Teatro a la gorra
Vida y obra de las producciones teatrales independientes. "A la lata", "a la caja", "tirando la manga", hay muchas formas de decirlo pero una sola de hacerlo: con talento y energía. En Buenos Aires, muchas producciones subsisten con este antiguo método.
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Si lo que se espera encontrar son espectáculos de cuidada producción, grandes salas, textos de plumas eximias y actores con laureles, mejor buscar por otro lado. Poco y nada de eso va a ser fácil de hallar en el teatro a la gorra.
Tampoco está el acomodador de smoking y sonrisa servicial, y, mucho menos, la moderna boletería con sistema digital.
Ahora bien, si hay ganas de darse un baño fresco con intérpretes jóvenes, propuestas desprejuiciadas y, hasta cierto punto, experimentales, no queda otra que animarse a bucear en el mundo submarino de las obras que cierran filas detrás del cartel que reza "Entrada libre y gratuita". La gorra, un modus operandi que consiste en apelar a la contribución voluntaria del público al final de la representación, tiene una larga historia en Buenos Aires. Viene de las épocas del teatro callejero y el sainete, y tuvo su último destello de gloria cuando promediaban los años ochenta.
En los días de la primavera democrática, la movida gorrera se extendió por las plazas y parques de la capital, e hizo pie en reductos como el teatro Bululú, El Parque -en San Telmo- y el Centro Cultural Ricardo Rojas, nutrida por los grupos del mentado movimiento under.
Llegada la década del 90, el viejo resplandor comenzó a apagarse, pero la semilla quedó plantada. Hoy en día, la gorra continúa siendo la modalidad predilecta de grupos de actores y autores que comienzan a dar sus primeros pasos sobre las tablas, y en la ciudad está desperdigada, por lo menos, una docena de lugares a donde dirigirse en busca de las realizaciones de la sangre joven.
Todo empieza en las escuelas de teatro, donde las ganas de salir al ruedo son directamente proporcionales con la imposibilidad de acceder a los escenarios legitimados. Rara vez las grandes salas abren sus puertas a las generaciones emergentes, así que a los muchachos no les queda otra que instalarse en los sótanos y pasar el sombrero.
Señas de identidad
El arreglo con los dueños de las salas suele ser un porcentaje de lo recaudado -por lo general, un sesenta por ciento queda en la casa y el cuarenta restante va para los actores-, o bien, alquilar el lugar y elevar plegarias al cielo para que la bolsa se llene.
Las señas de identidad de los gorreros podrían resumirse así: actores recién salidos del horno, grupos itinerantes y efímeros que, las más de las veces, suben a escena con obras propias.
No es extraño que, a lo largo de un año, un mismo espectáculo pueda pasar por cuatro o cinco salas distintas y la constitución del grupo varíe de puesta en puesta. Esta gente no es de andarse quieta; una obra que se presenta unas cuantas veces ya empieza a oler a naftalina y es rápidamente desechada para hacer lugar a la preparación de otra nueva. Los ensayos se hacen en las casas de la familia, o donde se pueda, pero tampoco sin exagerar demasiado; una vez trazadas las líneas fundamentales se deja un gran espacio a lo que surja de la improvisación.
La palabra producción le queda un poco grande a lo que hacen estos chicos para montar sus obras. El dinero que se gasta solamente en el buffet de una superópera como "Aída" sobraría para producir a un centenar de grupos.
Se usa lo que se tiene a mano y las víctimas privilegiadas suelen ser los armarios de las abuelas, que, azoradas, se preguntan por qué no les salió un nieto ingeniero.
"Hay que hacerlo todo a pulmón y la plata que se saca es muy poca, pero tiene a favor la libertad total de elección de temas y formas. No hay que presentar proyectos ni es necesario tener una obra completa y armadita", dice Sebastián Pirato, un veterano de 26 años que hace rato batalla con números de varieté en los sótanos de la ciudad.
Precisamente, los espectáculos de varieté son marca registrada del teatro a la gorra. Actos cortos de estilo vodevillesco, que se suceden unos a otros a lo largo de maratónicas veladas.
En el teatro Bululú, Rivadavia y Talcahuano, es donde el género llega a la máxima expresión: en una noche de viernes o sábado puede verse una serie de obras que van desde unipersonales hasta números delirantes de actores transformistas.
Hace algún tiempo atrás comenzó a ganar popularidad en el circuito gorrero una técnica llamada "pidatema", nacida como un desprendimiento de los concursos de improvisación. El asunto viene más o menos así: a la entrada se entrega al público papeles en donde anotar propuestas cortas que funcionarán como título disparador de la improvisación; luego, un presentador elige al azar un género y define el número de participantes. Los resultados son impredecibles; puede que todo se mantenga dentro de las convenciones, pero no es raro que se termine en un revoltijo de interacción entre público y actores. El problema está en que no tienen casi ninguna difusión en los medios de comunicación; son ritos para iniciados a los que sólo se accede por el boca a boca o algún volanteo recibido sin mucha atención en la puerta de un teatro.
La red de teatros a la gorra cuenta con filiales en varios barrios de la capital, pero es en las cercanías de la avenida Corrientes donde se halla la mayor concentración. La variedad de ofertas es tal que puede marear un poco. Hay teatro para chicos, musicales, unipersonales, recitados de poesía, clowns, y hasta representaciones de textos clásicos.
El rubro "comedia" puede encontrarse en el Piccolo Teatro, el Centro Fray Mocho -antigua cooperativa Coperriel-, y el Teatro del Pasillo.
En Liberarte está presentándose un espectáculo donde se recitan y actúan poemas, llamado "Algunos poemas y otros no tanto", y un grupo de jóvenes valientes se le ha animado a "El Aniversario", una comedia de Chejov. En el mismo sótano, los domingos a la noche toma cuerpo "Salsipuedes", el espectáculo ganador de la última Bienal Buenos Artes Joven II.
Un mundo activo y atractivo
A esta altura, resulta evidente que el universo del teatro a la gorra comprende un mundo que, no por escondido, deja de ser activo y atractivo. Las propuestas son originales y se renuevan continuamente, en un ritmo que jamás podrá igualar el circuito de teatro "serio".
Para acabar con un paneo completo, sólo basta echar un vistazo a la otra cara de la moneda: el lado de los dueños de la salas. Sin duda, la administración de un teatro a la gorra es un negocio que ningún consultor de inversiones recomendaría como rentable. Pese a que están exentos de pagar seguro de sala, la ecuación entre gastos e ingresos da casi siempre el resultado en forma de número negativo, lo que no deja de ser curioso en los días del capital globalizado.
Carlos Castaño es el responsable del Off Corrientes, un teatro de reconocida tradición gorrera que desde hace algún tiempo comenzó a cobrar entradas -baratas, pero entradas al fin- para sus espectáculos. "Con la gorra, el promedio es de un peso por espectador, y todo depende de tener una función buena. Esto quizá le sirve a los chicos para ir tirando, pero para las salas es insostenible", se lamenta Castaño, y entrecierra los ojos para recordar los años dorados que se extendieron desde el 84 al 90: "En esa época el público era mucho más honesto y respetaba el trabajo del actor".
Alicia y Luis son dos de los cuatro dueños del teatro Bululú. Ambos son actores de muchas tablas y ya llevan diez años sin traicionar el espíritu de la gratuidad al frente de la sala de la calle Rivadavia. Ellos ven el problema por otro prisma: "Esto es más pasión que negocio, hace rato que nos resignamos a no volvernos ricos -bromea Alicia-. Lo que queremos es que los chicos jóvenes tengan un lugar en donde mostrar lo que tienen para decir". A su lado, Luis se apasiona contando un proyecto: el "Bulumóvil". Cuando llegue el verano planean alquilar un colectivo y cargar a sus muchachos para pasear las varietés por los pueblos del interior, como en los viejos tiempos. "Y siempre a la gorra, ¿eh?", aclara el hombre de canas con orgullo.





