
Sin mansión ni avión privado
The Queen of Versailles muestra los efectos de la crisis en los más ricos de EE.UU.
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NUEVA YORK.- Jackie Siegel tiene 43 años y un marido viejo pero multimillonario. En una de las primeras escenas de The Queen of Versailles (La reina de Versalles), un documental estrenado la semana pasada en Estados Unidos, se la ve caminando en tacos y shorts por la mansión sin terminar que está construyendo para su familia en las afueras de Orlando, Florida. Va a ser la casa más grande de Estados Unidos. "¿No es espectacular?", le pregunta Jackie, ex Miss America, rubia y con pechos enormes, a la cámara de la documentalista Lauren Greenfield, que está filmando una película sobre la casa, diseñada como una copia-homenaje al Palacio de Versalles con diez cocinas, dos canchas de tenis y una pista de bowling. Cuando suben al segundo piso, Greenfield ve un espacio enorme al fondo y le pregunta a Siegel si ése va a ser su dormitorio. "No, no", responde la ex modelo entre risas, admitiendo quizá la desmesura de la situación. "Ese va a ser mi vestidor."
Siegel y Greenfield tuvieron este diálogo a mediados de 2008, cuatro meses antes de la caída de Lehman Brothers y el colapso del sistema financiero de Estados Unidos. A partir de ese momento todo cambió, para la economía en general y también para la familiar, pero Greenfield mantuvo la cámara prendida, y los Siegel, insólitamente, la dejaron seguir filmando. Un documental sobre los excesos de una época -la casa más grande, los pechos más exagerados, las limusinas más largas, las deudas más impagables- se transformó de golpe en un retrato sobre la resaca y sobre cómo también los ricos debieron aprender a vivir sin crédito. "La película termina siendo un retrato de cómo, incluso en un sistema aparentemente diseñado para asegurar que los ricos se hagan más ricos, a veces los ricos se vuelven pobres", escribió una columnista del Washington Post.
Tras el descalabro, David Siegel, el marido de Jackie, debe frenar la construcción de la obra más importante de su vida, un hotel de 50 pisos en el Sunset Strip de Las Vegas. Sus hijos, que iban a colegios privados, se pasan a escuelas públicas. Cuando tienen que viajar, toman vuelos comerciales, después de años de jets privados. El nuevo Versalles, a medio terminar y rodeado de yuyos, está en venta por 75 millones de dólares, pero no hay interesados.
La película, premiada en el Festival de Sundance y recibida con aplausos por la crítica (tiene 94 puntos sobre 100 en la escala de Rotten Tomatoes, un sitio que recopila críticas de cine), se ha convertido en el último pararrayos alrededor del cual los estadounidenses están investigando qué pasó con sus vidas en la última década: cómo se dejaron emborrachar por las burbujas del crédito fácil y los espejismos de las marcas de lujo y cómo aprendieron a desinflarse sin todo eso a partir de la crisis. "La paradoja de esta riqueza sin refinamiento -escribió Richard Brody en The New Yorker- emerge en el film como una metáfora del sueño americano."
Greenfield contribuye a que la discusión sea más rica. Jackie podría ser un estereotipo de la Barbie insulsa y frívola de tantas películas ("Tengo unas botas de cocodrilo de 17.000 dólares", dice en un momento), pero aparece también retratada como una buena madre, tiene sentido del humor, ayuda a sus amigos de la infancia en un pueblo cerca del estado de Nueva York y es leal a un marido riquísimo, pero que no la quiere (él lo deja bastante claro en sus entrevistas).
David Siegel, el marido, hace el papel del villano, en la película y en la vida real. Lleva varios meses enfrascado en un juicio por difamación contra Greenfield, a quien acusa de retratarlo de manera injusta y (esto es lo que más le importa) de insinuar la quiebra definitiva de Westgate Resorts, la empresa de tiempos compartidos que lo hizo millonario. En la película, Siegel es cabeza dura e insensible. Se niega a admitir errores y echa la culpa de todo a los banqueros, que ahora le rechazan los mismos préstamos que antes le tiraban por la cabeza. No parece sentir afecto por nadie. Su hijo mayor, un cuarentón que trabaja con él, admite: "No tenemos una buena relación, es sólo negocios".
En la vida real, Siegel también argumenta que una escena especialmente flagrante (Jackie pasando en limusina por el Auto-Mac de McDonald's para comprar papas fritas) está sugerida por los productores, igual que la sorpresa de su mujer cuando va a alquilar un auto y pregunta cómo se llama su chofer. El empleado de Hertz, atónito, responde: "Los autos vienen sin chofer, señora". (Greenfield ha rechazado estas acusaciones.) Por momentos es difícil querer a los Siegel, que viven en una casa enorme llena de objetos que no usan y puntuada por la caca de sus perros, que una tropa de 19 mucamas y niñeras (reducida a cuatro después de la crisis) despega pacientemente de las alfombras. Cuando lo entrevistan por primera vez, David Siegel todavía no sabe que la crisis se acerca. "A todo el mundo le gusta sentirse rico -dice, explicando su filosofía del negocio de tiempos compartidos-. Si no te gusta sentirte rico, estás muerto."
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