La primera pregunta sería: ¿se puede aprender sobre sexualidad?, más allá de la propia experiencia, claro...
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La primera pregunta sería: ¿se puede aprender sobre sexualidad?, más allá de la propia experiencia, claro. O mejor: ¿cuánto sobre sexualidad puede enseñarse en la escuela? Ni siquiera pudimos discutirlo: no nos lo permitieron ni la mediocridad de varios de los programas de actualidad (Grondona emprendiendo, casi, una cruzada sospechosamente personal contra la masturbación; Majul comandando mesas de un nivel tan bajo que el debate entre gritos se centraba, apenas, en la utilidad del preservativo) ni la guerra, entre bandos siempre previsibles, en la Legislatura porteña.
Abramos un poco más el foco: la salud reproductiva (en países con nuestros índices de marginalidad y pobreza) y la prevención de las enfermedades de transmisión sexual se parecen tanto a obligaciones del Estado que no parece razonable detenernos demasiado allí. Pero el desconocimiento de los hábitos juveniles resulta casi desopilante. Hoy, en el mundo, las preocupaciones de los estudiosos de los comportamientos exceden el marco legal, el educativo, y también intenciones como la de Bush de imponer la abstinencia sexual como código de época. Muchos analistas ya hablan del fenómeno del "one sex": el sexo único o, más claramente, la indefinición de gustos y preferencias, especialmente, en la siempre desconcertante iniciación sexual. En las horas de mayor confianza e intimidad, y de temor a lo desconocido, dicen, el refugio en la profunda amistad del mismo sexo se convierte en terreno experimental.
No es cuento. Puede comprobarse en muchas discotecas, hasta en las cada vez más precoces matinés: el intercambio de fluidos (por decirlo de un modo pseudocientífico) distingue cada vez menos cuestiones de varón o nena (especialmente entre las chicas). También se puede ver en el universo musical, y no solo por el beso entre Madonna y Britney: bandas como Miranda! o Scissor Sisters crecen con la misma velocidad con la que agitan hormonas entre la confusión de géneros (mucho falsete, mucha mueca provocadora), la libido desordenada y la excitación permanente. Ellos juegan a ser ellas, ellas se divierten, ellos las ignoran, ellas se arreglan entre sí... No se trata de frivolizar el tema. Con sólo acumular los padecimientos de los abortos ilegales, la incapacidad para hacer eficaz un mensaje preventivo para enfermedades y embarazos, llegamos a una misma causa grave. Los adultos, legisladores, padres, conductores de tevé, suelen elegir mirar para otro lado, preocupados torpemente más por la sociedad que querrían tener que por esta en la que vivimos.




