
Sevigne, o un fallido encuentro familiar
"Sevigne, una estación del pasado...", de Susana Gutiérrez Posse. Con Daniel Miglioranza y Jessica Schultz. Escenografía y vestuario: Rolando Fabián. Música original: Sergio Vainikoff. Iluminación y dirección: Julio Ordano. Sala: Auditorio Bauen(Callao 360), de jueves a sábados, a las 22, y los domingos, a las 21. Nuestra opinión: regular.
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Se encienden las luces en el Auditorio Bauen. Típica escenografía televisiva de living de tonos pasteles cuidados, cuidadísimos. Allí, en un hotel de Buenos Aires, transcurre la acción de "Sevigne, una estación del pasado...".
La historia relata un encuentro postergado, conflictivo, entre una hija y su padre. El (Gustavo) llega de Portugal, después de 30 años, para conocer a quien dice ser su hija (Victoria). El otro personaje, su madre, ya muerta, se transforma en un ser omnipresente, sujeto de un tierno recuerdo de cuando la pareja habitaba un paraje llamado Sevigne.
Pero, ahora, las cartas son otras. El encuentro se transforma en un mar de reproches y exigencias. Ella pretende reanudar su vida junto a él, pero la hipótesis de una vida en conjunto sigue siendo tan conflictiva como los largos 30 años de silencio desde que Victoria nació.
Así planteada, la obra presenta aristas interesantes. Pero a poco de haber comenzado, el proyecto pierde efectividad. El conflicto no posee desarrollo y tanto los personajes como la historia se tornan poco creíbles. La contundencia que demostró la autora en "Brilla por ausencia" aquí aparece de a ratos.
Padre e hija
Gustavo, a cargo de Daniel Miglioranza, está todo el tiempo exaltado, sin respiro, en constante movimiento. Puede suponerse que un encuentro de este tipo sea una experiencia movilizadora para cualquier mortal, pero su personaje no trabaja otras aristas. Entonces, su irritación, su necesidad constante de tomar calmantes, llega a cansar al mismísimo espectador.
Victoria también se las trae. A cargo de Jessica Schultz, su personaje tiene vetas de personalidad fronteriza. Por momentos, es una niña con regresiones violentas. En otras escenas, el odio la puede y descarga una enorme batería de reproches. Pero su interpretación es básicamente externa, está todo el tiempo pendiente de las formas. No hay interioridad.
En ese sentido, la marcación de Julio Ordano no da en la clave. La puesta, de neto corte realista, despliega una pirotecnia que atenta contra la construcción de climas. Como la escenografía, la dirección se asemeja a los conocidos códigos televisivos. Donde la emoción posee los pliegues de una pantalla.




