
Spinetta se volvió canción en el Colón
"Corazón acústico", recital de Luis Alberto Spinetta, en guitarra y voz. Con Claudio Cardone, en piano y teclados. El sábado, en el Teatro Colón.
Nuestra opinión: excelente
Spinetta entra en el escenario del Teatro Colón como si estuviera en el living de su casa, con la naturalidad de quien se sienta a cantar para los amigos íntimos. Lejos, a años luz de la solemnidad que impone el Colón, algunos de sus fieles hasta se animan a sentarse en el pasillo de la platea para escucharlo a escasos metros de distancia. Son los que pagaron setenta pesos y dieron pie al músico para decir que se sentía "como un producto de la canasta navideña".
Sin embargo, la entrada al "paraíso" terminó saliendo barata para otros. Por cinco pesos (ubicados en el punto más alto del teatro), la gente vivió la experiencia de tocar el cielo con las manos cuando Spinetta derramó esa mágica lluvia de canciones formato "kamikaze", que se desprendieron de la guitarra y de su voz, acompañado por las refrescantes "gotas" musicales que aportó Claudio Cardone en el piano y los teclados.
En esa catedral de la música Spinetta entregó al público el carozo desnudo de sus temas. Por eso, desde que arrancó con los acordes de "Con su amor ahí", hasta el último final con "Plegaria para un niño dormido", el artista se ofreció en el universo despojado y sin artificios de su obra.
Con una propuesta acústica irrepetible (siempre se presenta con sus formaciones más eléctricas), se desprendió de su corteza para volverse simplemente canción. En un acto abismal el músico se arrojó desde la guitarra y la desnudez de su voz íntima, que emocionó por el manejo de los silencios y los matices, para que las canciones brillaran en estado de pureza total.
La gente asistió a la sensación de revivir ese momento de alumbramiento del creador, cuando un fulgor rompe la oscuridad del silencio y surge la melodía, cuando un acorde o la palabra se ensamblan haciendo detonar imperceptiblemente la maravilla. Así sucedió cuando los grillos comenzaron a sonar, acompañados del ritmo de la zamba "Barro tal vez", o con la intensidad poética de "Durazno sangrando", que provocaron esa vibración energética que permite ver el mundo desde otro lugar. Esos temas, los de ayer, que maduraron como el vino en su cuerpo delgado y elástico, siguen a la par de sus canciones más nuevas, como "El bosque", "Tonta luz" o su incandescente versión de "Las cosas tienen movimiento", de Fito Páez, que celebran su espíritu inquieto y están atravesados por la misma honestidad.
"Yo sé que mucha gente prefiere escuchar más los clásicos que los nuevos. Pero seguramente cuando pase el tiempo les gustará escuchar estas nuevas canciones, en vez de las que esté haciendo en ese momento. Así es mi vida", sostuvo el músico, en uno de los tantos comentarios amables.
Vibrando en ese diálogo entre sus temas de otros tiempos y las canciones de su último disco, "Para los árboles", el músico desarrolló un trabajo de disección para mostrar el alma sangrante de sus temas, separando las capas de cebolla que suelen revestir el cuerpo musical de una obra, hasta encontrar su esencia luminosa.
En cada pequeño rasguido en su guitarra acústica, en cada filamento de su expresiva voz y en cada gesto musical de Cardone, que también recurrió a samplers de cuerdas, loops o atmósferas musicales más jazzeras, el músico logró tocar el centro de su canción, llegando a esa raíz primal del canto. Con esa misma carga emotiva y de austeridad, el Flaco interpretó temas de su hijo Dante y de Valentino (aclaró que cuando Vera, a la que dedicó una canción, y Catarina tengan sus temas, también se los cantará), que se elevaron como bellas plegarias y lo mostraron con una envidiable juventud y una serena madurez. Confirmando una premisa básica de su vida musical: la de que mientras siga haciendo canciones, mañana será mejor.




