
Sobre esa molesta tribu de los discutidores
Para algunos, cualquier tema es bueno para iniciar un debate
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Hace algunos días, un avión de la empresa estadounidense Northwest, que viajaba desde San Diego, California, rumbo a Minneapolis, Minnesota, se pasó de largo unos 249 kilómetros de su destino debido a que los pilotos estaban absortos en una "animada discusión", según informó la National Transportation Safety Board, algo así como la Comisión Nacional de Seguridad en el Transporte. Investigados enseguida por el FBI, los pilotos del Airbus A320, que transportaban 147 pasajeros, explicaron que en el momento del incidente se encontraban inmersos en una discusión sobre el futuro de la compañía y -valga la redundancia- pasaron por alto el destino prefijado.
Los discutidores, parientes cercanos de los iconoclastas, esos antiguos destructores de ídolos, conforman una vasta tribu que acecha nuestra vida cotidiana con sus opiniones y rápidas conclusiones en un mundo que crece entre el escepticismo y las profecías alarmantes. Habitan tanto en ciudades superpobladas como en la soledad del campo. Sin ir más lejos, la zona rural bonaerense presenta numerosos ejemplos para estos batalladores orales que toman temas tan triviales como el estado del tiempo como centro básico de la discusión con interlocutores que, en clara desventaja, aceptarán sus laberínticas explicaciones con estoica resignación.
Así, el discutidor profesional insistirá con argumentos probables o incomprensibles, esgrimirá cifras demostrables sólo para los entendidos y luchará para confirmar que tiene razón, que domina el tema elegido y que su respuesta es la correcta. Tal como refiere Adolfo Bioy Casares en Guirnalda con amores : "Recuerda siempre que tu interlocutor no tiene otro interés que sí mismo. Háblale de él; ofrécele una ocasión para que se analice y para que se explique; no lo obligues a admitir en trueque informaciones sobre ti. ¿No ves? El pobre espera cortésmente que te calles; recoge tus palabras como parte de un trueque inevitable; no le interesan; quiere hablar de nuevo".
Esta actividad forma parte de la tradición nacional, no es casual que Jorge Luis Borges haya puesto Discusión como título a una de sus obras, escrita en 1932. Por su parte, F. C. Sáinz de Robles en su Diccionario de Sinónimos y Antónimos reserva para discusión una serie de términos equivalentes que van desde pugilato , patatín patatán , picarse las crestas hasta bizantinismo.
También Hermann Hesse, en Cartas inéditas , reflexiona sobre este tema y escribe: "Siempre ha ganado quien sabe amar, soportar y perdonar; no el que mejor lo sabe todo y todo lo enjuicia".
En buen castellano, discutir es, según el Diccionario de la Real Academia, "examinar y ventilar atenta y particularmente una materia, haciendo investigaciones muy menudas sobre sus circunstancias". En una segunda acepción: contender y alegar razones contra el parecer de otro.
De todas maneras son muy pocas las guerras y contados los conflictos que tuvieron por este medio un final feliz o, mejor dicho, pacífico. Reza un viejo y no menos actual adagio nacional: Todos hablan, pero el poncho no aparece . Y si de hablar se trata, es común entre las reflexiones de algunos de nuestros políticos la inclusión de maniqueísmo en sus críticas hacia sus colegas del lado de la oposición. Secta inspirada por Maniqueo o Manes, nacido en Persia en 215, que resumía el origen de la creación en dos principios: uno representaba el bien; el otro, el mal.
Pasa en cualquier familia
En todo núcleo familiar existe un discutidor o varios de esos seres que si no la ganan, la empatan y, si no saben, inventan la respuesta oportuna muchas veces importunando a su audiencia. Una audiencia, por supuesto, voluntaria o involuntaria, que participa o permanece calladita.
Clara Márquez, ama de casa de 45 años, cuenta que en las reuniones familiares se destaca siempre la voz altisonante de su tío Carlos. "Cariñosamente lo llamamos el Lobo Feroz , porque enseguida se acalora y muestra garras y abre sus fauces para imponer su idea y defender su posición. En casa decidimos que a la hora de sentarnos a la mesa no se hable más de política, economía, religión, ni temas vinculados con las enfermedades ni el dinero..., pero con el tío Lobo nunca se sabe", suspira la señora Márquez.
Muchas veces, los personajes mediáticos originan durante reuniones de amigos opiniones encontradas que terminan generando tensión entre los comensales. Alberto Expert, un ejecutivo de finanzas de 54 años, recuerda cuando, en un asado en casa de sus primos, se sentó junto a uno de ellos que no veía hacía mucho tiempo, que "nunca se sabe si está hablando en serio o en broma". Lo cierto es que no lo pasó nada bien cuando su pariente hizo referencia a un cuestionado personaje que aparecía en forma constante en los medios debido a que se sospechaba que tenía una docena de causas penales en su haber. "De golpe se incorporó en la punta de la mesa una señora gorda con una botella en la mano. Y, furiosa, exclamó que el personaje en cuestión era un santo. Enseguida nos callamos y esperamos a que la señora se calmara y mi pariente cambió oportunamente de tema", cuenta Expert.
Es habitual en una discusión lo que bien considera Bergen Evans en su libro Historia natural del disparate : "Parecería un principio político que lo que no puede ser remediado debe ser oscurecido. Las tres grandes estrategias para oscurecer un problema son: presentar cosas que no vienen al caso, suscitar el prejuicio y excitar el ridículo".
Todo esto, sin duda, será un excelente material para ser discutido.
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