
Teatro dentro del teatro
Una de las más atractivas expresiones del teatro, ávido desde siempre por despejar las incógnitas de la existencia humana, suele darse a través de la fórmula del teatro dentro del teatro, del que también la escena lírica ha dejado buen número de ejemplos. Por supuesto, hay varias óperas compuestas sobre el tema del "Hamlet" de Shakespeare, aunque ninguna ha podido ubicarse como obra de primera magnitud. No lograron hacer carrera ni los de Domenico Scarlatti, Gasparini, Mercadante, Faccio o el "Hamlet" de Ambroise Thomas, que estrenó en París en 1868. Sin embargo, como se ve, la célebre escena del tercer acto de la tragedia original circuló muchas veces en el teatro lírico. Hamlet comprueba el relato del espectro de su padre, haciendo representar ante el rey (teatro dentro del teatro) un drama que reproduce las circunstancias del delito.
Más fortuna tuvieron otros operistas, acudiendo, a la manera de Moliére y de Corneille, a la complicidad de los personajes y el estilo de la "commedia dell´arte", como fue el caso de Richard Strauss en "Ariadna en Naxos", donde la intrusión de las máscaras confronta los conceptos de lo efímero y lo eterno, a través de hechos tan terrenales como pueden serlo la vida de los artistas entre bambalinas. A veces, la ópera ha provocado mixturas fantasiosas, como lo hace Strauss en su última ópera, "Capricho", cuyas dos acciones se entrecruzan e intercambian recíprocamente: la acción de la vida como ilusión y la del teatro como realidad, o sea que la vida es representada y el teatro es vivido.
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Pero una de las más fascinantes experiencias líricas de teatro dentro del teatro se da en "I pagliacci", que en estos días comparte la cartelera del Colón con "Cavalleria rusticana". Estaba preparado Leoncavallo para llevar con éxito aquella experiencia, pues pasó largas y gozosas horas de su vida en la cercanía literaria y filosófica de Giosué Carducci, cuando este poeta y erudito italiano fue su mentor en la Universidad de Bolonia. Leoncavallo, autor asimismo del libreto, asume aquí el valor del teatro como removedor de conciencias, a través de una tragedia que se despliega ante un público de ficción y una audiencia real. Leoncavallo presenta su juego con real maestría, con la certeza de que una buena ficción puede ser entendida con realidad. Sin embargo, la necesidad de resolver musicalmente el problema lo lleva a la búsqueda de una duplicación del lenguaje sonoro, uno arcaizante, casi mozartiano, para la comedia de máscaras, y otro hecho a la medida de su tiempo, inclusive con temas recurrentes, para el desarrollo de la tragedia "real". Dichos temas son llevados al extremo de sus posibilidades expresivas, justamente para preparar el lúgubre anuncio de que "la commedia é finita". Aunque, inexorablemente, la otra comedia siga andando.
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