Morocha, estrella, admirada por las chicas... No es Beyoncé, pero parece. Y, mientras espera llevar sus electrizantes apiladas de hockey a Atenas
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La vieja usina está al dente. Los cuerpos brillan, acumulan ese sudor, ese vaho caliente del rock. El Pelado Cordera termina su tema de explícita referencia al sexo oral “Mi caramelito” coreado, esta vez, por un público con tonadita cordobesa. A un costado del campo, una morocha, arengada, transpirada, se destaca entre las petisitas culonas. No, nada estridente. Es una más, otra chica regalándose una canción con su novio. Pero la remera anudada por encima del ombligo acorazado, el gesto para la tribuna al coreografiar el estribillo, revelan enseguida que es una superheroína del deporte criollo. Y además, el crédito local por belleza que ella misma sabe lucir y por fama deportiva bien ganada: La Leona Soledad García. Las culoncitas cordobesas la relojeaban con cara de haber pescado in fraganti a una celebridad. “Yo saltaba y cantaba y al lado tenía a tres pibas que me miraban así”, recuerda la delantera de la selección de hóckey sobre césped, haciendo el replay de una cara de asombro. “En un momento las encaro y les digo «Chicas ¡yo soy normal, eh! De carne y hueso, tocame.» Deben pensar que soy un robot que entreno, entreno, y soy una Leona.”
Hace ya cuatro años, cuando se colgaron una medalla plateada en Sydney 2000, explotó el “Boom de las Leonas”. Y la onda expansiva no aflojó: dos años después, ganaron el último Mundial. Con 23 años, la dueña de la emblemática y pesadísima camiseta número 10, sigue sin acostumbrarse. “No soy famosa, ahí la gente me conoce porque soy la única Leona cordobesa.” Pero desde muchos ángulos es una morocha destacada: a los 7 años, en el Universitario de Córdoba, era más temida que un francotirador. “Yo era la pesada del palo y la bocha, la de las ventanas rotas. Me metía en la cancha, hasta que el entrenador me echaba a los gritos”.
Hoy, ese técnico mataría por tener a Soledad de su lado. La cordobesa es desequilibrante, veloz, brava como una black mamba rumbo al arco contrario. A tono con la camiseta maradoniana, Soledad ya firmó varios goles al estilo Diego vs. Los ingleses. En Sydney dejó uno para el recuerdo contra la Selección china. “Arranqué de mitad de cancha, esquivé a cuatro o cinco jugadoras y lo metí, casi cayéndome”, recuerda minimizando la jugada. “En el club hice varios así, pero ese fue en los Juegos Olímpicos. Si no salía, me mataban.”
Como a una Bandana versión sport, las nenitas la idolatran, las teenagers la imitan ¿y los hombres? “Desde hace unos años, los uniformes se hicieron más ajustaditos, más finos. Al ojo masculino también le gusta ver cómo una mina se tira a pelear una bocha y al toque se levanta y se está arreglando la ropa”, confiesa. Y convengamos que a muchos hombres también les atraen esos muslos pronunciados y tanto afecto entre chicas.
Pero si el síntoma de la leonamanía se lee en las medallas, en la hidalguía con que ganan partidos, la explicación al fenómeno hay que buscarla en 1998, cuando empezó a surtir efecto el primer año de trabajo de Sergio Vigil, el obsesivo y positivista dt león. “Hoy ves videos y fotos de esa época, con las mismas chicas de hoy y hace cinco años eran gordas. Bueno, no quiero decir gordas, pero sus caras y sus cuerpos eran distintos.” También tuvo que ver Luis Barrionuevo, el preparador físico, que planificó el paso de gordis del hockey a amazonas del pasto sintético. Barrionuevo fue honesto (“Y sí, chicas, van a tener que comprar ropa más grande”) y transformó la madrugada del martes en las “mañanitas del terror”. Ese día pesadillesco, las chicas se cuelgan un trineo con siete kilos, y lo arrastran en carreras agobiantes. “Sabés que te hace bien, pero te cuesta, te duele todo el cuerpo. Hace años que me entreno, y todavía me duele el estómago, me pongo nerviosa, cada vez que me paro frente a la línea antes de correr”.
Sole ya tiene bien trazado un plan para después de los Juegos (“Podemos ganar, pero ya estar ahí es lo máximo”). Escuchará alguna oferta para pasar a algún club europeo (este año estuvo tres meses en Colonia, Alemania, ganando más que nada experiencia, y un sueldo de 1000 euros por mes), viajará con su eterno novio Agustín (le falta una materia para recibirse de Diseñador Industrial) y seguirá poniendo garra con Las Leonas. Pero para más adelante, prepara su revancha contra el sacrificio: “Después de ver todo el esfuerzo que vengo haciendo desde hace tanto tiempo pienso que, cuando sea más grande, no voy a mover un músculo más. Veo a esas señoras grandes que se re cuidan y me parece que no voy a correr ni media cuadra más. ¡Listo! No me importa... Si se va el colectivo, que se vaya”.

