Amansando al público antes de cada función

Moira Soto
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23 de abril de 2016  

¿Por qué en la mayoría de los teatros del alternativo dan sala después de la hora fijada para que comience la función? Aunque es esta una costumbre bastante arraigada, los espectadores -aun los más entrenados- no terminan de asumirla. Y allá van, ilusionados, media hora, 20 minutos antes del horario indicado, y forman una fila más o menos prolija (donde nunca falta algún/a colado/a con cara de yo no fui) para esperar, esperar largos y tediosos minutos con santa paciencia, sin un gesto de protesta. Cuando por fin se abre la puerta -o se descorre la cortina de acceso- la amansadora parece haber surtido efecto, ya que todos entran dócilmente y se van acomodando en los asientos. Esta impuntualidad, en ocasiones desmedida, puede suceder tanto en funciones vespertinas como en las anunciadas para las 23, hora ya de por sí ingrata, sobre todo si se trata de un viernes, al cabo de un día laboral.

Es verdad que en nuestro país, la gente está adiestrada para hacer cola: en el banco, para tomar el bondi, en la caja del supermercado, en el aeropuerto? Pero, ¿tener que hacer fila y bancarse un plantón por causa de la impuntualidad de una sala de 40, 80, 120 localidades? La única excusa la pueden ofrecer los espacios que programan más de una obra en la misma jornada, porque hay que desarmar y armar escenografías. De todos modos, un tiempo que se podría calcular al fijar los horarios, evitando así la incierta y resignada espera de un público cautivo, entrada en mano. Asimismo hay espectáculos de los que se diría que disimulan su brevedad alargando el tiempo de aguante en la fila para ingresar. De hecho hubo en el verano una obra que duraba apenas 45 minutos, lo mismo que la cola que había que hacer si se llegaba 15 minutos antes de la hora anunciada.

Por: Moira Soto

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