Sobre la peor de las penas

Opinan Rousseau, Camus, Robert Kennedy, Lao-Tsé y otros
Alejandro Schang Viton
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25 de julio de 2012  

Pasa cada tanto: algún crimen pone en el tapete la polémica sobre la pena de muerte. Esta vez, el responsable del hecho fue el estadounidense James Holmes, el tirador de Denver que abrió fuego durante el estreno local de la última película de Batman, en el que murieron 12 personas. En unos días se presentarán los cargos formales y la fiscal de la causa, Carol Chambers, ya anunció que considera pedir la pena capital, aunque lo decidirá tras consultar con las familias de las víctimas.

Así, por estos días, las opiniones de un bando y del otro empezaron a  levantar vuelo mediático. Convendría también, de paso, considerar las del humorista catalán Perich, cuando afirmaba hace una década: "Por principios estoy en contra de la pena de muerte, aunque, confieso, la muerte de algunos no me daría ninguna pena".

Si se investigara un poco el tema, se comprobaría que, ante todo, la pena de muerte llega en nombre del orden y quizá no se trate, como algunos aventuran, de matar a unos cuantos malhechores. En algunas cartas que dejó el filósofo francés Jean Jacques Rousseau, el formular el fundamento del derecho a quitar la vida significa una conveniencia que conviene solamente al Estado. Y sostiene: "Conviene al Estado que tú mueras".

Por su parte, el escritor francés Albert Camus afirmó: "El castigo supremo ha sido siempre, a través de los siglos, una pena religiosa, infringida en nombre del rey, representante de Dios en la Tierra, o por los secerdotes, o en nombre de la sociedad, considerada como un cuerpo sagrado".

No hace mucho, a principios de los años 50, el Comité del Distrito de Columbia, Estados Unidos, manifestaba en forma oficial que la pena capital no es más que "una discriminación arbitraria contra una víctima ocasional. No puede decirse siempre que se reserva como un arma de justicia distributiva para los criminales más atroces, porque no son precisamente los más criminales los que sufren su efecto". Agregaba también que "casi todos los criminales con poder e influencia logran escaparse".

Y Lewis E. Lewis, alcalde de la prisión de Sing-Sing, al que le tocó acompañar a más de un centenar de personas a la muerte, sostuvo fríamente que la pena en cuestión "no se aplica en la misma medida al rico que al pobre. El que se defiende, si goza de medios holgados, podrá lograr que su caso sea presentado favorablemente, mientras el que se defiende pero no tiene nada, debe agradecer que le asignen a un abogado de oficio como gran cosa".

No hay héroes

Cuando Edmund Brown ocupaba la gobernación de California confesó, después de una ejecución muy mentada, que la pena de muerte constituye un gran fracaso. "Porque, a pesar de su horror y su incivilidad, ni ha protegido al inocente ni ha detenido la mano de los criminales. Sólo ha servido para ejecutar a los débiles, a los pobres, a los ignorantes y a miembros de minorías raciales."

Y en los días en que Robert Kennedy fue fiscal general de Estados Unidos, expresó que el pobre y el rico "no reciben la misma justicia ante los tribunales americanos".

Años antes, en la novela 1984, George Orwell plantea que "cuando del dolor físico se trata, sólo una cosa es posible pedir, y es que pase pronto. Nada hay sobre la Tierra más atroz que un dolor físico. Ante esta clase de dolor no hay héroes, no puede haberlos".

Para terminar, unas sabias palabras de Lao-Tsé: "La meta de un líder íntegro es abrir los corazones de la gente, llenar sus estómagos, calmar sus deseos, fortalecer sus huesos y así clarificar sus pensamientos para que ningún entrometido artero pueda tocarlos. Sin ser forzado, sin esfuerzo o apremio, el buen gobierno surge solo".

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