
El rock argentino, a los pies de uno de sus maestros: leé la crítica original del disco homenaje al Gitano, editado en 1999.
1 minuto de lectura'
Después de la discutida experiencia de Fuck You (el tributo a Sumo de 1995), el rock nacional se tomó un tiempo antes de volver a homenajear a alguien. Paralelamente, varios grupos under (y no tanto) desempolvaban viejos éxitos de Sandro, Leonardo Favio, Leo Dan y Palito Ortega, sumándose al rescate kitsch de los años 60. Y, mientras en el mundo florecían los discos- tributo, caía de maduro que, si el establishment rockero argentino podía homenajear a alguien, ese alguien debía ser Sandro. Y el disco llegó en 1999; sin duda, el año de los homenajes.
Sandro fue –hasta no hace mucho– representante de aquello a lo que el rock decía combatir: la música "comercial" y "pasatista". Sin embargo, el reciclaje y la resignificación que los 90 hicieron de la cultura pop lograron que Sandro hoy resulte una leyenda, un personaje curioso y encantador al que los rockeros reivindican como el primer rocker argentino.
Curiosamente, a excepción de Virus (que eligió una canción del primer LP grabado por el gitano: Sandro y los de Fuego, de 1965) y León Gieco (que optó por una de Beat latino, de 1967), nadie se inclinó por el repertorio más furibundo de Sandro; casi todos prefirieron su etapa melódica más conocida, inaugurada en 1967 por el disco Quiero llenarme de ti. Más allá de esta aparente contradicción –los rockeros se olvidaron de los temas de la el Tributo a Sandro prueba que las buenas canciones, más allá de los géneros, son indestructibles.
Están aquí casi todos los artistas de rock de BMG, más algunos colados que garantizan la "objetividad" de la selección artística. Y hay unos pocos grupos extranjeros, como para justificar aquello de "Sandro de América". Con eso alcanza para que el disco resulte simpático y atractivo.
Lo mejor: "Una muchacha y una guitarra", por Bersuit Vergarabat. La versión candombera es festiva, hippie y divertida. Dan ganas de bailar.
Lo peor: la absurda adaptación de "Mi amigo el Puma" en manos de los mexicanos de Molotov. La letra es otra; ahora el Puma es un "pinche mamón" y baila disco-music. No es gracioso.
El hallazgo: la versión vetases de "Trigal", por Los Visitantes. Cuando Palo dice "Trigal, dame tu surco y dame vida", uno descubre por qué Sandro escandalizaba y humedecía señoras allá por los 70.
La sutileza: el arreglo à la Portishead de Bel Mondo para "Penumbras", con una apasionada interpretación de Diego Frenkel. Después de la reciente reestructuración artística de BMG, quizá sea el último tema registrado por el cuarteto, al menos para esta compañía.
La sorpresa: la cantante chilena Javiera Parra, nieta de Violeta. Su versión de "Así" en plan trip-hop es una digna presentación. La aplanadora: Divididos se apoderó de "Tengo". El rockito que supo tocar Virus en sus inicios aquí suena poderoso y duro como granito basáltico. Como Divididos.
El crossover: "Rosa, Rosa", más allá de la discutible afinación y el entusiasmo desbordado de Iván Noble, es ideal para las radios teen porteñas, sedientas de un nuevo hit de los Caballeros de la Quema. La curiosidad: León Gieco, acústico y con armónica incluida, se hizo cargo de una canción que nunca llegó a ser hit ("Si yo fuera carpintero"). Como cuando Sandro grabó "Soplando en el viento" (Alma y fuego, 1966), Dylan y el Gitano vuelven a saludarse.
El oasis: "Penas", arreglado con samples, máquinas y muy buen gusto por los colombianos Aterciopelados. Andrea Echeverri canta como si el tema hubiera sido escrito por ella misma. Y anoche.
El momento hot: el rock & roll "Atmósfera pesada", por Virus. Contagiosa y rockera, tal vez sea la última grabación del grupo de los Moura.
La joyita: "Porque te amo", con unos Fabulosos Cadillacs prolijos, sutiles, con cuerdas y delicados arreglos de vientos, y un Vicentino dramático y conmovedor.
Lo obvio: Erica García pidiendo a gritos "Quiero llenarme de ti".
El hit : Attaque 77 acelerando en "Dame el fuego de tu amor". Menos de dos minutos –que parecen robados de Otras canciones– casi perfectos (si no fuera por los brasses, unos moscardones que recorren todo el disco).
La decepción: no están los Babasónicos ("Mi amigo el Puma" era ideal para Dárgelos y compañía) ni los Auténticos Decadentes, dos de los grupos argentinos más influidos por la estética del maestro Roberto Sánchez.
Lo horrible, lo pavoroso, lo aterrador: la tapa.
Por Fernando Sánchez. Publicado en la edición 18 de RS, septiembre de 1999




