
Alberto de Zavalía, el gran solitario
El martes pasado participé de un homenaje, en Argentores, a Alberto de Zavalía (1911-1988), al cumplirse veinte años de su muerte y cincuenta del estreno de una de sus obras más significativas, El límite , presentada en el Festival de las Naciones, en París. Es una tragedia evocadora de un episodio de las guerras civiles argentinas, cuando en 1845 la dama tucumana Fortunata García se atreve a rescatar y sepultar la cabeza de Marco Avellaneda, degollado por los mazorqueros, expuesta en una pica, en la plaza mayor de Tucumán, por orden del general Oribe.
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José María Paolantonio condujo el acto, que fue sencillo y breve. Quien firma esta columna hizo un somero análisis de El límite , y Oscar Barney Finn evocó la personalidad de su autor. Un calificado grupo de actores -Alicia Berdaxagar, Víctor Laplace, Virginia Lago, María Comesaña, Daniel Miglioranza y Antonio Grimau, entre otros-, dirigido por Finn, hizo una lectura dramatizada del texto, ante una platea en la que estaban Mirtha Legrand, China Zorrilla y Amelia Bence, junto a otras figuras señeras del espectáculo argentino a través de los años, y a los dos hijos del matrimonio Zavalía-Garcés. Previamente se proyectó un video con imágenes de algunos films del director: Los caranchos de La Florida , Rosa de América , Veinte años y una noche , Malambo , con el encanto intemporal de Delia Garcés y su impecable fotogenia.
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Como dramaturgo, Zavalía es una figura solitaria en la historia del teatro argentino. Perteneciente a una familia de hondo arraigo en la tierra tucumana, como buen hijo de su tiempo recibió la educación cosmopolita que le permitió ser fiel a sus raíces y heredar, a la vez, toda la cultura del mundo. Pudo entonces captar la esencia de lo auténticamente nacional y popular, y expresarlo sin vulgaridad, ni demagogia. Activo entre los años 30 y 60, se mantuvo alejado del costumbrismo pequeño burgués empeñosamente cultivado por sus colegas en esa época y prefirió temas más abarcadores, alusivos a la condición humana y a un ansia de trascendencia que refleja su inquietud religiosa.
Su lenguaje, fiel a la límpida sonoridad del español clásico, refleja, sin embargo, las variantes propias del habla de los argentinos, y esto es particularmente perceptible en El límite , obra escrita en verso blanco, un rasgo original, lindero con la audacia. Hasta se permite usar expresiones propias del castellano antiguo y que perduran en las provincias del Noroeste.





