustrado, el proyecto. "Había demasiados cocineros en esa cocina", afirma. "Nadie sabía bien qué quería –salvo que querían un éxito–, pero nadie sabe de antemano qué cosa será un éxito. Por lo general es justo esa película que ninguno quería hacer."
Rob aún tiene en mente realizar su propio proyecto en la pantalla grande. Y es posible que extienda más aún su imperio, poniendo al día la revista de historietas de White Zombie que Marvel Comics lanzó hace algunos años. Pero fue la necesidad de recuperar "la pila de dinero" que perdió en The Crow 3 lo que lo llevó a volver a un medio donde gobierna con puño de acero. Se lanzó a un frenesí de creatividad. Grabó el álbum Hellbilly Deluxe, además de ocuparse de toda la gráfica correspondiente, los videos, la escenografía y los ropajes. Afortunadamente para Rob, sus antiguos fans estaban ansiosos de probar su nueva encarnación.
Y nadie más ansioso que las atildadas damas que rodean el camarín de la estrella heavy en el Roseland Ballroom de Nueva York. Mientras esperan dar un vistazo fugaz a su héroe, estas melómanas pueden al menos posar sus ojos sobre Tommy Lee, estrella porno amateur, sobreviviente del pop-metal y curiosa elección como baterista invitado en un par de temas de Hellbilly. (Lee estuvo parando en la casa de Scott Humphrey después de salir de la cárcel por agredir a su ex esposa, Pamela Anderson. "Llegado ese punto, la mera idea de volver a tocar música era genial", confiesa Lee.)
Ninguna otra celebridad engalana el santuario privado de Rob Zombie y no hay viejos amigos neoyorquinos presentes para saludarlo. "Todos mis amigos están en esta gira", dice el artista, quien admite que su tendencia al aislamiento alimenta los malentendidos con respecto a su persona. "La gente no sabe realmente cómo soy. Piensan que para hacer lo que yo hago hay que estar reventado con drogas todo el tiempo. Pero me di cuenta bien temprano de que la gente que está reventada con drogas no produce casi nada."
En otras palabras, Zombie es tanto un extraño entre sus colegas de la industria del rock como lo era entre sus compañeros de la secundaria de Haverhill. Esto quedó bien claro cuando se retiró de la gira Family Values que el grupo Korn encabezó en 1998, porque la escenografía de Zombietown era difícil de montar en una tourné de muchos artistas. Los rumores de la industria, no obstante, insistieron en que lo difícil de manejar fue el ego de Zombie. (Quienes echan a rodar estos chismes deberían notar que Zombie y Korn tienen programada una gira conjunta.)
"A esta altura, nada me molesta", dice Rob con un dejo de resignación. "Todas las cosas que me gustan fueron vapuleadas cuando surgieron, desde Roger Corman hasta Alice Cooper, pasando por Black Sabbath: a nadie le importó una mierda Sabbath hasta mucho después de que tuvieron éxito. Si de repente me transformase en un favorito de los críticos tendría que preguntarme qué fue lo que hice mal."
Afuera, en la vereda, docenas de fans sudorosos se alinean, dando vívido testimonio del triunfo de esa ética de porfiado individualismo y trabajo-entendido-como-diversión de Rob Zombie. Cada una de esas víctimas agradecidas sabe que acaba de visitar la última Gran Feria de Atracciones del rock. Y ésa es toda la recompensa que persigue este Anticristo de vida sana, controlador obsesivo y purista del arte trash, por compartir las pesadillas de su infancia con el mundo.





