
Si se lengua la traba...
Frases célebres de autores anónimos, para ejercitar el habla
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Clásicos como Los tres tristes tigres y Pablito clavó un clavito forman parte de una entrañable antología de tradición oral que, siempre a partir de una locución difícil de pronunciar, hacen las veces de entretenimiento en los recreos, los micros escolares y esas largas travesías en el auto de papá.
Los trabalenguas, casi como expresiones folklóricas, han evolucionado. Y mientras algunos cayeron en desuso, muchísimos nuevos han surgido, como esta pieza de la escritora Silvia Schujer: En las fosforeras de las florerías, flores fosforeras fosfoflorecían.
También conocidos como destrabalenguas o enroscalenguas, los trabalenguas cumplen su función al repetirlos tan rápido como sea posible sin equivocarse. Altamente recomendados como ejercicio para adquirir rapidez en el habla, mejorar la pronunciación y ejercitar la memoria, los trabalenguas más recientes comparten con sus antepasados una alta dificultad y complejidad en la dicción. Pero a diferencia de aquéllos, ya no se transmiten sólo de boca en boca, sino también en libros como Trabalenguas, sin equivocarse y bien ligerito (Altea, 1999), recopilación del escritor Carlos Silveyra, que incluye perlas como: El hipopótamo Hipo está con hipo/ ¿Quién le quita el hipo al hipopótamo Hipo? Y también: Paco Peco, chico rico/ insultaba como un loco/ a su tío Federico/ Y éste dijo: -Poco a poco/ Paco Peco, poco pico.
"Además de presentar dificultades fonéticas -que deben acentuarse a medida que las frases se repiten a mayor velocidad-, el trabalenguas debe contener una frase coherente. La frase puede ser absurda, sin duda, pero debe conservar su coherencia interna", explica Schujer, autora de 350 adivinanzas para jugar, Sueltapalabras o Palabras para jugar, entre otros títulos al respecto.
Tradición popular
Como las adivinanzas, las rondas, ciertas coplas, las canciones de cuna y las palabras mágicas, los trabalenguas más antiguos y de fuerte tradición popular son anónimos. Por ejemplo, según Schujer, los publicados en los comúnmente llamados libros de lectura muchas veces son escritos por su autor, aunque éste no se los adjudique.
Muchos recordarán a Pancha plancha con cuatro planchas/ ¿Con cuántas planchas plancha Pancha?; Fui al mercado y compré pocas copas/ y como pocas copas compré/ pocas copas pagué; o De Ushuaia a Gualeguay / ¿Cuántas leguas por agua hay? ; pero difícilmente conozcan el nombre del autor.
"Una de las pocas obras autorales se llama Adivinanzas y trabalenguas, de la escritora Graciela Repún -indica Carlos Silveyra-. Entre las recopilaciones más completas está El pícaro mundo de los trabalenguas, de Susana Esrequis y Mario Ceretti (Ameghino, Rosario, 1998). También Trabalenguas y otras rimas infantiles, de una gran estudiosa española, Carmen Bravo-Villasante (Ediciones Gondomar, Madrid, 1986) y Pablito clavó un clavito (Selector, México, 1996), de Guillermo Murray."
Cercanos a la poesía dadaísta, según algunos, los trabalenguas son pura sonoridad y dificultad de pronunciación. Algunos caen en desuso y otros nuevos los reemplazan, sin que nadie conozca su autor o su origen. Como dice uno de éstos, Me han dicho que tú has dicho/ un dicho que yo he dicho/ Ese dicho está mal dicho/ pues si yo lo hubiera dicho/ estaría mejor dicho/ que el dicho que a mí me han dicho/ que tú has dicho que yo he dicho.






