
Soderbergh va por el Oscar
El jueves se estrenará "Traffic", nominado para los premios al mejor film y al mejor director
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LOS ANGELES.- Es el director de moda entre los ejecutivos y las estrellas de Hollywood y al mismo tiempo es uno de los más respetados por la crítica internacional. A los 38 años, tras una década con más frustraciones que halagos, Steven Soderbergh obtuvo lo que la inmensa mayoría de sus colegas nunca consiguen o, en el mejor de los casos, alcanzan por mitades: éxito y prestigio. Sus películas "Erin Brockovich, una mujer audaz" y "Traffic", que en la Argentina se estrenará el jueves próximo, están nominadas al Oscar a la mejor película, en tanto que Soderbergh es candidato, por ambas al Oscar al mejor director.
En los últimos meses, Soderbergh -que se había dado el gusto de rechazar proyectos como "Belleza americana" y "¿Quieres ser John Malkovich?"- dio a conocer"Erin Brockovich, una mujer audaz", trabajo que terminó de consagrar a Julia Roberts y que lleva recaudados 257 millones de dólares; luego, a fin del año último, estrenó "Traffic", impactante retrato de la guerra contra las drogas que se convirtió en el título más premiado de la temporada.
Esa racha se completa con el rodaje de "Ocean´s Eleven" (aquí se conoció como "Once a la medianoche"), remake de la comedia gangsteril que en 1960 protagonizó el Rat Pack completo (Frank Sinatra, Peter Lawford, Sammy Davis Jr., Dean Martin y Joey Bishop) sobre un grupo de once amigos que roba cinco casinos de Las Vegas durante una noche. En la nueva versión, Soderbergh consiguió reunir a tantas estrellas como se lo propuso: Brad Pitt, Matt Damon, Julia Roberts, George Clooney, Bill Murray y Andy Garcia encabezan un elenco pocas veces visto.
Pero este hombre flaco, calvo y algo introvertido, que recibe a La Nación todo vestido de negro en el coqueto Four Seasons de Beverly Hills, tiene también una rica historia previa al mágico 2000 que disfrutó.
En 1989, Soderbergh obtuvo la Palma de Oro en Cannes con su opera prima "Sexo, mentiras y video", película que marcaría tendencia en el cine independiente norteamericano de los años 90. Tenía apenas 26 años y se convirtió así en el director más joven en ganar el premio más codiciado del circuito de festivales. Aquel éxito -que el mismo admite hoy fue desproporcionado (costó un millón y recaudó cien veces esa cifra)- lo catapultó a la categoría de joven prodigio y gran esperanza.
Pero contra todos los pronósticos, no aceptó proyectos de los grandes estudios (recibió propuestas de los megaproductores Don Simpson y Jerry Bruckheimer) y apostó por un cine personal y estilizado como el de la atmosférica "Kafka", el sensible retrato de la infancia durante la Gran Depresión de "Rey de la colina", la experimental sátira surrealista "Schizopolis", el registro de los monólogos de Spalding Gray en "Gray´s anatomy"; y tres incursiones en el cine noir: la pequeña "Pasiones latentes" (aquí editada directamente en video), "Una relación peligrosa", melodrama basado en una novela de Elmore Leonard y la extraordinaria "Vengar la sangre", protagonizada por Terence Stamp. Pero con ninguno de esos siete trabajos consiguió siquiera acercarse el éxito comercial de su primera película.
Cuando el establishment hollywoodense y la crítica empezaban a considerarlo un caso perdido, Soderbergh resurgió con un buen ejemplo de cine popular como "Erin Brockovich..." y con la aclamada "Traffic", que Stephen Holden, crítico de The New York Times, definió como "la épica más resonante desde "Nashville" o incluso desde "El Padrino"".
Fanático confeso de Jean-Luc Godard, Max Ophuls, Howard Hawks, Bob Rafelson, Martin Scorsese y Peter Bogdanovich (de allí su eclecticismo estético y temático), Soderbergh lideró con "Traffic" uno de los proyectos más arriesgados de los últimos tiempos: describir en profundidad la problemática del narcotráfico y el consumo de drogas en diferentes escalas: individual, familiar, policial, económica, política y social.
Para esta producción independiente, Soderbergh contó con un presupuesto de casi 50 millones de dólares (cifra que ninguna major hollywoodense se animó a arriesgar) y con un elenco encabezado por Michael Douglas, Catherine Zeta-Jones, Benicio del Toro, Dennis Quaid, Don Cheadle, Amy Irving, Luis Guzmán y Steven Bauer. Basada en la miniserie "Traffik", proyecto del Channel Four británico que retrató el tráfico de drogas entre Inglaterra, Turquía y Paquistán, la ambiciosa película que ahora tanto suena para varios premios Oscar fue realizada por Soderbergh en tiempo récord para los actuales cánones del cine norteamericano.
-¿Por qué se apuró a rodar un film tan complejo como "Traffic"?
-Corrí y presioné por este proyecto porque sentía que debía hacerse antes de las elecciones presidenciales, que podía aportar al debate cuando los dos candidatos no presentaron propuestas serias sobre el tema. Toda la discusión mediática giraba en torno de si un candidato había consumido alguna droga en su juventud, mientras "Traffic" plantea que se trata de una guerra que estamos perdiendo.
-¿Se sentía seguro para enfrentar semejante desafío?
-¡Es que ésta es mi décima película! Seguramente antes no me hubiera animado a hacer en nueve semanas un film coral y laberíntico, rodado en 110 diferentes locaciones de nueve ciudades, con decenas de personajes y con 130 partes muy dialogadas. "Traffic" es una película hecha con cámara en mano, al estilo del Dogma 95, pero con 49 millones de dólares y unas cuantas estrellas.
-¿Cómo hace para cambiar de estilo y de estética de un film a otro?
-Primero analizo el material y luego elijo la mejor manera de filmarlo. Dicen que mi cine es estilizado, pero no tengo una estética definida. Así, puedo pasar de "Vengar la sangre", una película experimental con narración fragmentada, a otra de corte social concebida para Julia Roberts, como "Erin Brockovich". No tengo miedo a fracasar con los cambios, me gusta probar y tener algunos films que se vean mucho y otros que no los vea nadie.
-Tampoco le tuvo miedo al cine político en momentos en que es considerado un género que espanta al público.
-Mi modelo para "Traffic" fue "Z", de Costa-Gavras, pero con un sentido del thriller como, por ejemplo, "Contacto en Francia". La droga es un asunto central de la cultura actual. Todos conocemos a alguien cercano que ha estado relacionado con las drogas. Pero ésta es una película que no presume de dar respuesta, sino simplemente de proponer ciertas preguntas.
- ¿Cuáles fueron las reacciones ante un tema tan polémico?
-Estaba seguro de que no le iba a gustar a nadie y, sin embargo, todos los sectores tuvieron respuestas positivas: desde la DEA y la Aduana hasta los grupos de izquierda, que la consideraron en favor de la despenalización. Incluso, varios senadores aparecen en persona dando su visión del tema en pantalla cuando la película es muy dura con los políticos porque muestra que la inmensa mayoría de ellos no tiene la más mínima idea al respecto.
-¿Cuál es su posición respecto del consumo de drogas?
-Me siento menos seguro de algunos aspectos después de haber hecho la película. No hay respuestas sencillas, porque más allá de lo ideológico existen complicaciones prácticas. Sería fácil decir: "Legalicemos el consumo, así los gobiernos cobran impuestos como ocurre con los cigarrillos". Pero eso no va a ocurrir en los Estados Unidos, por lo menos en un futuro cercano. Entonces, me parece que hay que debatir sobre alternativas más realistas. La legalización e incluso la despenalización del consumo son cuestiones que se tienen que aplicar por medio de tratados internacionales, porque si se hace aisladamente todos los usuarios terminarían yendo a los países donde las leyes son más blandas. Lo primero que hay que hacer es no encerrar a todos los adictos, no maltratarlos y no aplicar la violencia como primer y único método de contención. La drogadicción es una cuestión sanitaria, no criminal.
-La película también muestra cómo se dilapidan recursos y al mismo tiempo no se sabe realmente qué políticas implementar.
-La lucha contra las drogas es un agujero negro de miles de millones de dólares. Se trata de una cuestión moral en los Estados Unidos. Se gasta demasiada plata en represión y en abrir más cárceles en vez de invertir esos fondos en el tratamiento de los adictos. Las cifras son impresionantes: se destinan 19.000 millones de dólares por año, mientras que 15 millones de consumidores norteamericanos gastan 62.000 millones cada año en drogas ilegales. En estos momentos hay 500.000 personas en prisión en Estados Unidos por casos relacionados con drogas y otro millón en libertad bajo palabra.
-¿Usted experimentó personalmente con drogas?
-Sí, pero desde un punto de vista muy diferente. Fue a los veintipico, en la facultad y con drogas blandas, como una experiencia individual y no presionado por los demás o como una vía de escape. Siempre leí mucho sobre drogas y el tema es muy perjudicial, especialmente durante la adolescencia.
- ¿Tuvieron problemas para filmar en la zona fronteriza de México?
-Muchísimos. Estuvimos poco más de un día. "No vengan ni con seguridad propia", nos avisaron. Y no era un chiste. Todos estaban felices cuando nos íbamos. Hablamos con policías de Tijuana y también con gente de los carteles. Allí mataron a 68 personas en los cuatro meses previos al rodaje, incluido el jefe de policía. En los últimos diez años la situación ha empeorado mucho por la acción de los Estados Unidos.
-¿Qué es lo que más le impresionó?
-En el paso de frontera hay 28 líneas donde se revisan los autos y la gente que pasa. Desde el lado mexicano están los traficantes mirando con binoculares y tienen un sistema de señas para indicar qué perros tienen el olfato quemado por las drogas y ya no detectan a las mulas contratadas que pasan la droga. De golpe, todas esas mujeres, que en su mayoría están embarazadas, empiezan a pasarse a esa fila.
-¿Por qué decidió filmar la historia que transcurre en México en español cuando se sabe que el público anglosajón se niega a leer subtítulos?
-Porque quería que se tomara en serio la película. Benicio del Toro es de Puerto Rico, pero se pasó meses con un coach perfeccionando el acento de Tijuana. Necesitaba que todo fuese lo más creíble y auténtico posible.
-¿Por qué no le permitieron figurar como director de fotografía?
-Por ridículas cláusulas de sindicatos no pude poner "un film fotografiado y dirigido por..." Así que me convertí en Peter Andrews, que son los nombres de mi padre. Voy a seguir manejando la cámara y eligiendo la luz que quiero. En "Traffic" necesitaba una sensación documental, de inmediatez. Son tres historias con diferentes estéticas, colores, texturas, y sólo uno puede tener en la cabeza exactamente cómo quiere cada imagen.
-¿Está satisfecho con la experiencia?
-Fue genial, pero a la vez devastadora, porque no me dio respiro. Me di cuenta de lo importante que puede ser la pausa de cinco minutos fuera del set. Pero no creo que a partir de ahora pueda trabajar de otra manera.
-¿Cómo fue el trabajo con Michael Douglas y Catherine Zeta-Jones?
-Michael Douglas, que reemplazó a Harrison Ford, fue la mejor elección posible, porque entendió perfectamente el derrotero emocional que siente el juez que encabeza la lucha antidroga y a la vez tiene una hija adolescente adicta. Catherine estaba embarazada e hizo un papel absolutamente alejado del glamour de la estrella que es. Yo sabía que podía hacer algo bien diferente.
-En su próximo proyecto deberá lidiar todavía con más estrellas. ¿Cómo les maneja el ego?
-Es más fácil de lo que parece. Mis experiencias previas con George Clooney y Julia Roberts fueron muy positivas. En un ambiente exigente y superprofesionalizado, como el de mis rodajes, una estrella que tiene arranques de divismo queda tan mal- parada que el resto del equipo la empieza a mirar tan mal que no se atreve a tener ningún desplante. La clave es la honestidad. Fíjese que todos quieren volver a trabajar conmigo, y eso no es demasiado común en Hollywood, donde todos son vanidosos, egocéntricos y se pelean enseguida.
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