
Escritor pop desentierra las canciones de su vida.
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Estoy frente a un cinepata que viene llegando de Suiza. Se llama Alberto Fuguet y su apellido es un adjetivo dentro de la escena literaria chilena. Su oficina en un edificio de Las Condes es pequeña y funcional, ideal para una consulta psiquiátrica. También es un refugio blindado para escribir. Pese al nombre, su nueva novela Las películas de mi vida (2003) no es una obra autobiográfica frontal ni una selección académica de cintas imprescindibles, sino la historia de un sismólogo que mide su fracturada vida en 35 milímetros. A escala cinematográfica-Richter, Fuguet creció en Encino, California, tierra movediza alrededor de la falla de San Andrés. El afiche de la película adolescente Encino Man cuelga en uno de los muros de este sexto piso, al lado del póster de Mala onda, su popular novela en proceso de adaptación al celuloide. Fuguet sube y baja de los aviones, disfruta con la ambigüedad territorial: "Me gusta la idea de que la gente crea que no vivo acá, así estoy más tranquilo", cuenta.
Fuguet regresó a Santiago a los 13 años. Estudió periodismo en la Universidad de Chile. La sinopsis de su vida incluiría una ruidosa explosión inicial con su libro de cuentos Sobredosis (1990); luego, vendrían su consagración con Mala onda (1991) y el imperioso contraataque con las novelas Por favor, rebobinar (1994) y Tinta roja (1996). De ahí pasaríamos a su accidentado rol como guionista-productor de En un lugar de la noche (2000), la recopilación de textos periodísticos Primera parte (2000), y aquella portada en la revista Newsweek como rostro del movimiento narrativo McOndo y asesino part-time del realismo mágico. Como fogonazos, un par de incursiones como dramaturgo y frente al micrófono de Radio Concierto. Aunque todo esto cabe en la solapa de un libro, existe una tierra poco transitada: las citas y referencias musicales que inundan las páginas de su trabajo como las cascadas de símbolos de Matrix. Por eso estoy frente a él: para descubrir al discópata dentro del cinépata, para capturar al melómano que repta debajo del escritor, para preguntarle sobre los discos y las canciones de su vida.
Fuiste crítico de rock un buen rato, ¿te asignaron la tarea?
Sí. Volviendo más atrás, yo siempre quise trabajar en radio. No sé por qué. Me crié en California y la radio era muy importante, a pesar de que la televisión estaba en su momento de gloria "pre-cable".
Quizá porque es una ciudad con muchas autopistas y distancias largas.
Claro, para mí siempre los momentos epifánicos tienen como protagonista a gente hablando y escuchando música en el auto, mientras se revelan cosas importantes. Cuando me dices "las canciones de mi vida", pienso "puta, no voy a ser capaz de responder nada". Pero recuerdo que una noche en Los Angeles escuché a Gin Blossoms por la carretera oscura, en los pocos minutos en los que estaba vacía. Y sentías que la música te llevaba. Mi práctica inicial fue en Radio Portales. Ahí tuve mi primer problema, como sucedió con el establishment. Me trajo conflictos la cultura pop, me di cuenta de que el resto de las personas no veía el mundo como yo. Y me putearon.
¿Qué hiciste?
Vino Charly García a Chile. No era mi cantante favorito, pero me parecía cool que viniera alguien. Pedí reportearlo y nunca se me ocurrió ser objetivo. La conferencia de prensa fue en el Hotel Carrera, y una periodista tonta -todas tenían alrededor de 45 años y eran como Paulina Nin de Cardona, aunque más inteligentes- le preguntó cómo veía a Chile. García respondió: "Tropa de milicos, borrachos, inútiles". Y yo aplaudí. Al día siguiente, salió una editorial en Las Ultimas Noticias diciendo que Charly les faltó el respeto a los periodistas porque llegó bebido y tarde, y que algunos incluso lo celebraron. Al final, destrozaron mi texto.
El atropello radial no fue el primero que sufrió Fuguet. En la universidad lo pasó mal, aislado, lejano al masivo culto a Pablo Milanés y a Silvio Rodríguez. Cuando en una fiesta de la escuela puso "I Was Made for Lovin’ You" de Kiss y otras delicias rocanroleras, sus compañeros se enojaron. "Esa música les parecía imperialista, falsa, les daba como pena", recuerda. Entonces conoció a un tipo que nunca llegó a ser su amigo, aunque fue el socio perfecto: el futuro rostro multimedia Marcelo Comparini, quien tenía algunas Rolling Stone. Decidieron suscribirse a medias, pero era mucha plata. La solución fue agarrar la máquina de escribir y teclear, pidiendo una rebaja como estudiantes de periodismo de un lejano país bajo dictadura. Tres meses después, tenían suscripción gratis por un año y habían conmovido a varias personas en los cuarteles centrales de la revista. "Por primera vez, me di cuenta de que podía usar la política a mi favor", manifiesta. Tras un período dedicado al periodismo policial, a fines de los 80 empezó a escribir en las revistas Apsi y Mundo Dinners. En esta última aceptó la columna musical, cuando el titular Carlos Fonseca decidió consagrarse a la banda que dirigía: Los Prisioneros. "No me sentía preparado, pero dije que sí", confiesa quien llenó páginas destinadas a bandas como r.e.m., They Might Be Giants, Guns N’ Roses y Faith No More.
¿Nunca fuiste melómano?
No fui tan melómano, no sabía tanto, no me sentía objetivo. Las columnas de Fonseca eran más técnicas. Yo sentía que sólo podía opinar sobre las letras, la onda, lo que representaban.
¿Te enganchaste con el rock chileno de los 80?
No sé si me enganché, pero está en mi disco duro. Cuando hicimos En un lugar de la noche, luché y logré meter algunas canciones que sentí que eran parte del inconsciente. La única canción que realmente me gusta es del grupo Nadie, "Ausencia". A Los Prisioneros nunca los sentí como iguales, tenían onda y energía, pero yo estaba más cercano a Nadie, porque eran como transplantados, y "Ausencia" era una canción triste, incomprendida, operática. Cerati fue el primer huevón que me llamó la atención. Yo disfrutaba sus letras: no me decían tanto, pero me gustaba cómo usaba las palabras. Nunca me había dado cuenta de que el castellano podía sonar cool. "La ciudad de la furia" es una canción que me parece estupenda.
Interrumpimos la charla para subir a la azotea. Espera el fotógrafo. Vamos por las escaleras, los ascensores no funcionan; es sábado, pasado el mediodía. En el trayecto, Fuguet recuerda a Tom Petty con los magníficos discos Into the Great Wide Open (1991) y She’s the One (1996, banda sonora de la cinta de Ed Burns); a Bob Dylan con la "oscarizada" Things Have Changed, de la película Fin de semana de locos (Wonder Boys, 2000). Menciona que una de sus últimas compras fue The Wind (2003), del fallecido Warren Zevon. Llegamos al decimoquinto piso, él con la respiración agitada. El fotógrafo sugiere que se pare sobre el borde del edificio, como Di Caprio en la proa del Titanic. Alberto, de casi 40 años, no se atreve al principio, pero luego acepta, aferrándose con fuerza a su gorra que dice "writer".
Bajamos al estacionamiento del edificio para más retratos. En el descenso, ahora sí por ascensor, hablamos de Paul Westerberg y "Dyslexic Heart", el himno de la película Vida de solteros (1992); de Paul Simon y su extraña cinta One Trick Pony (1980), donde hace de one-hit wonder en caída libre ("si la encuentras en algún lado, avísame", me pide). Fuguet tiene una increíble facilidad para amarrar canciones con películas.
Cuando volvemos a la oficina, expone su cariño por el rock estadounidense: "Born in the u.s.a., de Bruce Springsteen, me habló; con Sobredosis fue la primera vez que sentí nostalgia por algo que nunca había vivido. Sentí que hablaba de algo profundamente norteamericano y hasta hoy me gusta, como también John Cougar Mellencamp. Me gustan mucho los norteamericanos y eso nunca lo he podido compartir. Mi cantante-banda favorito es Tom Petty. «Free Fallin’» me da escalofríos. Para mí, esa canción y La ley de la calle son momentos clave en mi carrera: me di cuenta de que había artistas o gente seria que podían hacer arte con lo que Chile consideraba mierda. Podías construir y emocionar con historias que te tocó vivir a ti.
Pop geográfico...
Puta, buen término.
Fuguet hizo un par de peregrinaciones rockeras. Caminó por Aberdeen, la cuna de Kurt Cobain: "Entendí bastante cómo de un pueblo de mierda salió alguien como él; en la tienda de comics, había un letrero que decía «si no vas a comprar, no leas»". Además, visitó Asbury Park, en Nueva Jersey, por Bruce Springsteen; pero no fue como imaginaba. Su debilidad por los hoteles lo llevó a varios legendarios, como el Chelsea de Manhattan, citado por Leonard Cohen y donde Sid Vicious mató a su novia Nancy. Alberto se alojó en la pieza que solía usar Marianne Faithful. También estuvo en el Gramercy Park Hotel de Nueva York, incluido en la película Casi famosos, de Cameron Crowe, e inmortalizado en el álbum Tango, de García y Aznar. Al bar del Gramercy solían asistir los sedientos The Clash, Sting y Debbie Harry, de Blondie. Para coronar, y aunque por azar, estuvo en Zanzíbar, Tanzania, en la casa donde nació Freddie Mercury.
Para esta entrevista, ¿te preparaste haciendo una lista mental de canciones?
Sí, un poquito, pero a la larga me remití a mis libros. Me di cuenta de que tenía muchísimas, porque uno no cita por casualidad. ¿Viste Las vírgenes suicidas? Cuando se pasan discos por teléfono, creo que eso capta el poder de la música. Esa secuencia dice que las canciones hablan por ti.
Fuguet habla de literatura con códigos musicales. Cuando reeditó Por favor, rebobinar, se refirió a la nueva versión como un remix con bonus tracks. En ese mismo libro inventó a dos rockeros, e incluyó sus respectivas discografías y las reseñas de sus producciones: Josh Remsen y Pascal Barros, construidos a imagen y semejanza de Mike Patton. De la vapuleada En un lugar de la noche opina que fue como "un disco de sello independiente que nadie escuchó, pero que va a crecer con los años". Sin embargo, Fuguet nunca quiso formar una banda. Su equivalente es un equipo de rodaje, punto que marca la decidida orientación cinematográfica que asume hoy. Debutará como director en 2005 con Se arrienda, una película que escribe junto a Francisco Ortega. Su próximo volumen de cuentos lleva por título Cortos. La obsesión personal es armar una trenza entre escribir y filmar.
¿Sientes que se escribe bien en Chile, ya sea periodismo o literatura?
Siento que somos poco fans, poco groupies. Siento que hay que escribir o filmar siempre desde la república del cariño. Aquí la mayoría de la gente es culpable antes de demostrar su inocencia.



