La banda liderada por Brett Anderson cerró la edición 2012 del Pepsi Music; crónica y fotos
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Una gira reunión puede ser una excusa para facturar con lo que el paso de los años supo hacer redituable allá lejos y en el tiempo, sea por mérito de la obra o por saber apuntar a un público cautivo. O puede ser también una manera de reconocer que un repertorio marcó una época, supo estar en el lugar correcto, y ayudó sin quererlo a definir el sonido y la imagen de una generación entera que necesitaba algo con lo que identificarse.
En ese sentido, Suede fue la punta de lanza del britpop, cuando este género era algo difuso y sin nombre, pero comenzaba a perfilar la reivindicación que la propia escena británica hacía de su cultura y su chovinismo en plena avanzada del grunge a comienzos de los 90 (Hola, Nirvana. Qué tal, Nevermind). Que a nueve años de su separación (y a dieciséis de su mejor momento), el grupo encargado de dar el puntapié a esta revalorización de la britanicidad al palo llegue de una vez a la Argentina no es un detalle menor. Que esa banda sea Suede y su arsenal de hits definitorios de una época, mucho menos.
El grupo liderado por Brett Anderson tuvo todo para ser el mascarón de proa de algo que, a la larga, lo relegó a un segundo plano. Cuando su debut homónimo (1993) escandalizaba audiencias con su ambigüedad sexual y sus referencias a rozar lo prohibido con menores de edad en situación de estupefacientes ("Animal Nitrate", "So Young"), el britpop era algo en sutil desarrollo. Y cuando alcanzó su punto justo con Dog Man Star en 1994, las miras estaban puestas en Oasis, Blur y Pulp, e igual suerte corrió el hitero Coming Up dos años después.
Su debut porteño hace hincapié en ese mismo ciclo, que es también el mejor momento de su carrera. "Introducing The Band", "She", "Trash" y "Filmstar" son un viaje en el tiempo en el que no importa que el guitarrista Richard Oakes ya no sea una lánguida figura de cabellera frondosa, en tanto y en cuanto apele a esos riffs que él sólo puede pergeñar (o clonar de Bernard Butler, el violero fundador de la banda). Anderson ya dejó de ser el hijo no reconocido de Ziggy Stardust en materia estética, pero su despampano sigue presente. Se contonea, revolea el micrófono a lo Roger Daltrey, se acaricia el pecho, tironea de su camisa negra e invita al coreo masivo en cada ocasión. De un momento a otro estamos en 1996 y todo está en su debido lugar.
Como quien sabe qué es lo mejor que tiene para ofrecer, Suede no busca hacer justicia a canciones que no merecen la pena. Lo suyo es el efectismo bien entendido, y "Pantomime Horse", "The Drowners" y "Killing of a Flashboy" (signo de una época en la que los lados B de los simples de cualquier banda inglesa no eran meros temas de relleno, sino composiciones hechas y derechas) validan un repertorio que en su momento supo ser de lo mejor pero que tuvo que dejar su lugar a actos más redituables. Salvo Oakes, nadie acusa el paso del tiempo. El bajista Mat Osman sostiene junto al baterista Simon Gilbert la base sobre la que el guitarrista edifica texturas y armonías junto al lánguido tecladista Neil Codling, que mantiene el mismo desinterés escénico calculado que hace más de quince años.
La enérgica "Can’t Get Enough" y la ensoñadora "Everything Will Flow" (con el tarareo masivo acompañando una pista pregrabada de cuerdas) serán las únicas dos paradas en Head Music, su cuarto disco. Al quinto, el malogrado A New Morning, la lista lo esquiva sin sutilezas y nadie repara en el detalle, porque no hace falta recorrer ese costado sombrío del camino, más si "The Wild Ones", "So Young" y "Metal Mickey" están para complacer a un teatro Vorterix lleno que acompaña enérgico cada riff de guitarra y acompaña a Anderson en cada fraseo en falsete para sorpresa de toda la banda.
"New Generation" y "Beautiful Ones" (de vuelta, miles de voces doblando los arreglos de Oakes) llevan el asunto al borde de la ebullición. El pop británico nunca estuvo tan candente, o al menos eso demuestra una masa eufórica que responde a cada golpe de efecto con el candor que generan una espera de década y media. A la hora de los bises, la incorporación sorpresiva de "My Dark Star" en la lista tuvo su justificación en su estribillo final ("And she will come from India with a gun at her side, or she will come from Argentina with her cemetery eyes"), y su presencia traza con un gesto sutil el abismo entre el guiño localista y la demagogia. Y como en toda celebración en la que la euforia corre en ascenso, tarde o temprano llega la hora de bajar, tal como lo enmarcó "Saturday Night", la banda de sonido adecuada para el momento del balance noctámbulo que demanda un fin de fiesta. Y, mientras banda y público se fundían en un solo "sha na na na na", todo tuvo sentido, aun dieciséis años más tarde.
Por Joaquín Vismara
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