
Amores y odios familiares
"Parecen ángeles", de Jorge Medina. Con Lydia Lamaison, Carolina Papaleo, Dora Baret y Roberto Antier. Escenografía: Alejandra Vilar. Iluminación: Vilar y Carlos Evaristo. Dirección: Carlos Evaristo. Teatro Regina. Estreno: 13 de septiembre.
Nuestra opinión: regular.
Abuela, madre e hija. Tres personajes unidos por la sangre y separados por las propias historias de vida. De algún modo, ése es el disparador de "Parecen ángeles", de Jorge Medina, que protagonizan Lydia Lamaison, Dora Baret y Carolina Papaleo.
En este trío, la abuela Aurora (Lamaison) y su nieta (Papaleo) entablan un fuerte vínculo siempre juzgado y reprobado por Ana (Baret). Una señora para la cual "el blanco y es blanco y el negro es negro", como le gusta decir. Una mujer a la que le molestan las mujeres decididas, como su madre. Bajo estas premisas, la vida no le resulta para nada fácil. Mucho más con una hija que acaba de separarse y con una madre que decide -de buenas a primeras- internarse en un geriátrico porque quiere estar rodeada de gente a la cual le pasen las mismas cosas que a ella.
Pero no todo queda ahí. Al grupo de mujeres se le suma un tal Adrián (correcto trabajo de Roberto Antier) en el papel del vecino de esta abuela tan vital como su propia nieta. Con la presencia de este personaje, a lo largo de 100 minutos, la trama se abre de tal modo que no profundiza ninguno de los aspectos. En esa falta de síntesis, hasta podría acotarse que el último acto no aporta ninguna información de peso o que no se presuma. A lo sumo, sirve para que la madre y su hija digan, refiriéndose a unas nubes, "parecen ángeles".
Aire con humor negro
De todos modos, la obra posee toques de un efectivo humor negro que, en definitiva, son los que dan aire y ritmo al espectáculo. Y esos atinados comentarios son los que mejor le sientan a los personajes de Lamaison y Papaleo, las mujeres más queribles de la pieza, y los trabajos actorales más afianzados, junto a la labor de Antier.
El papel de Ana, a cargo de Dora Baret, es el más más ingrato de esta propuesta. Esta señora elegante, que se encuentra entre el fuego cruzado de su madre y su hija, no tiene dobleces. O, a lo sumo, los quiebres que tiene al final del espectáculo no alcanzan para entender ese tono constantemente quejoso que posee. Y todo indica que Dora Baret tampoco pudo hallar el modo para que, desde el contrapunto con su hija y su madre, su personaje adquiera mayor brillo. Hasta hay "detalles" que tampoco la ayudan, como su vestuario muy fuera de tono para una situación que siempre bordea al melodrama.
Tampoco resulta creíble la escenografía -de muy buena realización y producción- pero de poca convicción. Por ejemplo, en ese living donde transcurre la acción, desde el comienzo de la obra hasta el final transcurren aproximadamente cuatro años. Sin embargo, nada cambia allí, aunque por allí hayan vivido tres familias distintas. Un aspecto que, tratándose de una puesta realista, no ayuda a instalar la ficción que el director Carlos Evaristo intenta reproducir en el escenario con suerte muy despareja.





