
¿Sirve un elenco estable?
El lunes último, al mediodía, el elenco de la Comédie Française se reunió con el periodismo en la embajada de Francia. Acababan de desembarcar en Ezeiza, pero acudieron, con estricto profesionalismo, a la cita prevista. La voz cantante la llevó su administrador general, Jean-Pierre Miquel, y uno de los temas suscitados en la animada conversación (acaso el más interesante) fue cómo ingresan los actores jóvenes en la ilustre Casa de Moliére, y cómo desenvuelven dentro de ella sus carreras.
Miquel -también actor y dramaturgo- fue, como durante toda la charla, concreto y expeditivo: "Los elijo yo", informó. Cuenta con la ventaja de haber dirigido durante nueve años el famoso Conservatorio Nacional, lo que le ha permitido estar en contacto con las nuevas generaciones. Explicó luego la estructura interna del elenco (son hoy sesenta y cinco actores): los más antiguos, los "sociétaires", que pueden permanecer de por vida en la Comédie y participan de los ingresos de boletería; y los más jóvenes, los "pensionnaires", contratados por dos años, renovables, y que eventualmente son elegidos por los "sociétaires" para incorporarse a sus filas.
En la Argentina, hace ya tiempo que los azares presupuestarios y la falta de una política cultural provocaron la defunción de los elencos estables. Cuando en 1936 se creó la Comedia Nacional, con sede en el Cervantes, su primer director, Antonio Cunill Cabanellas, tomó como modelo la institución francesa y convocó a los actores más importantes de la época. Los vaivenes de la política determinaron altas y bajas (una de las primeras, la del propio Cunill, tras el golpe militar de 1943), pero el criterio de un elenco estable perduró allí hasta el decenio del sesenta, aproximadamente.
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La experiencia más trascendente y duradera fue la del San Martín, respondiendo a la inquietud de su director (casi perpetuo, a esta altura) Kive Staiff, por cierto que con resultados muy positivos. Restablecer ese criterio parecería hoy utópico, si se atiende a la situación económica del país. Pero es sabido que Staiff no abandona la esperanza de contar, un día, otra vez con un elenco estable.
Las ventajas son muchas. Los actores crean entre sí lazos, que podríamos denominar estéticos, muy valiosos: se conocen, se aprecian, participan de una empresa común, se "toman el tiempo" mutuamente, aprenden las posibilidades y las limitaciones de cada uno; en el mejor de los casos, se ayudan entre sí y crean, finalmente (si se los sabe conducir), un estilo reconocible que, sin ceñirlos como un corsé, imprime a la institución un sello propio, que el público identifica y agradece.
La objeción fundamental es el riesgo de que el actor estable termine por convertirse en un mero burócrata, un oficinista más. Es cierto, pero lo contrarresta la presencia de un director que sepa estimular al elenco, proponiéndole constantes desafíos, incitándolo a explorar nuevos territorios, a experimentar y a arriesgarse, en el buen sentido del término. Esto es, precisamente, lo que mantiene viva a la Comédie Française después de tres siglos de creada. En sus actuales tres salas despliega desde los clásicos hasta la vanguardia, imprimiendo a sus espectáculos el sello de calidad que es el seguro de su perduración.





