Shakespeare y sus mujeres
Claudio Hochman estrenará su versión de "Las alegres comadres de Windsor"
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Dicen las malas lenguas que Isabel I de Inglaterra, entusiasmada con el personaje John Falstaff, un caballero bebedor, fanfarrón y mentiroso, que ya había ventilado sus aventuras en varias obras de la época, quiso verlo envuelto en un entramado amoroso. Ni lento ni perezoso, el poeta de la corte, a la sazón un tal William Shakespeare, para cumplir con tan augusto deseo escribió en quince días "Las alegres comadres de Windsor".
Dicen las buenas lenguas que el zar Alejandro Romay estaba buscando un espectáculo para estrenar a fin de mes en la sala Raúl Rossi, del Broadway, y quiso la buenaventura que se cruzara en su camino un joven y exitoso director, Claudio Hochman, que ya había transitado los tempestuosos derroteros shakespearianos y traía bajo el brazo una versión propia de aquella obra, a la que había rebautizado "Las alegres mujeres de Shakespeare".
El resultado de este encuentro se verá el miércoles, cuando se estrene la pieza. Mientras tanto, los ensayos están a la orden del día. Un pequeño receso permite acceder al director rodeado de actores, asistentes, productores.
"Quise hacer una reconstrucción que no fuera arqueológica -explica Hochman, director premiado por "La tempestad"-, tratar de mostrar a la gente lo que era el teatro de Shakespeare: popular, festivo, donde los actores y los músicos estaban en contacto directo con el público. Aunque nunca se sabe realmente cómo eran las representaciones de las obras isabelinas, me quedó una imagen muy fuerte del film "Shakespeare apasionado". Fue la escena de Romeo y Julieta, donde la gente grita y participa en la acción. Acá no sé si la gente se va a enganchar."
No todo fue tan sencillo para el director-adaptador. Reviendo los entretelones de la pieza -una comedia de equivocaciones sustentada por los celos de los maridos, la coquetería de las mujeres, la codicia de Falstaff, la infidelidad latente-, acudió a su mente un caballero hijodalgo que cabalgaba por la misma época pero por otras tierras más castizas, hijo de la imaginación de Tirso de Molina.
Se impuso argumentando que si de celos y amoríos se trataba, él, el arquetipo del amante, no podía estar ausente de esta versión. El nombre del caballero: don Juan Tenorio, y Hochman no pudo rechazar la tentación de incluirlo en esta versión libérrima. De ahí que ofrezca una pieza muy inglesa con la presencia del Burlador de Sevilla, un anacronismo que favorece su puesta.
"Quería jugar con guiños de complicidad con el público -continúa Hochman-. El Don Juan y otros, quiebres de situaciones, apelación directa al espectador. Estamos hablando de teatro y quiero que la gente vea que se trata de una representación. La historia está contada escena por escena, aunque hay una síntesis. Saqué algunos personajes e incorporé a este Don Juan, cuidando la dinámica, para obtener agilidad. Es una comedia que para la época era ágil y divertida, pero para la nuestra puede resultar larga y densa. Soy amigo de sintetizar, sobre todo en estos tiempos en que la gente no tiene ganas de estar más de hora y media."
Un elenco de lujo
La música no es el único atractivo con que cuenta el espectáculo. El más importante es el elenco de importantes nombres, especialmente de la televisión. Raúl Taibo, el galán de los galanes, es el responsable de encarnar a este Don Juan trasplantado; Silvia Kutika y Elizabeth Killian son las señoras que padecerán los celos de sus maridos, mientras pergeñan su venganza hacia Don Juan.
Jorge D´Elía es el cónyuge celoso y desconfiado que urde una trampa para el galán. Rodolfo Machado es otro marido, más confiado y preocupado por casar a su hija.
A ellos se suman las trayectorias de Juan Manuel Tenuta, el Falstaff de esta pieza, y Alfredo Iglesias, un humorístico fraile. No faltan los criados y doncellas, orfebres de las intrigas amorosas, papeles que están a cargo de jóvenes actores que, en su mayoría, encontraron un caldo de cultivo en los sets de televisión: Luciana González Costa, Marcelo Olivero, Juan M. Gil Navarro, Alberto Vittori, Maximiliano Ghione, Luis Longhi y Julia Calvo.
"El elenco es muy heterogéneo -explica Hochman-. Fue una iniciativa intencional. En un principio había una propuesta de trabajar con determinados actores, a los que sumé otros con mucha trayectoria teatral. Eso hizo que la actuación se homogeneizara, que unos se contagiaran de los otros. Para los que tienen experiencia más televisiva que teatral, fuimos trabajando el código escénico: la proyección de la voz, el manejo del espacio, la relación con el otro personaje. Estoy supercontento con la entrega de todo el equipo que se zambulló en este desafío. Me gustaría vencer este prejuicio, que yo también tengo, con el actor de televisión. En el proceso de trabajo, el actor empieza a aparecer todo el tiempo. Estoy muy contento, porque es traer una obra que no se da mucho y que, como comedia de enredos, es difícil." Tan dificultoso como lograr que los actores tomen apropiadamente los floretes y emprendan una lección de esgrima bajo la atenta mirada de Fernando Lúpiz, el maestro de espadachines. "Trabajamos las escenas de duelo con todos los actores, aunque no la necesiten en la obra -explica Lúpiz-. Es una forma de que se inserten en la época y conozcan cómo se desenvolvían los caballeros."






